Archive for the ‘Emociones’ Category

Sobriedad

26 diciembre 2020

Sobran las ofensas pero también las bendiciones, luego el mundo se equilibra aunque algunos se empeñen en ensuciarlo con maldades. A a mí esta pandemia, que tanto asusta, me parece justa, aunque a todos afecte, especialmente a los más castigados por las injusticias, pero es que en algún momento había que replantearse este vivir nuestro tan para adentro, tan consumista. Por otra parte, la pertinaz contemplación del ombligo conlleva el dejar a la intemperie al resto de la humanidad, a fin de defender el terruño y el confort; de los otros, ya se sabe, se ocupará el gobierno o quien corresponda. El preservar lo nuestro, en comparación, adquiere tintes sacrosantos y a ello dedicamos los afanes, no sea que, al mirar al otro, nos contagiemos de humanidad, de compasión y hasta de generosidad. Y no es de extrañar que el COVID avance y ponga en jaque nuestras supuestas certezas, que a estas alturas han dejado de ser certezas aunque persistamos en aferrarnos a ellas. Y cuando el control se nos escapa, nuestro mundo se colapsa, pese a no haber ostentado jamás nosotros controles de ninguna clase. El mundo, desde siempre, fue incierto, veleidoso e incontrolable, así que soltar lastre se convierte en un ejercicio sabio y muy, muy deseable para sobrevivir a nuestros propios miedos, especialmente en tiempos de pandemia, y compartir se hace más que necesario. Sobriedad de egoísmo, pues.

P.D.: Quizá a algunos este texto resulte duro en estos días navideños, pero el Niño Dios nació en un pesebre por no hallar sus sus padres mejor acomodo. FELIZ NAVIDAD.

Resultados

23 noviembre 2020

Me enciendo una vela con olor a gardenia para hacer mi estancia en este lugar más placentera. En este hogar mío —el único que no me pueden arrebatar—, la magia sigue envolviendo vivencias y vocablos. 
Esta casita azul es un reflejo de quien soy y de quien seré; el pasado tiene menos cabida puesto que lo que se fue, aun doliendo, dejó ya de existir. Me interesa sólo cuanto pueda hacer en este preciso instante para crearme un futuro acorde a mis deseos, aunque ya sepa que el destino me pondrá los anhelos del revés y no para estropiciarlos, sino para darles la forma que merecen poseer. Ya no me involucro en resultados, artísticos o vitales, puesto que ahí pinto lo justo. Mi cometido no es otro que el de trabajar a diario sin pensar en metas de ninguna clase, pues el tiempo exacto que le corresponde a cada sueño para hacerse realidad no entra dentro de mis atribuciones. He aprendido, tras muchos coscorrones, que hay acontecimientos que de mí no dependen. Y este conocimiento es liberador, pese a que me haya costado años aceptar que la realidad proceda de acuerdo a sus apetencias y no conforme a las mías propias. Y espero que esta reflexión no suene derrotista, porque este dejar a las cosas seguir su curso natural es más sabio que andar peleándose con uno mismo y con el mundo. Ya prosperarán los proyectos cuando las circunstancias sean las precisas para que todo se ejecute con belleza y primor. Hay, pues, que laborar y proyectar pero sabiendo que las planificaciones, por muy cuidadas que sean, pueden tardar años en fructificar. Sé que, en todo caso, me espera un porvenir plagado de bonitas experiencias; habrá dolorcillos también, pero se usarán como combustible para crear un mundo mejor o para al menos intentarlo.

Jamás de los Jamases

9 octubre 2020

Suenan rugidos en las entrañas, en tanto los dolores despedazan el alma; pasa de rato en rato, pero cuando pasa hay que padecerlo. Y no sirve analizarlo: duele de igual manera, aunque se conozca su raíz y su significado. Se precisa tiempo para madurarlo; una vez deje de escocer, se contemplará como una de mis tantas debilidades, porque soy más de debilidades que de fortalezas. Y esta fragilidad mía me causa destrozos y muchos lloros. El mundo se me antoja a menudo como un emplazamiento despiadado en el que extrañas criaturas luchan por el poder, por imponer sus criterios, sean o no bienintencionados, y por excluir al que destaca por alguna singularidad, para crear así una extensa mediocridad en la que nadie brille más de la cuenta. El caso es que veo yo en todos potenciales y posibles resplandores, pero parece que la norma que rige a estos seres exóticos no es tanto el afanarse en esas metas que les concederían la felicidad que añoran, como el impedir que otros alcancen sus sueños. Este poner la zancadilla porque sí me resulta insólito, aun cuando sea una norma muy recurrida. Eso sí: el perseverar en las luchas acaba dando sus frutos, con independencia de que te incluyan o excluyan. La verdad, que es buena y bella, acaba siempre aflorando, disipando dudas y miedos; hagan lo que hagan, digan lo que digan, la mentira jamás se perpetuará en el tiempo. Jamás de los jamases. Y esto sí es una certeza.

P.D.: El editor de WordPress se me ha transformado en uno supuestamente más avanzado, muy a mi pesar, y me ha resultado imposible adjuntar mi consabida foto. Si alguien sabe cómo hacerlo, le agradecería que me lo explicara.

Instantes

13 septiembre 2020

Dulces melodías acompañan las horas de este septiembre tardío; las jornadas se envuelven en una luz dorada que preludia el otoño. Mañanas frescas despiertan el ánimo y tardes aun calurosas tiñen de nostalgia cada minuto dejado atrás, en ese instante que ya se fue y que únicamente la memoria puede recrear; la inexistencia del ayer siempre necesaria y manifiesta. Higos, uvas y membrillos poseen la dulzura y la tonalidad que el alma asocia a los primeros días del otoño. Los árboles pierden su frescura y muchas de sus hojas, ya macilentas, anticipan esa muerte, esa mudanza que pronto cubrirá los paisajes de ámbares y cobrizos. Y en estas horas estivales ocurren también cosas, pero la mente se centra en lo que le rodea, pues en ese fijarse en todo se juega uno la supervivencia. La contemplación de la vida es más necesaria que nunca; ese prestar atención al detalle revela la verdadera dimensión de la existencia, pues sólo podemos apoderarnos del instante. Nada nos pertenece y aun lo nuestro no es enteramente nuestro; ese rayo de sol que se cuela entre las hojas aun verdes de un álamo es lo único que existe; el resto es pura irrealidad.

Aseos y placeres

16 agosto 2020

Escribo para asear la mente; las ideas fluyen a demasiada velocidad y a ratos se contradicen y si los deseos entran en conflicto, me sumerjo en un mar de dudas; de ahí que precise ordenarme, para discernir qué o no procede. Los días transcurren con placidez; agosto ha recuperado su idiosincrasia y el frescor matutino y nocturno obliga a recurrir a prendas más amorosas. Y el mundo, de este modo, resulta más limpio; el calor ensucia y aturulla. El bañarse en la piscina exige arrestos que yo, de momento, conservo y buen caldito a la salida. Y, aunque esté vacacionando, escribo para estructurar los propósitos. Mis vacaciones transcurren en mi propio hogar: si cambio las rutinas y me regalo pequeños placeres, como el ducharme despacito y el embadurnarme con cremas y aceites, mis jornadas adquieren trazas más lúdicas. Añoro esos largos veranos en los que la galbana se adueñaba de cada instante; pero gracias a este “veranear” mío, cuerpo y mente están inmersos en un estío sin fin, en el que cada diminuto momento es precioso. Si cada instante es perfecto, ¿para qué valernos de certidumbres? La vida es una constante sucesión de eventos inciertos; fue siempre así, por otra parte. Conviene, pues, congraciarse con la realidad para, de esa manera, existir de forma más plena, disfrutar de cada brisa, de cada noche estrellada y de la magia que crea el sol al reflejarse en el agua. Los vaivenes del día a día se viven mejor con belleza y esperanza.

Coyunturas

3 agosto 2020

Ese frío en el rostro de agosto es hoy placenteramente veraz. Tecleo estas líneas con un foulard y una chaquetita; las corrientes nocturnas dejaron tremendo frescor en la vivienda. Y así se puede pensar y respirar y hasta pasear; me he propuesto un paseo campestre que, días atrás, se me hubiese antojado locura. Curiosamente, antes de recalar aquí estuve revisando una cascada de correos pasados plagados de insultos y de reprobaciones; me sorprendió la infelicidad del remitente —no había antes reparado en ella— y también mi insistencia en mantener una relación tan lesiva. Pensé que nunca hay que fiarse de quien hostiga, de quien se vale de sarcasmos e ironías tan pronto la realidad se opone a sus intereses. El caso es que con frecuencia nos enfangamos en relaciones dañinas en las que uno se ve obligado a defender su inocencia, aun no habiendo cometido más delito que el de ser uno mismo. Eso forma ya parte del ayer, pero conviene recordarlo para evitar caer en coyunturas del mismo calado. Entretanto, me debato entre mil proyectos y sé que uno, al menos, he de escoger. También sé que cuanto más me resisto a una tarea más necesidad tengo de hacerla y, por ello, la postpongo una y otra vez y me busco mil excusas para no acometerla. Y, como me veo aún dubitativa, me inclino por salir a pasear, porque en medio de los campos, en la presencia de esa belleza que sobrecoge cada célula de mi ser, no puedo mentirme a mí misma. Me sentaré en una piedra, me moleré las posaderas y dejaré que la intuición, que es la sabia de la casa, me recorra de pies a cabeza. Entonces, sabré con certeza qué sendero recorrer; me atiborraré de paz y certezas y llegaré a casa con el espíritu aseado y almidonado.

Útiles y dichosos

7 julio 2020

Días largos y calurosos que invitan al confinamiento. Cuando los termómetros se disparan, me recluyo y salgo de casa para lo imprescindible. Los quehaceres, aun livianos, son sustanciosos, pese a que el cerebro se ralentice y le cueste digerir y discernir. Algo que no falla, en tiempos de canícula, es la gratitud, precisamente por detestar yo el calor y por temerlo más que al diablo. Me dispongo en estos días a leerme las memorias de Woody Allen y a verme esas pelis de Chaplin que tengo pendientes, precisamente por ser bellas e inspiradoras, por regalar alegría, aun abordando dramas y tragedias, y por insuflar alientos, gracias a esa ternura con la que este genio bajito empuñó la cámara. Además, ese empeñarse uno en verlo todo bonito serena e inunda el espíritu de gratitud; y ya se sabe que del agradecimiento viene la compasión, hacia uno mismo y hacia esos congéneres que nos resultan menos simpáticos. Y el condolerse se acompaña de gestos, grandes y pequeños, en los que uno, sin pretender agradecimientos ni recompensas, ayuda a cuantos se cruza por los pasillos del vivir; se adivinan enseguida carencias si se contemplan con interés vidas ajenas. Para juzgar con benevolencia, recomiendo recordar los constantes fracasos y caídas del día a día; de ese modo, hasta los agravios, a veces más supuestos que reales, nos resultarán cómicos y aun chapilianos. A fin y al cabo, reírse de uno mismo regocija, en tanto que meter el dedo en el ojo ajeno enturbia almas y miradas. De nosotros, pues, depende el sentirnos o no útiles y dichosos.

Miel y compota

7 junio 2020

La pandemia mata, pero también lo hace la mentira y cuanto se hace y planifica con la intención de herir al otro. Si uno se habitúa a conducirse con falsedades y amenazas, resultará imposible adoptar, ante la realidad, otro “modus operandi”. Por otra parte, los malos modos suelen perpetuarse y transmitirse de generación en generación. Con la paciencia y la dulzura, en cambio, se ganan más adeptos; hasta al más cerril de los hombres pueden desarmarle gestos bonitos que no busquen tanto la revancha como la concordia. Curiosamente, cuanto menos se persigue la justicia, más fácilmente acaba ésta llegando a nuestras vidas; la mansedumbre es el gran garante de las causas imposibles; sin olvidar que la paz y la cordura se alimentan callando ante las provocaciones. No es fácil: las embestidas duelen y cuando son muy seguidas le van llenando a uno de una rabia que puede desbordar. Es entonces cuando más conviene reflexionar sobre los beneficios o perjuicios que traen las batallas por causas que, de antemano, sabemos perdidas. Lo sensato, en estos casos, es desahogarse con un amigo o, llegado el caso, escribir y describir los pesares, analizar sus verdaderas causas y desprendernos de ellas para que, así, dejen de arañar; se olvida con más rapidez cuanto no es tenido en demasiada consideración. No se trata tanto de tener la última palabra, como de poseer pocas y sabias palabras siempre traspasadas por suaves destellos que sepan a miel y a compota; ése y no otro es el sabor de la bondad y de la compasión.

Faringitis

20 mayo 2020

El calor aturde: las vertiginosas subidas térmicas me provocan una profunda desesperación que no obedece a ninguna frustración sino al propio calor que, a mí, me desespera. Necesito un período de adaptación que suele extenderse hasta bien entrado el mes de julio. El confinamiento nos preserva de salidas innecesarias; pero, aun en casa, la desgana consume los bríos y priva de las habituales apetencias. El más liviano de los esfuerzos agota hasta dejarle a uno sin discernimiento, y a merced de esos grados que van trepando por las enredaderas térmicas para llenarme de sudores y preocupaciones. Cada mayo me tropiezo con la misma inquietud: reviso, a cada rato, las previsiones meteorológicas añorando lluvias y noches frescas. De momento, conservo el frescor de la vivienda; de continuar los embates, se tomarán medidas que favorezcan la ventilación y que regalen también hermosas faringitis; llegado el temido momento, tocará decidir entre vivir y dormir o poseer una garganta libre de sequedades e inflamaciones. La vida, con frecuencia, nos pone en estos bretes: optar por el menor de los males posibles, puesto que ya se sabe que ni todo se puede ni se debe tener. Cuando llega lo anhelado, vuelven a prenderse el corazón nuevos deseos y el vivir se convierte en una obstinada carrera de obstáculos que nosotros mismos vamos sembrando, para entorpecer el propio discurrir y para estrechar los de por sí anchurosos senderos del vivir. Así somos de raros y de tontos.

Conflictos

26 abril 2020

El otro día, mientras hacía tareas con la ventana abierta, escuchaba el jazz del del Segundo, cantarinas infantiles y conversaciones entre vecinos. Sentí que formaba parte de una comunidad que, para variar, sí repara en necesidades ajenas. Una muchacha, a quien de nada conozco, excepto por la mascarilla que me proporcionó la semana pasada, me traerá mañana unos medicamentos que la Seguridad Social no sufraga. En medio de este confinamiento, suceden cosas muy hermosas. La cuarentena está sacando lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Ayer, en el grupo de FB de mi municipio, un caballero soltaba pestes contra todos; su propia frustración, su incapacidad de lidiar con la incertidumbre y el miedo a perder el control hablaban por él con rudeza y muy mal gusto. En estas circunstancias, sale lo que somos; es muy difícil sufrir una pandemia y ocultar, a un tiempo, esas miserias que ya asomaban desde antes de la cuarentena y que ahora adquieren la categoría de brutalidad. Para mí, a pesar de las desgracias, el confinamiento es una buenísima ocasión para reflexionar y, llegado el caso, recapitular. Anteayer, una afamada fotógrafa, cuyo trabajo admiro, confesaba que este vivir pausado le estaba desvelando interesantes aspectos de sí misma hasta el punto de plantearse el dejar de dormir y vivir malamente para abrazar un futuro incierto pero también más higiénico. Me paro con frecuencia a pensar en la ristra de oportunidades que esta coyuntura me está regalando; procuro rememorarlas porque son legión. Y cuando miro a mi entorno, veo fardos de ganancias y también de soluciones a problemas que se habían quizá enquistado y que este encierro no hace sino evidenciar, a fin de que no quede más opción que arrostrar esa realidad que se amotina a cada poco, como un niño enrabietado que se siente arrinconado. Propongo, pues, prestar atención a los desafectos; en ese afecto hallaremos la solución a muchos de nuestros conflictos.

P.D.: La semana pasada publiqué un breve post en el blog del instituto en el que estoy cursando un Ciclo Superior y habla, precisamente, de la pandemia.