Los réditos de la rectitud

12 septiembre 2017

Frente al cinismo que me circunda, uso cuanto me sirva a sobrellevar los pesares, a abrazar lo que detesto y a mirarlo como un bien que acabará dando fruto, aunque ahora se asemeje a una pesadilla. Cambiar el mundo es más sencillo de lo que creemos; si uno persiste en una actitud sustentada en lo bello, bueno y verdadero, las cosas del día a día se aligeran y el semblante risueño, despojado de sarcasmos e ironías, acaba interpelando hasta al más necio de los hombres. Dentro de todos, se esconde un niño temeroso que ansía ser amado; y por esa rendjija puede uno colarse en otras almas para esparcir pellizcos de esperanza. Es preciso, para caminar con conciencia liviana, desterrar embustes y cambalaches. Se descubre antes al mentiroso que al cojo, así que enemistarse con la verdad no conlleva sino quebraderos de cabeza. Los discursos pesimistas no cautivan; seducen, en cambio, las sonrisas y las miradas limpias. La pureza en todas sus apariencias empolva la vida con atmósferas diáfanas y cálidas; la bondad endulza paladares y, en grandes dosis, embriaga como irresistible ambrosía. La rectitud, que siempre proporciona buenos réditos, es sin duda la mejor de las inversiones. Y, al escribir esto, me recuerdo a mí misma que he de practicarla aun cuando los diablillos me susurren maldades.

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Laborar y zanganear

3 septiembre 2017

Cuando permito que el caos se adueñe de mi entorno, mi mente pulula a la deriva y una nube de azufre envuelve mis pensamientos; todo parece feo y tenebroso y temo que una lluvia de males me acabe sepultando. Si limpio acá y allá, si coloco lo que llevo tiempo postponiendo, la mente se asienta y despeja y el vivir se recubre de destellos que alumbran detalles que había, en mi ceguera, ninguneado. Todo resulta entonces amable y cada vivencia parece encaminada a forjar mi destino, a alcanzar los fines que codicio. Eso sí: si me impongo muchas tareas, me hundo también en el caos. Se precisa un equilibrio, un poquito de esto y otro de aquello. El tumbarse a la bartola cunde tanto como horas y horas de trabajo; la holganza, bien llevada, procura bienes y beneficios. Suelo olvidarlo por esa manía mía de producir a toda costa, por esa mentalidad anglosajona que considera casi un pecado el contemplar las musarañas, pese a lo enriquecedor que resulta el zanganeo. Recrearse en lo pequeño da paz y alegría y regala flamantes ideas que esperan ser vislumbrarlas en medio del frenesí en el que a veces habito. Gandulear un poco será mi objetivo para septiembre, el mes más dulce y hermoso y entre cuyas bondades siempre he hallado mullido acomodo. Dulce septiembre…

Bajar la guardia

27 agosto 2017

La deseada lluvia ha irrumpido en este tórrido verano para limpiarnos de malos humos, para insuflarnos alientos y redecorar el cielo con arabescos que, al atardecer, roban el aliento y le hacen a uno a detenerse a contemplar la vida, esas filigranas que componen el acontecer diario y que a ratos, por ese ir de acá para allá, pasan inadvertidas. Y en esos ornamentos uno se deleita y, al hacerlo, todo parece hermoso y el sinsentido de días atrás se arrincona por un bello presente que traerá de seguro un bello futuro, pues en todo halla el alma consenso y belleza. El estar pendiente de emails o llamadas de teléfono, como es mi caso, para sacar adelante proyectos postergados provoca crisis de ansiedad, pero este contemplar la vida despacio se ha llevado cuanto sobraba para dejar en su lugar una estela de quietud y también de raciocionio; en los momentos candentes, el miedo se apodera de la razón para campar a sus anchas. No voy a dejar resquicios al desvarío; voy a combatirlo con mis armas: una siesta sosegada, una crema de calabaza, un par de horas de lectura y un paseo que me dispongo que a dar tan pronto publique este post. Como siempre, la sencillez es lo que salva de perder la cordura, de esa sinrazón que acecha en cuanto se baja la guardia.

Caparazones

10 agosto 2017

«Todo lo que somos lo llevamos con nosotros en el viaje. Llevamos con nosotros la casa de nuestra alma, como hace una tortuga con su caparazón» Andrei Tarkovski

Y en ese hogar caben toda clase de cachivaches, aunque sean tres o cuatro cosas las que interesen; curiosamente, las menos valoradas, pues sin conocerlas bien ya nos resultan fastidiosas al ser constante fuente de inquietud. Y ese desasosiego que nos inunda de rato en rato, junto con el abultado fajo de decepciones con el que apechamos, son el mejor indicativo de lo que somos: seres creados para la Eternidad que ansían un brebaje que les calme la sed de Infinito que les compone. Y, por ello, todo acaba cansando, aburriendo y trasladándonos a un mundo de nostalgias en el que se añora lo que jamás se retuvo. Se añora lo que se intuyó, aquellos esplendores que un día vislumbramos en un amanecer o en una colorida tormenta, aquellas certezas que en un instante nos cosquillearon el alma para recordarnos la inmortalidad del alma. Se añoran esa sensación de poseerlo todo, aun sin saber identificar ese todo, esa tranquilidad que proporciona el aceptar el destino y esa pasión que conmociona los adentros cada vez que nos atrevemos a desear más, a ir más allá, a escarbar en ese caparazón que llevamos a cuestas. Desear es bueno, muy bueno. Nada hay más humano que la libertad, que prescinde de coacciones y se codea con lo que es justo y verdadero, y que el sacrosanto deseo. Sin ellos, seríamos títeres manipulados por modas y opiniones ajenas; sin ellos, seríamos zombies que respiran y vegetan.

Bienvenido agosto

3 agosto 2017

Julio, siempre antojadizo, se fue con sus alocados caprichos, con sus ardores y ardides. Y vino agosto, que es más sosegado y limpio por esa frescura que regalan madrugadas y mañanas, por ese corretear de las horas ligero y considerado, dejando atrás ímpetus y empellones. Es como si el verano, una vez encauzado su camino, se hubiese finalmente enraizado en cuantos aborrecemos la canícula, pues ya el cuerpo se ha acostumbrado al calor y hasta agradece los guiños veraniegos. Agosto anuncia ya el nuevo curso y, aunque se descansa, también se espolean proyectos arrinconados por hacer un poco de limpieza y por confiar en posibles oportunidades. Pese a estar un poco averiada a causa de desbarajustes varios, mi espíritu, meses atrás alicaído, se expande y robustece sin pausa. Y creo que estoy moralmente obligada a luchar por mis sueños, encuentre o no apoyos; las zancadillas, lejos de amedrentarme, me insuflan alientos. Sigo, pues, a mi destino, que es, por otra pare, la única manera de no extraviar el camino. Este mes de agosto, intuyo, va a ser benévolo conmigo. La alfombra roja la desplegué tan pronto pasé la hoja del calendario. Sembrar y cosechar, como siempre; no hay senderos alternativos.

La audacia de vivir

24 julio 2017

La vida transcurre a un ritmo pausado y esta cadencia dota a las horas de bello contenido. Todo, aun lo diminuto, tiene cabida en lo que importa; cada gesto, cada palabra van fraguando lo que somos, lo que seremos. Según el talante de la acción o de la inacción, seremos dichosos o desventurados y nuestra existencia poseerá un cariz u otro. En circunstancias adversas tientan los atajos, las sendas en apariencia llanas que ni deparan alegrías ni tristezas. Escoger lo fácil para evitar lo que de veras ansiamos, lo que rebatimos con sesudos razonamientos para aplacar las pasiones que empujan de nosotros en otras direcciones, se ha convertido en un comportamiento tan habitual que el desafiarlo es castigado con desprecios y burlas. Me inspiran compasión quienes se mofan de sueños ajenos; sus vidas muestran ese sinsentido que defienden, un desbarajuste que achacan siempre a la suerte y a la contigencia. Si bien hay épocas gélidas que nos hielan hasta las entrañas por la frialdad con la que nos despachan, el azar jamás rige los destinos; lo hacemos nosotros cada minuto, cada hora, cada día. Y aquí seguimos algunos empuñando las riendas de la vida porque nos gusta ser felices, y cuando la dicha anda en juego, hay que ser cautos y también audaces porque vivir en plenitud exige audacia.

Equilibrismos

11 julio 2017

Cuando las rutinas se ausentan durante largo tiempo, fenezco. Necesito una estructura y sin ella, me embarullo de tal modo que me extravío en oscuras simas para ser golpeada por numerosos estímulos a los que no sé afrontar. Siento cómo si el mundo me engullera y cientos de tentáculos tiraran de mí en variadas direcciones. Y entonces me resquebrajo y luego, con mimo y paciencia, me recompongo una vez más. Es una tarea dificultosa; entraña ignorar los males que acechan, ver en ellos posibles bienes que quizá ahora no sepa vislumbrar y admirar lo que poseo, aunque sea una menudencia. Ayuda el saber que todo, hasta lo más doloroso, sirve para construir una mejor versión de lo que soy, de lo que algún día seré. Desayuda el comprobar que cada paso va cargado de congojas, pues una se ha convertido en el chivo expiatorio de frustraciones ajenas. Desalienta el apechar con las maldades de aquéllos a quienes no se puede evitar y con los que se teme dialogar por miedo a enredar aún más la madeja. Me siento como un equilibrista que se juega a diario la vida sin red, en tanto que una gran mayoría hace y deshace sin miramientos; remordimientos habrá, pero a mí esa cuestión no me concierne: las conciencias ajenas no entran en mi jurisdicción. Vuelvo a la cuerda, pues.

Risas y cantares

2 julio 2017

El trinar de los pájaros adorna el silencio y esta ausencia de sonidos me sorprende por inusual. Uno se acostumbra y se desacostumbra a casi todo; esta capacidad de adaptación es la que nos permite sobrevivir, por otra parte. Sin una cierta flexibilidad mental, estaríamos abocados a hundirnos en hediondas marismas de las que nada o nadie nos rescatarían.

Abrazo, al fin, el estío como una bendición en vez de como una plaga dispuesta a despojarme de descanso, de salud y hasta de cordura. Y en este sosiego recuerdo aquellos veranos plagados de juegos y ensueños, donde el zumbido de las moscas envolvía el alma en una placentera modorra que invitaba a contemplar las musarañas y a inventarme historias en ese mundo que, desde bien niña, me confeccioné para sobreponerme a las desdichas. Allí decidía quien vivía o sucumbía; guiada por la compasión, acababa regalando a mis ajetreados personajes un bonito final, porque tanta lucha exigía recompensa. Jamás se me ocurrió que aquellas peripecias tan rocambolescas se convertirían un día en el decorado de mi propia vida, que los obstáculos me robarían el aliento y me encerrarían en un callejón sin salida. Espero anhelante mi recompensa, pues cuanto me arrebataron sigue siendo mío y regresará a mí centuplicado. Y muy pronto, como dice el salmo, la boca se me llenará de risas y la boca de cantares.

Endemoniados

18 junio 2017

Lidio con el endemoniado calor y con temores que me hacen aúllar de dolor, de tanto cómo me encogen el corazón. No voy a permitir que se enseñoreen de mí; haré lo imposible para que se vayan por donde vinieron. Me he rodeado en unos meses de unos malvados que no reparan en daños con tal de alcanzar sus descabelladas metas. Dañar al otro no proporciona satisfacciones y acaba, como es lógico, pasando factura. Prefiero que me tomen por tonta a embrollarme en galimatías o a embadurnarme de lodo. Lo que me asusta es que veo estos comportamientos en gente muy joven, en apenas niños, capaces de todo con tal de enterrar al otro bajo el peso de sus frustraciones y de su escasa autoestima. El desconocimiento de uno mismo no provoca sino desaguisados que afectan a tirios y troyanos. Me salvan mi fe y la maravillosa prosa de Thomas Wolfe, que degusto como si se tratase de ambrosía. Confiemos en que la Belleza barnice todas las fealdades que me afligen hasta imponerse sobre quienes se obcecan en el mal. No puede ser de otro modo. El Bien y sus esplendores vencerán a las tinieblas. Lo harán, lo harán, lo harán.

Conciencia

6 junio 2017

Venía dispuesta a hablar del mal, pues siempre me sorprenden sus actitudes, sea o no víctima de ellas. Sin embargo, prefiero elogiar lo bello que también nos compone y la hermosura de esta vida nuestra. Con tanto desvelo, no reparamos en la belleza de la creación, en la disposición de todos y cada uno de sus elementos, hechos sólo para nuestro deleite, para permitirnos vivir en un paraíso al que hace ya tiempo renunciamos por esa fijación nuestra por hacer prevalecer nuestros deseos, cuando hay muchas apetencias que ni siquiera nos llenan y que nos hacen más mal que bien. Hay que protegerse de las agresiones externas, pero también dar el brazo a torcer aun cuando la razón acompañe, si ello regala paz y bienestar. Últimamente ya no me enfrento a las injusticias. Confío tanto en el Bien que sé que todo se resolverá de forma favorable a mis intereses y que la verdad, como siempre lo hace, aun en los escenarios más horrendos, acabará deslumbrando a quienes se empeñan en escudarse tras las tinieblas del mal. Y esa confianza jamás defrauda. Jamás. Disfrutar de una conciencia sosegada es impagable; se sufre, claro, pero de otra manera.