Archive for the ‘Emociones’ Category

El tiempo es eternidad

9 julio 2018

Llevo tiempo queriendo recalar aquí, pero los días siguen componiéndose de horas y no hay manera de estirarlas o, al menos, de organizarlas de forma más lúcida y valiosa. Y, sin embargo, añoro pasear por esta casa virtual que, pese a mis escasos desvelos, sigue en pie; no me inquieta el cuidarla o descuidarla, pues son muchas las cosas que me ocupan y preocupan. Pero viene bien un respiro, un tenderse a retozar en un prado a contemplar la belleza de la creación: sin ese recrearme en lo creado malviviría; me perdería lo que me nutre, lo que alimenta mis sueños y guía ese peregrinar diario que es la vida. El tumbarse a la bartola durante un tiempo prudencial cunde más que una buena tanda de esforzadas horas; el trabajo fluye luego sin esfuerzo y sus frutos son tan hermosos que embellecen el resto de las tareas. He de venir aquí, a este blog, a perder un poco el tiempo. Al fin y al cabo, en esta casa virtual he resuelto muchas cuestiones, y poseo aún interrogantes que a ratos eludo por temor a nuevas empresas. Día a día voy afrontando el existir con estupor, pues mis propias iniciativas no dejan de asombrarme; soy una caja de sorpresas hasta para mí misma, de ahí que en mi vida el aburrimiento no tenga cabida. Eso sí: he de recordar que el tiempo no es oro sino eternidad para así no constreñirme en exceso y dejar también que la galbana se apropie de las estancias en las que a diario laboro. Así siempre será más fácil vivir, así la cosecha será también más abundante.

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Tendedero

11 junio 2018

La vida se ha convertido en un cuadro impresionista; alegres pinceladas recaman paredes, bóvedas y suelos; el verdor abruma  y resalta entre los grisáceos que se han apoderado de esos cielos que ahora siempre lucen plomizos. Eso sí: la colada se ha convertido en tarea complicada. Aprovechando uno de esos claros que brinda el día -esplendores en los que los pájaros cantan y brincan-, se tiende la ropa con la esperanza de verla alguna vez seca. Y se va oreando hasta que la lluvia irrumpe en forma de granizo. Entonces se descuelgan las prendas a gran velocidad y la ropa regresa con lamparones al tendedero interior. Y con tanto trajín, uno se agota; se sale también a pasear a deshoras, durante los escasos ratos en los que las aguas se ausentan. Y no me quejo: adoro el olor a lluvia y contemplo a diario cómo ese incesante lloro engalana los paisajes de tal modo que hasta las cunetas rezuman poesía. Por otro lado, prefiero la gratitud al malestar que provocan los continuos lamentos. Acepto cuanto viene aunque, a ratos, duela a rabiar; contemplo la adversidad como una fase de transición que me aupará a esos collados que anhelo. He de confiar y de ignorar las negruras que envuelven los acontecimientos; la vida cambia en un plis plas, tal y como lo hace la meteorología. A diario, además de pelearme con los tendederos, espero lo imposible. Una vez más.

Soledad sonora

17 mayo 2018

Trajino mucho últimamente: mis largas jornadas de lectura y escritura son cosa del pasado. Sigo disfrutando de días tranquilos en los que me envuelvo de una soledad salpicada de murmullos: el zumbido de una mosca, el triscar de unos pájaros, la algazara de los niños en un patio de recreo o los rumores de las ráfagas de viento y lluvia me sumen en una bendita modorra que me retrotrae a esas horas de la infancia en las que el no hacer nada estaba permitido y alentado. Entonces he de hacer esfuerzos por regresar a las tareas; aun así: a ratos me permito, por toda actividad, contemplar la creación, deleitarme en esta soledad sonora que tanto me llena. Otros días voy de acá para allá con la cámara a cuestas capturando miedos, esperanzas, zozobras, deseos o esos últimos clarores que hermosean los días con pinceladas que siempre subyugan y atolondran; es una belleza que inunda el alma de paz y ansias de bien. Pero es el holgazanear, el tumbarme veinte minutos a sestear, o al menos a intentarlo, lo que más réditos me otorga: hallo soluciones a todas las cuestiones que me inquietan y veo, de pronto, con claridad aquellas respuestas que mi tozuda mente esquivaba en su ceguera. En la galbana resuelvo yo el acontecer diario, limo sus aristas y me embebo a un tiempo de sosiego, de belleza y de sabiduría.

Felonía

15 abril 2018

Hace unos días las antiguas alumnas de mi cole crearon un grupo de Whatsapps para organizar un festejo. Según las leía, parecía que hubiesen vivido una infancia y una adolescencia distintas a la mía. Mi malestar fue creciendo sin saber yo el porqué y de pronto hoy ha estallado de tal modo que por un momento me he visto aquejada de mil dolores y angustias. En unas horas he revivido los horrores que sufrí en aquel lugar, las calumnias, infamias e injusticias de las que fui objeto sin merecerlo. Era sólo una niña, buena y aplicada, aunque también movida y charlatana a causa de mi hiperactividad. En aquellos años esos diagnósticos no se estilaban, así que sufrí lo indecible a manos de profesores y tutores que parecían disfrutar vilipendiando a una indefensa colegiala. A punto estuvieron de expulsarme por un delito que jamás cometí; lo hizo una compañera por mí, pero yo cargué con sus culpas. Creí que en algún momento me libraría de aquellas terribles embestidas que padecía yo, que admitiría su error; jamás lo hizo y jamás desvelé su delito. A fecha de hoy, sólo somos tres las que sabemos lo que de veras acaeció y sospecho que el secreto se irá con nosotras a la tumba. O quizá lo desvelara yo misma en “February”, en ese primer borrador de mis memorias que algún día verá la luz; no lo recuerdo, no he vuelto a releerlo. Pese al desconsuelo que hoy me asola, sé que en unos días volveré a ser quien erá y renaceré, como suelo, de mis cenizas. He de ordenar las emociones, procesar la información que en unas horas me ha engullido y recordarme a mí misma que no debo escapar del dolor. Pretender que no ocurrió lo que sí ocurrió es una pésima solución; cuando menos te lo esperas, el dolor te atrapa para retorcerte y dejarte sin vida. No quisiera estar en el lugar de aquellos que perpetraron semejantes felonías.

Desenfreno

29 marzo 2018

Pese a los caprichos de la veleidosa primavera, mantengo un tono animoso. Si caigo, me levanto y antes del descanso consigo enderezarme y aun sosegarme; si no lo hiciera, me pasaría las horas en vela oteando las sombras del porvenir o imaginándomelas. Confío en que las buenas nuevas me pillarán por sorpresa y me harán reír y llorar a un tiempo. Ponerse en lo peor sólo desgasta; a veces lo peor sucede o parece que sucede, porque los acontecimientos cambian en cuestión de horas: lo que parecía aterrador sobrecoge por su benevolencia, es cuando la magnanimidad engolfa el mundo y lo pone del revés. Quienes no presumimos sino de desatinos somos más dichosos que cuantos esgrimen poderosas razones y raciocinios que las más de las veces se desmoronan. Ser loco es maravilloso; las dificultades no se esfuman pero se viven de otra manera. Vivir apenas fatiga y las complejidades se deslíen en un saborear los minutos, en no dejarlos ir de vacío sin pasar antes por uno. Así la vida ni se escurre ni desparrama; se sufre, pero el dolor se sobrelleva con resignación y hasta a ratos se burla uno de él y se entrega a un desenfreno de carcajadas. Entiendo que esta actitud desconcierte, pero los chiflados somos así de audaces y también de mentecatos; este discurrir es, precisamente, el que nos salva aun en medio del desquicio y de esa maldad que gastamos los hombres.

Arremetidas

14 marzo 2018

Llueve sin descanso, como si el Cielo llorase las penas que los hombres nos causamos en ese afán de codiciar metas que ni traen bienes ni contento. Antes bien, nos arrojan a un cieno de injusticia e iniquidad en el que sólo caben pesares; la zozobra nos zarandea, la inquietud arrasa certidumbres hasta dejarnos exangües. El arremeter contra el otro es la norma, sea o no sensato. No reparamos en que detrás de cada acontecimiento hay un sinfín de motivos y también de misterios. Ante lo que no entendemos, la aceptación sin enojo es la postura más sana y sabia. Y de esta guisa se pueden afrontar calamidades con descanso. Y de esta guisa se toman decisiones que, en circunstancias normales, aturdirían los sentidos. Y en este ir y venir de razonamientos, se cuela la esperanza y se sabe que todo saldrá bien: se haga lo que se haga, los frutos serán buenos aunque se recubran de espinas. Hay que perseverar en esa confianza en el bien, en la verdad y en la belleza. Los dramas de la vida dejan de serlo cuando uno se vuelca en la creatividad artística, porque pergeñando sueños nos revestimos con una capa que repele arremetidas; sólo importa entonces la historia que se quiere contar, ya sea con palabras, imágenes o pinceles. Esa historia es la que importa, la que salva de la locura, la que ilumina aun el porvenir más sombrío. La realidad se afronta, pero se hace de otra manera gracias, precisamente, a esa bendita irrealidad que a mí siempre me resulta más cuerda y competente que todas las mentiras que inventamos para dañar al otro y para eludir quiénes somos.

Sainete

5 marzo 2018

Mi percance con las ramas de laurel me trajo dos esguinces y un sinfín de vendajes y complejidades. Había que reposar y bajar la inflamación; como no paraba, de tanto como tenía que hacer, me ataba a los pies sendos paños de cocina con cubitos hielos que, según trajinaba, iba perdiendo por el pasillo. Luego llegaron cosas más serias; no dejé que el desánimo me venciese: me reí de este sainete que es mi vida y seguí adelante con tropiezos y sonrisas. Esta mañana me resquebrajé tras pelearme con Movistar y con su inexistente departamento de atención técnica. Anoche, a causa de un desaguisado con Internet, me vi privada de la Gala de los Oscar. Llevaba días con siestas a deshoras para sobrevivir a la noche en blanco; y así me quedé: en blanco, pero sin Oscars. Son meses de ver una película tras otra, pues mi vida se mide también en planos y secuencias. Aún me cuesta aceptar este disgustillo y en esta no aceptación sólo padezco. Se puede vivir sin Oscars y sin casi nada. A todo se puede uno enfrentar con confianza, sabiendo que lo mejor está por llegar y que cada contratiempo tiene su significado. Al escribirlo, me aligero y aun la belleza de la vida me corteja de nuevo. Nada entiendo, y no me refiero a alfombras rojas y estatuillas, pero he de aceptarlo para convertir estos males que me aquejan en bienes, para que dejen de condicionar mi ahora y vivirlo con paz y esperanza. Confío en lograrlo antes de acostarme; haré lo imposible. Día a día.

Sin ton

26 febrero 2018

Los calores diurnos despistan y regalan inflamaciones de garganta que yo combato con una miel tan exquisita – blanca, cruda y con aromas de lavanda- que me ha provocado adicción. La ingiero tan de seguido que en menos de diez días he dado cuenta de un tarro que debía de haber llegado a mayo o junio. Según escribo estas líneas, pienso en su delicioso sabor, en cómo se deshace en mi boca para impregnarla de inefables delicias; resisto la tentación por terminar este post y por recordarme que puedo vivir sin ella. Noto el tobillo derecho dolorido y temo un nuevo esguince. Me subí a una tapia a robar unas hojitas de laurel; tras un laborioso hurto, pues la rama se me resistía, me lancé al asfalto con demasiado ímpetu y el pie se trastabilló. Así se suceden mis jornadas, con muchas nonadas; al tiempo, se escribe y se vive y no siempre con acierto. Digo y hago cosas que luego, una vez maduradas, me espeluznan. Cuando no es posible rectificar, evito pensar en esas vergüenzas que yo misma fabrico cuando me conduzco a tontas y a locas. Procuro no fustigarme en exceso; aceptar las flaquezas es más sabio que renegar de ellas. Vuelvo, por tanto, a ese trazar la vida con menos esmero del que quisiera; los borrones, como las fotos desenfocadas, son más hermosos que esa cautela que priva de sonrisas y también de sonrojos. Hay que ser humilde y contemplar también el ridículo como una opción plausible. El quedar en evidencia supone, a fin de cuentas, mostrar lo que somos, las esmirriadas aptitudes que uno posee. Pese a todo, el día a día es generoso aun en las jornadas más aciagas. Y, ahora que lo pienso, no sé a qué ton estoy escribiendo esto. Poco importa. Lo que sí presiento es que el tobillo se ha retorcido de forma muy fea, pues el dolor ya me incomoda demasiado ¡Ay de mí!

Sin resistencias

31 enero 2018

Actualizar el blog se está convirtiendo en tarea imposible; hay demasiado que hacer. Cuando abrí este espacio, no escribía de forma regular. Ahora lo hago a diario, de manera intensa, aunque la literatura esté lejos de mis metas. El arte es muy variopinto y ofrece formas de expresión en las que las mentes inquietas hallan cobijo. Voy adentrándome en nuevos terrenos que jamás siquiera había acariciado y que se han convertido en mi día a día. A veces, cuando me escucho, no me reconozco por esos palabros que uso para describir realidades que precisan de otros embalajes y etiquetas. Escribir con un fin diferente del que la literatura ofrece es fascinante. Vivo en una constante fiesta en la que descubro cada día nuevos senderos, bellos pero también escurridizos. El principiante suele arrojarse a metas estrafalarias sin dudas ni temores y, si tropieza, lo achaca a la inexperiencia. Estoy viviendo, en mi bisoñez, una de las mejores etapas de mi vida. Hay obstáculos, ¡cómo no!, pero se sigue adelante a pesar de las zancadillas y se confía más que nunca. Sin esa esperanza que siempre acompaña, no podría ni levantarme de la cama. Con ella, todo es posible; vivo, por ello, sumergida en el mundo de los imposibles, donde ningún sueño se resiste. Vivo en la dicha de los locos que idean historietas a base de grandes dosis de entusiasmo. Vivo como una niña en un lugar donde los adultos se pelean porque no entienden que sólo con el bien se avanza.

Agradecimientos

20 diciembre 2017

Fregoteo un poco el suelo; es mi forma de hacer ejercicio pues estoy condenada a un semireposo a cuenta de un esguince de tobillo que me precipitó desde las alturas, de una silla a un frío suelo de baldosa; se retorció el pie con tanto brío que luzco moratones y buena inflamación; todo por tratar de apresar el pimentón dulce para las lentejas. De camino al hospital, temí matarme de nuevo; eran tales los dolores que no podía superar los 60km por hora en la autovía: mantener la atención me exigía colosal esfuerzo. Tras la valoración inicial, me informaron de que me aguardaba una noche larga; les conté mi historia, mi miedo a estazarme con el coche y a conducir de noche. Ni tiempo me dio a acomodarme; mi nombre resonó a los pocos minutos por megafonía y, en silla de ruedas, recorrí pasillos y vi en una sala de espera un dolor que me traspasó el corazón, en tanto hacía ímprobos esfuerzos por contener las lágrimas que luego, de camino a casa, fluyeron a mansalva. Me sentí, pese a mi estropicio y a un montón de males que me aquejan, afortunada y no cesé de dar gracias a Dios por cuanto a diario me regala, incluido este esguince que me tiene recluida. He comprobado que la gratitud es milagrosa; cuanto uno agradece deja de pesar y se hermosea de tal modo que hasta una bendición pareciese. La gratitud, aun en los momentos más aciagos, ha sido el mejor descubrimiento de estos últimos y áridos meses. El poder del agradecimiento trasciende todos los límites y torna lo imposible en verosímil. Así sí se puede vivir.