Ayer, conforme me dirigía a la ciudad, anochecía y la luna, por primera vez en semanas, plateaba el cielo, y ese azul de cuando la noche no es noche lo invadía todo; las ramas desnudas se oscurecían ante la belleza del firmamento, como temerosas de robarle protagonismo.
A la la luz de las farolas, los árboles, inmóviles y ateridos de frío, refulgían y, durante un instante, me pareció verlos cubiertos de esas escarchas que centellean y hermosean hasta el paisaje más inhóspito; aunque la desnudez, sin esos adornos que dan calidez a las estampas invernales aun cuando sean de hielo, acabó imponiéndose. En este tiempo, la tierra se aletarga y uno llega a creer que todo yace seco e insensible al correr de los días, a esa vida que, pese a todo, continúa aunque lo haga envuelta en capas y mantas. De vuelta a casa, me han sobrecogido los tamarindos: lucían tan desangelados que daba lástima verlos; parecían rastrojos, como si el invierno les hubiese reducido a mera hojarasca que, en algunos casos, andaba medio encorvada. El sol, que ayer venció a la niebla, mostraba la naturaleza sin esos halos románticos que regalan los vahos. Uno ansiaba ver alguna flor o un poco de verde que alegraran el horizonte y a falta de todo, imaginaba noches estrelladas y campos de lavanda con mariposas revoloteando sobre sus bordes. Los anhelos, al cobijo de las heladas, esperan ese deshielo que hará que la tierra se rompa de pronto y que los deseos viajen en témpanos mecidos por la corriente hasta llegar al destino que la primavera les tiene reservados. Entonces los tamarindos se envolverán en rosa y en una delicada fragancia y, luego, brotarán las hojas y el rosa irá dando paso al verde; en otoño se teñirán de mostaza y sus esponjosos tallos me recordarán otra vez al espumillón navideño… Todo está bien hecho, todo, hasta lo que a ratos no logro entender y sé, tal como le sucedió a Jacob, que Dios cumplirá su promesa y que aquellos bienes que de un tiempo a esta parte se me han escatimado, hasta nada poseer, retornarán a mí centuplicados. Después de las pruebas, vienen siempre las bendiciones.
Bendiciones
26 enero 2012De vuelta a la vida
20 enero 2012Me he ausentado del mundo para sumergirme en el infierno: he coqueteado con la muerte, con esa astuta sibila que, sabedora de mi debilidad, pisotea esperanzas y proyecta en mi mente, guadaña en mano, planes funestos; una lucha que lleva durando tiempo.
Sin apenas fuerzas — las líneas del abismo no se diluyen de un día para otro— y con el cuerpo agotado por esa fiebre que me ha regalado, una vez más, el frío de esta morada, aquí estoy, frente al viejo portátil, porque el cuerpo, de tanto desatino, anda un poco descompensado y lo hace todo del revés, como si hubiese perdido el rumbo. En estos días de destierro, he atisbado, aun cuando me negara a verlos, destellos de belleza, como las motitas de sol que hoy bailoteaban sobre el espejo retrovisor, pero también fealdad, como las cascarrias que ensucian las medias durante los días de lluvia. Pese a que hayamos sido creados para brillar, nos obcecamos en deslucirnos y en emborronar ese hermoso esbozo que es la vida, de suerte que desdibujamos contornos y nos hundimos en un destino que no nos corresponde. Mientras yo sucumbía a la mentira, pese a que sólo la verdad tenga poesía, un amigo afrontaba, sin yo saberlo, el mal trago de una posible dolencia que le ha asustado un poquito; espero que todo se quede en un respingo. Me ha pedido oraciones, de esa manera suya, tan tersa, lo que ha acrecentado mis anhelos de seguir caminando, aunque el sendero sea áspero, para no dejar de rezar por él ni un solo día, para devolverle, aunque sea un poquito de lo mucho que me ha dado. La vida ha recobrado de pronto su valor, y hasta proyectos olvidados han vuelto a rondarme la cabeza. He decidido, además, prolongar la Navidad; no logré disfrutarla como habría deseado. Tan pronto se vaya la fiebre, saldré a buscar esas ramas que siempre encuentro cubiertas de niebla. La humedad acentúa aún más los aromas a resina y campiña, ésos que no puedo dejar de aspirar, como si de una droga se tratasen; me trasladan a ese romántico paisaje que C. me regaló y que no ceso de contemplar. Con esos frescos tallos, envolveré de nuevo mi Belén y las ramas de acebo, que permanecen intactas, harán el resto. Navidad no es otra cosa que amor y no ansío sino que esa querencia vuelva a enseñorearse de mi golpeada alma. Tal vez esas veredas que ahora se me antojan imposibles acaben convirtiéndose en suaves y verdes sendas.
Maravillas
12 enero 2012Apenas se aprecian las pinceladas de la vida y los contornos asemejan a espejismos que se desvanecen entre bosquejos. Uno va como perdido, sin asideros, y cuando atisba un poco de luz, parece que, en vez de aclarar, oscurece; la nitidez de antaño se ha convertido en una nube húmeda en la que hasta los trazos más firmes se pierden.
Es como si se habitara en la nada, como si se hubiese ausentado del mundo, aunque éste, detrás de la neblina, siga caminando. Al llegar a casa, me han sobrecogido el frío y la humedad de la vivienda; las temperaturas exteriores, aun siendo muy bajas, son más benignas que las interiores. Las articulaciones se han rebelado y aquí sigo, a la espera de un desenlace, quizá el último; el cuerpo no da más de sí. Albergo, sin embargo, esperanzas, aunque sepa que sólo un milagro podrá salvarme. No puedo ignorar esos prodigios que siempre han coloreado mis días; aun en las horas más aciagas han bailado, ante mis asombrados ojos, esas manchitas doradas que acompañan a los rayos de sol allá donde van, ésas que transforman el instante en una maravilla de la que uno no se quisiera jamás despedir. La belleza es mucho más imaginativa que estas pobres mentes nuestras, habituadas como están a la estrechez, a ese llamado realismo que poco tiene que ver con la realidad, porque ésta, pese a que se hayan agotado los refuerzos, no son las sombras imaginarias que engendra el miedo y que paralizan hasta el habla. No, la realidad es otra cosa y posee matices más desconcertantes, y también más bellos, que los colores con los que el otoño decora los campos, que la púrpura y el oro de los atardeceres. No es sólo lo humano, es también lo sobrehumano, al que se acogen los más hostigados, pues fuera del recinto sagrado, no hay descanso, sólo temores y fatigas. Y uno recuerda que al principio, cuando Dios creó el mundo no había sino caos y oscuridad y lo primero que entonces se dijo fue: «Haya luz» ¿Qué esperar entonces, qué esperar? De momento, a que esta habitación se caldee para poder quitarme el abrigo, el gorro y la bufanda y mañana pues ya se verá.
Suavidad
8 enero 2012Ni una chispa de sol ha logrado, hoy, atravesar la sábana que nos envuelve en blancura y en vahos, que van dejando gotitas aquí y allá. Estos vapores, pese a esa insana humedad que entumece los cuerpos, no se desprenden de su halo de magia y de romanticismo. Las ramas, desprovistas de otoño, lucen desnudas y estáticas, como si el invierno las hubiera aletargado; ya no describen elegantes movimientos, como antaño, sólo están: su presencia nos recuerda que la vida, aun cuando se esconda, volverá a cubrirse de mullidas praderas. Otrora, por estas fechas, las tardes, ya más largas, lucían soleadas y animaban al paseo; uno salía a triscar por la campiña y se deleitaba con esos claros atardeceres que anticipaban, durante breves momentos, la primavera.
A pesar de esta fría aspereza, a uno le gustaría salir un rato a aspirar los olores del campo, pero las piernas se han rebelado contra esta malsana humedad y se niegan a caminar, y cuando lo hacen regalan mareos y nauseas. Esta tarde, pensaba que mi vida, aun siendo dramática, era soportable, pero la miseria y la enfermedad han convertido mi existir en una tragedia y, sin quererlo, me he transformado en uno de esos personajes de Dostoievski, a los que las penurias hostigan hasta hacerlo perecer. Quiero creer, a pesar de que la tragedia sea un privilegio del hombre, que he sido creada para la luz, aunque la niebla me haya cegado y aun hurtado la esperanza. Deseo, pese a que las articulaciones me nieguen su sustento, caminar con pie ligero hacia esa luz que un día me envolvió en un manto recamado de astros de plata, de suerte que, con él vestida, me enfrentaba valerosa a esa desnudez del que nada tiene y ningún sendero, por abrupto que fuese, me amedrentaba. Quiero creer que Dios no me ha abandonado, que sigue ahí, a la espera de obrar un milagro que me saque de esta desdichada existencia, que comienza, por su crueldad, a ser inhumana y que a ratos, cuando no puedo soportarla, se me antoja irreal. No anhelo más que bañarme bajo esa luz dulce, amable y paciente que otrora pintó mis días de colores más suaves.
Año Nuevo
5 enero 2012
Apenas pude celebrar la llegada del nuevo año: una llamada, durante la tarde de la pasada Nochevieja, me sumió en una profunda tristeza y la tiranía de la miseria me atrapó con sus lacerantes cadenas. Sobreviví, milagrosamente, el día de Año Nuevo y, poco a poco, en estos días de vaporosa humedad, en los que los rayos de sol apenas han logrado abrirse paso, me he ido reconciliando con esa vida por la que a ratos corren las sombras. Luzco, del disgusto, calentura en el labio y tengo la pierna derecha tan dolorida que el médico me ha recomendado reposo; intuyo que el frío y la humedad de esta morada mía son los causantes de esta inflamación que combato con Ibuprofeno y con una pomada que huele a limón. Este quedarme en casa a la fuerza, envuelta en invierno y en niebla, lejos de estremecerme, me alienta; sólo lectura y descanso. En este gélido refugio, todo parece menos escalofriante y si me acerco a las ventanas atisbo siluetas que en seguida se deshacen en la densa nube que me rodea. Cuando preciso de verdor, contemplo el paisaje de mi tablilla y de tanto mirarlo, he acabado creyendo que ese lugar es mío y que alguna vez, quizá en sueños, lo habité. Es melancólico y sereno y me sumerge en esas profundidades en las que muchos temen entrar y en donde no hay sino transparencia y tranquilidad, y aun un reflejo de lo invisible, a veces más pálido y a veces más colorido. Ansío que la realidad, con sus pequeñeces, vuelva a embrujarme y que este anhelo, que no es más que un inmperceptible aleteo que se eleva para volver a caer, se prenda con fuerza en mi corazón para recuperar las palabras perdidas y mecerme en una dulce calma, en la que los días no cuenten porque hay confianza.
Deuda
1 enero 2012Llevo ya una semana larga esforzándome por aferrarme a un mundo que me desprecia, pisotea mis sueños y me valora en función de lo que poseo, que es nada. Capaces serían, los que me rodean, de sacrificar una vida humana a fin de saciar su ansia de dinero; en este caso, es la mía la que anda en juego.
Y tal vez lo acaben consiguiendo; esta lucha, en la que llevo tiempo inmersa, se ha magnificado de tal modo que no hay forma ya de hacerle frente. No es que la adversidad me golpee, es que vive conmigo. Se ha ido extendiendo tanto que ya uno ni atisbar sus límites puede; piélago denso e inmundo, en el que ni el mejor de los nadadores podría siquiera dar una brazada. Éste, y no otro, es mi hogar. Llueve y ha templado. Hoy la luz es escasa y me cuesta más contemplar esa tablilla que me regaló, días atrás, una amiga galerista; un precioso e inesperado gesto que me llenó de dicha. Un paisaje melancólico y elegante, envuelto en bruma, que recuerda a la campiña inglesa: un riachuelo, ramas cubiertas de amarillo, una casa o quizá un granja y un cielo en el que el azul pugna por abrirse paso. Quisiera zambullirme en el cuadro y pasear por esos prados humedecidos, aspirar el olor de la tierra, tocar el agua con los dedos y perderme detrás de la arboleda. Si tropezara con un hada, le pediría que me llevara al país de Nunca Jamás, donde nadie pudiera hallarme, y 700€; no me gustaría irme sin saldar mi deuda.
Emociones contrapuestas
25 diciembre 2011Estos días han sido complicados, más de lo esperado. Mis planes de disfrutar de la Navidad en soledad se me antojaban gratos, todo con tal de evitar las embestidas y esa estela de dolor que dejan tras de sí.
Sin embargo, el frío de la casa, la falta de descanso, una llamada inesperada y la crueldad de una amiga, de cuya compañía he decidido prescindir, pusieron a los demonios en danza. Pareciera que los viejos recuerdos hubiesen decidido aunarse para ser escuchados, para exponer sus quejas y su rabia. Mis esfuerzos han sido en vano: a duras penas he logrado domeñarlos. Salí a caminar para disipar los maléficos vapores que trataban de envolverme: el frío azotaba el rostro, pero el paseo resultó placentero y me regaló, además, dos rosas: una roja, espléndida, y otra amarilla, un poquito más desmadejada, que se han salvado de las heladas nocturnas. Traté de leer un poquito y tuve que dejarlo; la tristeza me ha cubierto de arriba abajo y noto un cierto ardor en la mirada, ése que me impide disfrutar de la lectura y de cualquier actividad que le exija a mi mente un mínimo esfuerzo ¿Podré, algún día, como San Esteban, perdonar a mis verdugos? Las piedras siguen lloviendo y las cicatrices que parecían cerradas se reabren, y así una y otra vez. Aunque el dolor permanezca en el fondo del corazón, sé que podría librarme de los ultrajes sólo con un puñado de euros; el dinero, en ocasiones, le libera a uno de infames vasallajes A estas horas, el sosiego amansa a las penas, que se aquietan y aceptan, aunque no entiendan, lo que acontece. A estas horas, los corazones se abren hacia ese Niño de quien todo lo esperan y confían en que algún día podrán disfrutar de la Navidad en compañía de gentes que, aun cuando tropiecen, no busquen sino el bien, ése que, poco a poco y una vez enraizado, viste de hermosura cuanto encuentra a su paso, y en que aquellas risas de otro tiempo vuelvan a iluminar almas y semblantes.
Día de poda
22 diciembre 2011Hoy tocaba poda y niebla; aunque no tan espesa como la de días atrás, ha humedecido la tierra y ha pintado el cielo de gris. Me he quedado sin la hiedra y sin esos setos cuyas hojas se habían teñido de mostaza, dejando en el camino un puñado de ramas borgoñas.
La limpieza del jardín me ha regalado un inmenso ramo de plumeros; he obsequiado con algunos a la vecina y el resto se ha quedado aquí, como telón de fondo del Belén, o más bien del ángel que se eleva por encima del resto de las figuras, como un testigo de excepción, y al que un «foulard» rojo rodea de sedosos pliegues. La actitud de esta bella criatura es conmovedora: baja la mirada, en señal de respeto, dobla la rodilla y cruza los brazos sobre el pecho, como si estuviese orando. Él ve lo que otros no vieron, ese cielo que está enterrado bajo el estiércol, esa gloria que ilumina las oscuridades del mundo, ese amor con el que ningún hombre jamás soñó. Y esta espera se hace larga y a veces uno cree que ya no será capaz de conservar la ilusión que envuelve el ánimo en una sonrisa, aun cuando las circunstancias sean aciagas. Hay que ser paciente, muy paciente, para alcanzar esas mieles, como lo es el amor, el verdadero, el que no se desgasta con el tiempo ni se escabulle cuando el otro muestra su lado malévolo, sino que se llena de compasión y aun de lágrimas; pues es la fragilidad lo que enternece y hasta el corazón más severo se ablanda ante un recién nacido, al que su madre admira con una mezcla de asombro, gratitud y temor, porque el futuro se presenta incierto. Me había alejado de ese aliento perturbador que teje entrañas y llora por las almas desorientadas, de ahí que los malos pensamientos, los que dañan, se hubieran apropiado de mi estancia y se revolvieran furibundos contra todo y, sobre todo, contra mí. Y ahí siguen pululando, deseosos de volverme a hincar el diente y de impedir que la esperanza, como estos días atrás, pueda hallar asiento. Parece que es época de poda y no sólo para el jardín; también el espíritu precisa desprenderse de viejos modos para crecer más hermoso, más robusto.
Hacia la Navidad
17 diciembre 2011Todo parecía envuelto en una niebla fantasmagórica, desprovista del romanticismo de días atrás, en la que sólo se vislumbraban paisajes desolados, donde la destrucción había arramblado con todo; porque la envidia, que es odio, pasó por allí e hizo de las suyas.
Confusa y contrariada, me fui en busca de un amigo; la charla y la compañía atemperaron el ánimo y las palabras volvieron a teñirse de esperanza, aun cuando todo a mi alrededor se derrumbara. Después de hacerle un feo a quien, pese al cansancio, había escuchado mi rabia y mis sueños locos, seguí deambulando por ese miedo a encontrarme a solas con mi indefensión, mientras él regresaba a casa apesadumbrado. Anoche pensé en lo sucedido y, de repente, sentí su dolor y una profunda vergüenza. He pedido perdón y creo haber obtenido su indulgencia, pero parece que aún no me he liberado de mi culpa y aquí sigo llorando como una Magdalena; tal vez se deba a la tensión, que fatiga la mente y agarrota el cuerpo. Siento, de todos modos, que entre los breñales ha aparecido un sendero verde, de frescos y altos tallos, que le lleva a uno a seguir esperando en este Adviento en el que, a falta de todo, se anda como incompleto, a ciegas y sin báculo, porque hasta eso me han quitado, y a la espera de que las bendiciones me rodeen en un cálido manto, que ignore el frescor de las noches. Camino desnuda, pues nada poseo, con un deseo ardiente de que ese aliento, que cambia hasta los corazones más tozudos, se asiente en esta morada mía. Amar, amar y amar, aun cuando sepa de antemano que nada recibiré a cambio, aun cuando me pataleen y me injurien ¿Será posible? Tendrá que serlo, porque en estos días el vivir anda en juego, y la Navidad no puede pasar de largo y abandonarme a mi suerte. Sólo deseo ese cálido manto.
P.D.: Fue Stellamantrana quien me animó a participar en este proyecto navideño al que nos hemos sumado, al igual que el año anterior, varios blogueros. En mi caso, como ya saben mis lectores, pues este espacio no es más que una bitácora, no es ficción, sino realidad. Aquí van el resto de los enlaces:
El sol de liv. Cuento de Navidad
Cuento de Navidad de Non perfect
Cuento de Navidad de Concha Huerta
Cuento de Navidad de Joaquín Sarabia
Un sueño en tiempos de Navidad
Regalo de Navidad de Minicarver
In memoriam
13 diciembre 2011Se la llevaron entre tules y organzas, aprovechando el vaho que cubría la noche. Atravesó las nubes y una estela de estrellas la bañó en plata; voló con el viento, alentada por ese hálito que se mece en el firmamento cuando el sol descansa, y rasgó el velo de la inmortalidad. Dos ángeles la condujeron a esa morada que tenía desde siempre preparada. Tras un profundo sueño, vinieron las doncellas a acicalarla. Primero el aseo: una delicada fragancia envolvió su cuerpo; tan pronto olía a rosas como a lirios y violetas; luego el atuendo: la ciñeron una túnica blanca de una textura muy dulce, fresca y ligera. Le peinaron la larga y espesa melena, de ese rubio ceniza que gastó durante la adolescencia; le recogieron los mechones con miríadas de jazmines en una suerte de trenza. Ya dispuesta, salió a recorrer esa nueva vida apenas recién estrenada. Al principio, se le hizo extraño respirar; la paz expandía sus pulmones y la inundaba de una dicha, cuyos límites, según supo después, nadie había atisbado. Recostada sobre un diván, a la sombra de un cerezo, se le ocurrió que cuanto admiraba era perfecto; no podría embellecerse más, ni siquiera esas manos suyas que habían engalanado con primor cualquier rincón de la casa o del coqueto jardín. Ni una sola mala hierba por arrancar, ni un botón por coser, ni una estantería por ordenar. Todo esplendía. Hasta ella, aunque no se viese, refulgía como un sol de primavera y nada le resultaba ingrato, porque hasta una simple brizna de hierba retenía la hermosura de lo creado; nunca imaginó un mundo así. Era como si dentro de la luz, hubiese aun una luz más clara y más bella. Mientras discurría, se refrescaba la mano en un arroyuelo y, de pronto, observó con estupor, cómo el alba asomaba en el agua; pero no era el alba, era ella.
«Es más hermoso iluminar que brillar solamente; del mismo modo, es más hermoso transmitir a los demás lo que uno ha contemplado que contemplar solamente.» Santo Tomás de Aquino.
P.D.: M. murió durante la madrugada del viernes pasado.


