Guirigay

27 marzo 2020

Creí que el enemigo a combatir era el Coronavirus, pero no: el mal que nos aqueja es el egoísmo y también la terquedad. La necedad, que se junta con ese obstinado quererlo todo sí y con el afán de destacar y ser estúpidamente querido o aceptado, se menea al compás de cualquier melodía. La estulticia edifica sinrazones a base de mentiras; las “guerras” que libramos a diario parten siempre de la mentira, de negar al otro su derecho a existir y, llegado el caso, a discrepar del pensamiento único que se impone en nuestra sociedad en todos sus estratos: en la familia, en la comunidad de vecinos, en el trabajo, en el colegio… La belleza que acompaña cualquier veracidad es maldecida y pisoteada; y cuando se maldice, el gusto se amarga y se pone mal cuerpo. El corazón, fiel a su esencia, siempre nos reprende puesto que no fuimos creados para la inmundicia, sino para arrellanarnos en esa vieja y coqueta butaquita en la que solíamos repantigarnos a contemplar la vida cuando había tiempo y sosiego, como en aquellas tardes de verano en las que hasta el bullir de las moscas sonaba a música celestial. Cuando las tropelías se perpetran en “masa” se justifican con un sinfín de disparates en tanto contribuimos a enmarañar más ese guirigay en el que, a falta de razones, vivimos por decisión propia.

Almas hermosas

14 marzo 2020

En estos días tan raros asoman más que nunca las miserias, propias y ajenas, y el corazón a veces se contrae de tristeza, pero enseguida rememora uno las bondades que también lo expandieron, sin pagar por ellas ni dineros ni peajes. Soy, pese a los males que me aquejan, una privilegiada que ha tenido la fortuna de llorar la muerte de José Jiménez Lozano. De muy jovencita un libro suyo cayó en mis manos: lo devoré con estupor; no entendía que fuese posible escribir una prosa tan fresca y bella que luego después, estando yo algo más leída, me recordó a la de Santa Teresa. Fantaseé entonces con la idea de compartir café y tertulia con este afamado escritor en el Lyon D’Or, el café donde se “hospedaba” cuando visitaba Valladolid. Lustros después mis deseos se hicieron realidad: no sólo prologó mi primer libro, siendo yo una novata, sino que se convirtió en mi paño de lágrimas y en una especie de profesor al que consultaba las dudas literarias que con frecuencia me arredraban. Fue también don José asesor de lecturas, que yo apuntaba en papelillos que he ido, tonta de mí, extraviando entre las páginas de libros perdidos. Llegué, no obstante, a leer una parte de sus recomendaciones; sus gustos y los míos convergían de forma asombrosa. Fue, además, quien más me animó a leer y a escribir en inglés y quien me alentó a dar el salto al guión cinematográfico. Era un curioso erudito: sencillo y tan joven de espíritu que, cuando charlaba con él, me sentía en compañía de un chiquillo. Hablé con él hace apenas quince días; empeñado estaba en regalarme uno de sus últimos libros; no me atreví a llamarlo de nuevo, pese a su insistencia, por no molestarlo. No sé muy bien qué obtuvo de mí, pero no recuerdo que me exigiera favores de ninguna clase. Una persona verdaderamente inteligente  —no hablo aquí de astucia; de astutos, anda el mundo atestado— es necesariamente bondadosa y vive alojada en un alma hermosa.

Poderes

2 febrero 2020

Todos sobrellevamos frustraciones y corremos el riesgo de convertirnos en cascarrabias quejicas o incluso en seres malvados deseosos de pagar con el prójimo esos miedos que de rato en rato nos aquejan; es cuando somos incapaces de gestionar el torrente de emociones que nos genera el continuo dudar de la valía. No es, claro, matemático pero sí he comprobado que aquellos que más frecuentan el mal, hasta el punto de convertirlo en su “modus operandi”, son inseguros que, a falta de imponer sus criterios en el devenir de sus vidas, los aplican a la fuerza en destinos ajenos deformando existencias y provocando muchísimo sufrimiento. Los males que trae consigo el no saberse conducir con mesura son temibles, terribles y desconocen límites. Y aun sabiéndome yo muy imperfecta, no puedo evitar que la pertinacia en el mal socave mi percepción de la naturaleza humana. Y aunque me esfuerce por dirigir la mirada hacia las hermosuras del alma, tropiezo a diario con demasiada fealdad y apenas sé cómo digerirla. Y a veces, a la vista de las indignidades que a diario contemplo, desconfío en que nos aguarde un porvenir halagüeño. Como no soy propensa a desconfiar del todo, pese a que algunos exhíban sin recato su lado más perverso, recuerdo de nuevo que la vida es más justa de lo que a simple vista parece; sólo hay que esperar y confiar en que lo bello, bueno y verdadero acabe conquistando realidades y corazones. La paciencia y la espera son, sin duda, mis mejores artimañanas y también mis mayores poderes. Sin ellos, ni vivir ni avanzar podría.

Ridiculeces

7 enero 2020

Y comienza un nuevo año con su correspondiente ristra de propósitos. Estos días navideños me han servido para descansar y constatar mis sospechas: he estado haciéndolo  todo muy mal, atiborrándome de obligaciones y ahuyentando de mi vida cualquier asomo de jolgorio. Me he ausentado de museos, exposiciones, cines, buenas lecturas y, en general, de cuanto la vida de bueno propone por obcecarme en una absurda ambición que me ha consumido en todos los sentidos, dejándome escuálida de peso y de ilusiones. Uno ha de alimentarse de viandas y de bonitas imágenes y, para ello, hacen falta distracciones, mucha galbana y existir un poco a cámara lenta. Sentarse a no hacer nada o tumbarse en la cama a contemplar techumbres cunde más que cualquier sesudo seminario o tarde de estudio; si bajo la guardia, la intuición se frota las manos pues sabe que ha llegado su momento de gloria. Y esos instintos son siempre sabios pues saben de anhelos y de lo que de veras sustenta vidas y alientos. Sin ese alimento, el alma fenece y se llena de miedos y oscuridades; todo entonces parece más tétrico y feo. La intuición envalentona los corazones y nos retrotrae a los deseos de la infancia, que son los verdaderos; los otros, los de los mayores, son bravuconadas que nos fabricamos para encajar en ese mundo de supuestos adultos en el que decidimos morar para darnos más importancia de la que poseemos. Para recuperar los bríos, opto en este Año Nuevo por la ridiculez, por esas fantasías que las mentes “maduras” desprecian para aferrarse con fiereza a ese inhóspito paisaje en el que ni caben ni dichas ni frescuras. La niña que soy será siempre más sabia y maga que la adulta a la que a ratos he pretendido emular, aunque haya casi siempre fracasado, por ser yo mala simuladora. Sé que me aguarda un año bisiesto repleto de ridiculeces y, al escribirlo, sonrío a raudales. Os deseo un feliz y muy ridículo 2020.

Belén

23 diciembre 2019

Tras días ventosos, el ánimo se arrellana en la placidez de los buenos propósitos descansando ya de fatuas fatigas. Recobrados sosiego y sentido, los pensamientos se reordenan conforme a razones y preferencias. Tropiezo cuando me alejo de los verdaderos anhelos y me dejo engullir por la barahúnda que azota este mundo nuestro que a ratos, por esas zozobras, se antoja siniestro aun siendo muy bello. Ni he de justificarme ni permitir que otros me obliguen a hacerlo si las buenas intenciones guían mis acciones, si no persigo comprar voluntades para sacar provecho de segundos ni terceros. Entonces las intenciones primigenias, si partieron de un anhelo de bien, persistirán aunque tempestades asolen mis días y noches. Al fin y al cabo, camino hacia Belén, hacia un Niño que aun siendo Dios quiso encarnar la fragilidad de los hombres para hacernos dignos de un destino más ancho y esplendoroso; un destino del que, sin embargo, huimos por contenerse en la penumbra de un frío pesebre. Las sinrazones no son sino espejismos que, a falta de certezas, se persiguen con fervoroso tesón. Enseñorearme de una realidad que no es realidad, pues se resquebraja a cada rato, me aleja de Belén y de las entretelas del corazón. Continúo, pues, por el camino pedregoso y en medio de oscuridades que presagian una realidad imperecedera sin rupturas ni desvanecimientos; la Eternidad es firme y perenne. Feliz Eternidad. Feliz Navidad.

 

Ruegos

1 noviembre 2019

Estos días lluviosos de santos y difuntos infunden alientos pues se sabe que los que se fueron velan por los que aquí seguimos y prestan oídos a llantos y lamentos, a esos ruegos que nos anudan la garganta cuando lo humanamente posible ha dejado de ser humano y posible. Esos aliados celestiales confortan cuando las dudas asolan y nada se hace ni se piensa a derechas. La información desborda y uno ni sabe ni contesta puesto que emplea las horas en tratar de asimilar lo ininteligible o, al menos, lo que a algunos nos suena, por la extrañeza de sus componentes, a remotas galaxias envueltas en nebulosas que enturbian el pensar y el discurrir. Y, con tantas zozobras, el tiempo escasea pues ha de destinarse a combatir obstáculos y a arrostrar desánimos; el arrinconar la creación artística me sume en un caos informe en el que todo se magnifica hasta convertir la vida en un exceso que aturde y paraliza. Y en medio de este no saber, de este cansancio, pido a mis difuntos que alivien mis fatigas, que me aconsejen y me muestren una senda a seguir. Pido a mi padre y, sobre todo, a mi hermanito, al que se fue siendo un infante, que me proteja, que me instruya por estos caminos dudosos por los que deambulo y que me regale ese lugar que preciso, esos enseres que fueron míos y que un día se esfumaron dejándome huérfana de todo, hasta de lo más esencial. En este día de Todos los Santos te ruego que la vida me sea más benévola y que cese yo solo por un ratito de luchar. Te ruego que el día a día me conceda respiros y una existencia con también espacios que alberguen los recuerdos perdidos, los que hablan de mi identidad, de lo que soy, de lo que fui y de lo que algún día seré quizá.

¿Para qué?

13 octubre 2019

Reinventarse cada día, cada octubre, cada otoño para arrostrar los conflictos que se añaden a los ya existentes, a esos que aún claman por sus derechos y que de rato en rato retuercen el corazón para hacerme llorar largamente. Luego, con los ojos limpios, regresa la ternura; y esa mirada blandita vale tanto para mí como para los que me hacen padecer. Tristemente, la compasión ha dejado de formar parte de nuestros decorados; es un vocablo extraño que apenas se menciona porque, con nuestras falacias y obcecaciones, lo hemos despojado de significado. Lo usamos solo para referirnos a situaciones lejanas: los negritos desnutridos del África subsahariana, los inmigrantes que arriesgan su vida por alcanzar un mundo supuestamente mejor o las víctimas de  guerras remotas, a quienes, por cierto, dedicamos encendidos discursos que raras veces se acompañan de hechos sustanciales. Eso sí: jamás nos indignan nuestras propias injusticias. Y pienso que si amáramos en vez de odiar, el mundo sería un lugar hermosísimo imbuido de paz y de concordia, un lugar donde la discordancia no hallaría acomodo. Si persisto en aquellos propósitos en los que el destino del otro es arrinconado, puedo acabar consiguiendo mis objetivos; pero si el lograr mis propósitos no reporta ni paz ni dicha ni trae frutos buenos, ¿para qué diantres deseo imponer voluntades? ¿Para qué? Para sumirme en la desdicha, para seguir buscando culpables que expliquen esa insatisfacción que me ronronea, la que susurra lo que conocemos aun cuando no queramos ni conocerlo ni admitirlo. Cuando el “para qué” no se acompaña de ristras de cosas bonitas, es preciso cambiar de rumbo para así alcanzar el sosiego que se nos escapa: Sin compasión los triunfos se convierten en fracasos que saben muy amargos.

Brillos

18 septiembre 2019

Tardes anchas y doradas se ven a ratos interrumpidas por lluvias muy lluvias que traen aromas de membrillo y rosas. Se exhiben aún éstas con holgura saboreando, como yo, esas templazas de septiembre que llenan el ánimo de dulzuras y de sueños imposibles que saben a posible. Los árboles ya despojados de lustre van rindiéndose a esa muerte necesaria, la que precisamos para lucir nuestras mejores galas. Y ese ir extinguiéndose poco a poco no duele, sino que expande el alma hasta rozar el Infinito. Y dentro de la infinitud los dolores se apaciguan y hasta se despojan de espinas durante ratos amplios, aunque se siga anhelando lo que no se disfruta aun perteneciéndole a uno: las posesiones son algo más que materia, cumplen una misión inestimable para el cuerpo y para el alma. En medio de estas suavidades y de estos brillos que huelen a estío y a otoño a un tiempo se añoran las ausencias, pero también se espera y confía en la bondad de los hombres que quizá en estos días de ensueño ablanden los corazones para recubrirse también de destellos dorados. Septiembre siempre ha sido el mes de los brillos.

Lucidez

6 agosto 2019

Y agosto no llega con frío en el rostro sino con llamaradas que oprimen y cubren de tantas erupciones que hasta caminar resulta doloroso. Está siendo un verano atípico y no sólo por la meteorología, sino porque cuanto, para mí, implica verano ha sido engullido por una sucesión de cambalaches que ha dejado a su paso un reguero de amarguras. Para dulcificar mis días recurro a enormes rajas de sandía que devoro a diario para refrescarme y aliviar las zozobras que asestan los asesinos calores. Estoy atrapada en un laberinto de desatinos y desacuerdos del que no puedo escapar; hay que adaptarse a las asperezas para no sucumbir, para contemplar la realidad desde otra perspectiva más benévola. Tiendo a ver el vaso medio lleno, pero en estas peripecias en las que habito cuesta adherirse a las hermosuras que obsequia la vida; aquí, por la fealdad que me circunda, resulta una proeza convertir tanta desfachatez en belleza. Algunos días lo consigo, pero otros sucumbo, especialmente cuando el calor ataca. Entonces de nada sirven ni argumentos ni esperanzas ni esfuerzos. Me sumo en una suerte de estrés vital en el que todo, hasta lo más diminuto, se me antoja inalcanzable. Agosto está apenas recién empezado, así que confío en que las fieras se irán amansando y regalando días más lúcidos y también más frescos; la lucidez y la frescura, me temo, van ahora de la mano.

Antipatías

6 julio 2019

A ratos la vida resulta antipática: te abofetea, te escupe y encima te exige disculpas de toda índole. Y uno, ya mermado por tanta disensión, acata toda suerte de estropicios, aun cuando las buenas intenciones dicten el obrar. Me hallo en un mundo lleno de gentes que detestan lo que son, lo que poseen, y que se lanzan a la yugular del prójimo tan pronto la ocasión les es propicia. Y yo, claro, me sobrecojo; a veces no queda otra que permitir calumnias y atropellos. Y en tanto esto sucede, miro al cielo con la esperanza de obtener un poco de conmiseración. Las altas temperaturas, además, magnifican todo y añaden más dolor a las circunstancias vitales ¿Qué placer halla uno en vituperar al otro, en convertir la vida ajena en un constante calvario? Ninguno, absolutamente ninguno. Esas zancadillas que hacen tropezar duelen en las espinillas y en el alma. Ante las sobredosis de injusticia, no queda otra opción que la resignación: aceptar cuanto acontece y verlo como la mejor de las soluciones posibles; detrás de tanto mal ha de esconderser una bonita explicación. Algún día entenderé lo que estoy pasando, algún día entenderé que este año no toque disfrutar del verano pues la estación ha decidido pasar de largo. He de aceptarlo y abrazar las antipatías para que no me minen la moral, para que no me conviertan en un espantajo de furia y dolor.