Instantes

13 septiembre 2020

Dulces melodías acompañan las horas de este septiembre tardío; las jornadas se envuelven en una luz dorada que preludia el otoño. Mañanas frescas despiertan el ánimo y tardes aun calurosas tiñen de nostalgia cada minuto dejado atrás, en ese instante que ya se fue y que únicamente la memoria puede recrear; la inexistencia del ayer siempre necesaria y manifiesta. Higos, uvas y membrillos poseen la dulzura y la tonalidad que el alma asocia a los primeros días del otoño. Los árboles pierden su frescura y muchas de sus hojas, ya macilentas, anticipan esa muerte, esa mudanza que pronto cubrirá los paisajes de ámbares y cobrizos. Y en estas horas estivales ocurren también cosas, pero la mente se centra en lo que le rodea, pues en ese fijarse en todo se juega uno la supervivencia. La contemplación de la vida es más necesaria que nunca; ese prestar atención al detalle revela la verdadera dimensión de la existencia, pues sólo podemos apoderarnos del instante. Nada nos pertenece y aun lo nuestro no es enteramente nuestro; ese rayo de sol que se cuela entre las hojas aun verdes de un álamo es lo único que existe; el resto es pura irrealidad.

Aseos y placeres

16 agosto 2020

Escribo para asear la mente; las ideas fluyen a demasiada velocidad y a ratos se contradicen y si los deseos entran en conflicto, me sumerjo en un mar de dudas; de ahí que precise ordenarme, para discernir qué o no procede. Los días transcurren con placidez; agosto ha recuperado su idiosincrasia y el frescor matutino y nocturno obliga a recurrir a prendas más amorosas. Y el mundo, de este modo, resulta más limpio; el calor ensucia y aturulla. El bañarse en la piscina exige arrestos que yo, de momento, conservo y buen caldito a la salida. Y, aunque esté vacacionando, escribo para estructurar los propósitos. Mis vacaciones transcurren en mi propio hogar: si cambio las rutinas y me regalo pequeños placeres, como el ducharme despacito y el embadurnarme con cremas y aceites, mis jornadas adquieren trazas más lúdicas. Añoro esos largos veranos en los que la galbana se adueñaba de cada instante; pero gracias a este “veranear” mío, cuerpo y mente están inmersos en un estío sin fin, en el que cada diminuto momento es precioso. Si cada instante es perfecto, ¿para qué valernos de certidumbres? La vida es una constante sucesión de eventos inciertos; fue siempre así, por otra parte. Conviene, pues, congraciarse con la realidad para, de esa manera, existir de forma más plena, disfrutar de cada brisa, de cada noche estrellada y de la magia que crea el sol al reflejarse en el agua. Los vaivenes del día a día se viven mejor con belleza y esperanza.

Coyunturas

3 agosto 2020

Ese frío en el rostro de agosto es hoy placenteramente veraz. Tecleo estas líneas con un foulard y una chaquetita; las corrientes nocturnas dejaron tremendo frescor en la vivienda. Y así se puede pensar y respirar y hasta pasear; me he propuesto un paseo campestre que, días atrás, se me hubiese antojado locura. Curiosamente, antes de recalar aquí estuve revisando una cascada de correos pasados plagados de insultos y de reprobaciones; me sorprendió la infelicidad del remitente —no había antes reparado en ella— y también mi insistencia en mantener una relación tan lesiva. Pensé que nunca hay que fiarse de quien hostiga, de quien se vale de sarcasmos e ironías tan pronto la realidad se opone a sus intereses. El caso es que con frecuencia nos enfangamos en relaciones dañinas en las que uno se ve obligado a defender su inocencia, aun no habiendo cometido más delito que el de ser uno mismo. Eso forma ya parte del ayer, pero conviene recordarlo para evitar caer en coyunturas del mismo calado. Entretanto, me debato entre mil proyectos y sé que uno, al menos, he de escoger. También sé que cuanto más me resisto a una tarea más necesidad tengo de hacerla y, por ello, la postpongo una y otra vez y me busco mil excusas para no acometerla. Y, como me veo aún dubitativa, me inclino por salir a pasear, porque en medio de los campos, en la presencia de esa belleza que sobrecoge cada célula de mi ser, no puedo mentirme a mí misma. Me sentaré en una piedra, me moleré las posaderas y dejaré que la intuición, que es la sabia de la casa, me recorra de pies a cabeza. Entonces, sabré con certeza qué sendero recorrer; me atiborraré de paz y certezas y llegaré a casa con el espíritu aseado y almidonado.

Útiles y dichosos

7 julio 2020

Días largos y calurosos que invitan al confinamiento. Cuando los termómetros se disparan, me recluyo y salgo de casa para lo imprescindible. Los quehaceres, aun livianos, son sustanciosos, pese a que el cerebro se ralentice y le cueste digerir y discernir. Algo que no falla, en tiempos de canícula, es la gratitud, precisamente por detestar yo el calor y por temerlo más que al diablo. Me dispongo en estos días a leerme las memorias de Woody Allen y a verme esas pelis de Chaplin que tengo pendientes, precisamente por ser bellas e inspiradoras, por regalar alegría, aun abordando dramas y tragedias, y por insuflar alientos, gracias a esa ternura con la que este genio bajito empuñó la cámara. Además, ese empeñarse uno en verlo todo bonito serena e inunda el espíritu de gratitud; y ya se sabe que del agradecimiento viene la compasión, hacia uno mismo y hacia esos congéneres que nos resultan menos simpáticos. Y el condolerse se acompaña de gestos, grandes y pequeños, en los que uno, sin pretender agradecimientos ni recompensas, ayuda a cuantos se cruza por los pasillos del vivir; se adivinan enseguida carencias si se contemplan con interés vidas ajenas. Para juzgar con benevolencia, recomiendo recordar los constantes fracasos y caídas del día a día; de ese modo, hasta los agravios, a veces más supuestos que reales, nos resultarán cómicos y aun chapilianos. A fin y al cabo, reírse de uno mismo regocija, en tanto que meter el dedo en el ojo ajeno enturbia almas y miradas. De nosotros, pues, depende el sentirnos o no útiles y dichosos.

Miel y compota

7 junio 2020

La pandemia mata, pero también lo hace la mentira y cuanto se hace y planifica con la intención de herir al otro. Si uno se habitúa a conducirse con falsedades y amenazas, resultará imposible adoptar, ante la realidad, otro “modus operandi”. Por otra parte, los malos modos suelen perpetuarse y transmitirse de generación en generación. Con la paciencia y la dulzura, en cambio, se ganan más adeptos; hasta al más cerril de los hombres pueden desarmarle gestos bonitos que no busquen tanto la revancha como la concordia. Curiosamente, cuanto menos se persigue la justicia, más fácilmente acaba ésta llegando a nuestras vidas; la mansedumbre es el gran garante de las causas imposibles; sin olvidar que la paz y la cordura se alimentan callando ante las provocaciones. No es fácil: las embestidas duelen y cuando son muy seguidas le van llenando a uno de una rabia que puede desbordar. Es entonces cuando más conviene reflexionar sobre los beneficios o perjuicios que traen las batallas por causas que, de antemano, sabemos perdidas. Lo sensato, en estos casos, es desahogarse con un amigo o, llegado el caso, escribir y describir los pesares, analizar sus verdaderas causas y desprendernos de ellas para que, así, dejen de arañar; se olvida con más rapidez cuanto no es tenido en demasiada consideración. No se trata tanto de tener la última palabra, como de poseer pocas y sabias palabras siempre traspasadas por suaves destellos que sepan a miel y a compota; ése y no otro es el sabor de la bondad y de la compasión.

Faringitis

20 mayo 2020

El calor aturde: las vertiginosas subidas térmicas me provocan una profunda desesperación que no obedece a ninguna frustración sino al propio calor que, a mí, me desespera. Necesito un período de adaptación que suele extenderse hasta bien entrado el mes de julio. El confinamiento nos preserva de salidas innecesarias; pero, aun en casa, la desgana consume los bríos y priva de las habituales apetencias. El más liviano de los esfuerzos agota hasta dejarle a uno sin discernimiento, y a merced de esos grados que van trepando por las enredaderas térmicas para llenarme de sudores y preocupaciones. Cada mayo me tropiezo con la misma inquietud: reviso, a cada rato, las previsiones meteorológicas añorando lluvias y noches frescas. De momento, conservo el frescor de la vivienda; de continuar los embates, se tomarán medidas que favorezcan la ventilación y que regalen también hermosas faringitis; llegado el temido momento, tocará decidir entre vivir y dormir o poseer una garganta libre de sequedades e inflamaciones. La vida, con frecuencia, nos pone en estos bretes: optar por el menor de los males posibles, puesto que ya se sabe que ni todo se puede ni se debe tener. Cuando llega lo anhelado, vuelven a prenderse el corazón nuevos deseos y el vivir se convierte en una obstinada carrera de obstáculos que nosotros mismos vamos sembrando, para entorpecer el propio discurrir y para estrechar los de por sí anchurosos senderos del vivir. Así somos de raros y de tontos.

Conflictos

26 abril 2020

El otro día, mientras hacía tareas con la ventana abierta, escuchaba el jazz del del Segundo, cantarinas infantiles y conversaciones entre vecinos. Sentí que formaba parte de una comunidad que, para variar, sí repara en necesidades ajenas. Una muchacha, a quien de nada conozco, excepto por la mascarilla que me proporcionó la semana pasada, me traerá mañana unos medicamentos que la Seguridad Social no sufraga. En medio de este confinamiento, suceden cosas muy hermosas. La cuarentena está sacando lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Ayer, en el grupo de FB de mi municipio, un caballero soltaba pestes contra todos; su propia frustración, su incapacidad de lidiar con la incertidumbre y el miedo a perder el control hablaban por él con rudeza y muy mal gusto. En estas circunstancias, sale lo que somos; es muy difícil sufrir una pandemia y ocultar, a un tiempo, esas miserias que ya asomaban desde antes de la cuarentena y que ahora adquieren la categoría de brutalidad. Para mí, a pesar de las desgracias, el confinamiento es una buenísima ocasión para reflexionar y, llegado el caso, recapitular. Anteayer, una afamada fotógrafa, cuyo trabajo admiro, confesaba que este vivir pausado le estaba desvelando interesantes aspectos de sí misma hasta el punto de plantearse el dejar de dormir y vivir malamente para abrazar un futuro incierto pero también más higiénico. Me paro con frecuencia a pensar en la ristra de oportunidades que esta coyuntura me está regalando; procuro rememorarlas porque son legión. Y cuando miro a mi entorno, veo fardos de ganancias y también de soluciones a problemas que se habían quizá enquistado y que este encierro no hace sino evidenciar, a fin de que no quede más opción que arrostrar esa realidad que se amotina a cada poco, como un niño enrabietado que se siente arrinconado. Propongo, pues, prestar atención a los desafectos; en ese afecto hallaremos la solución a muchos de nuestros conflictos.

P.D.: La semana pasada publiqué un breve post en el blog del instituto en el que estoy cursando un Ciclo Superior y habla, precisamente, de la pandemia.

Guirigay

27 marzo 2020

Creí que el enemigo a combatir era el Coronavirus, pero no: el mal que nos aqueja es el egoísmo y también la terquedad. La necedad, que se junta con ese obstinado quererlo todo sí y con el afán de destacar y ser estúpidamente querido o aceptado, se menea al compás de cualquier melodía. La estulticia edifica sinrazones a base de mentiras; las “guerras” que libramos a diario parten siempre de la mentira, de negar al otro su derecho a existir y, llegado el caso, a discrepar del pensamiento único que se impone en nuestra sociedad en todos sus estratos: en la familia, en la comunidad de vecinos, en el trabajo, en el colegio… La belleza que acompaña cualquier veracidad es maldecida y pisoteada; y cuando se maldice, el gusto se amarga y se pone mal cuerpo. El corazón, fiel a su esencia, siempre nos reprende puesto que no fuimos creados para la inmundicia, sino para arrellanarnos en esa vieja y coqueta butaquita en la que solíamos repantigarnos a contemplar la vida cuando había tiempo y sosiego, como en aquellas tardes de verano en las que hasta el bullir de las moscas sonaba a música celestial. Cuando las tropelías se perpetran en “masa” se justifican con un sinfín de disparates en tanto contribuimos a enmarañar más ese guirigay en el que, a falta de razones, vivimos por decisión propia.

Almas hermosas

14 marzo 2020

En estos días tan raros asoman más que nunca las miserias, propias y ajenas, y el corazón a veces se contrae de tristeza, pero enseguida rememora uno las bondades que también lo expandieron, sin pagar por ellas ni dineros ni peajes. Soy, pese a los males que me aquejan, una privilegiada que ha tenido la fortuna de llorar la muerte de José Jiménez Lozano. De muy jovencita un libro suyo cayó en mis manos: lo devoré con estupor; no entendía que fuese posible escribir una prosa tan fresca y bella que luego después, estando yo algo más leída, me recordó a la de Santa Teresa. Fantaseé entonces con la idea de compartir café y tertulia con este afamado escritor en el Lyon D’Or, el café donde se “hospedaba” cuando visitaba Valladolid. Lustros después mis deseos se hicieron realidad: no sólo prologó mi primer libro, siendo yo una novata, sino que se convirtió en mi paño de lágrimas y en una especie de profesor al que consultaba las dudas literarias que con frecuencia me arredraban. Fue también don José asesor de lecturas, que yo apuntaba en papelillos que he ido, tonta de mí, extraviando entre las páginas de libros perdidos. Llegué, no obstante, a leer una parte de sus recomendaciones; sus gustos y los míos convergían de forma asombrosa. Fue, además, quien más me animó a leer y a escribir en inglés y quien me alentó a dar el salto al guión cinematográfico. Era un curioso erudito: sencillo y tan joven de espíritu que, cuando charlaba con él, me sentía en compañía de un chiquillo. Hablé con él hace apenas quince días; empeñado estaba en regalarme uno de sus últimos libros; no me atreví a llamarlo de nuevo, pese a su insistencia, por no molestarlo. No sé muy bien qué obtuvo de mí, pero no recuerdo que me exigiera favores de ninguna clase. Una persona verdaderamente inteligente  —no hablo aquí de astucia; de astutos, anda el mundo atestado— es necesariamente bondadosa y vive alojada en un alma hermosa.

Poderes

2 febrero 2020

Todos sobrellevamos frustraciones y corremos el riesgo de convertirnos en cascarrabias quejicas o incluso en seres malvados deseosos de pagar con el prójimo esos miedos que de rato en rato nos aquejan; es cuando somos incapaces de gestionar el torrente de emociones que nos genera el continuo dudar de la valía. No es, claro, matemático pero sí he comprobado que aquellos que más frecuentan el mal, hasta el punto de convertirlo en su “modus operandi”, son inseguros que, a falta de imponer sus criterios en el devenir de sus vidas, los aplican a la fuerza en destinos ajenos deformando existencias y provocando muchísimo sufrimiento. Los males que trae consigo el no saberse conducir con mesura son temibles, terribles y desconocen límites. Y aun sabiéndome yo muy imperfecta, no puedo evitar que la pertinacia en el mal socave mi percepción de la naturaleza humana. Y aunque me esfuerce por dirigir la mirada hacia las hermosuras del alma, tropiezo a diario con demasiada fealdad y apenas sé cómo digerirla. Y a veces, a la vista de las indignidades que a diario contemplo, desconfío en que nos aguarde un porvenir halagüeño. Como no soy propensa a desconfiar del todo, pese a que algunos exhíban sin recato su lado más perverso, recuerdo de nuevo que la vida es más justa de lo que a simple vista parece; sólo hay que esperar y confiar en que lo bello, bueno y verdadero acabe conquistando realidades y corazones. La paciencia y la espera son, sin duda, mis mejores artimañanas y también mis mayores poderes. Sin ellos, ni vivir ni avanzar podría.