Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Lucidez

6 agosto 2019

Y agosto no llega con frío en el rostro sino con llamaradas que oprimen y cubren de tantas erupciones que hasta caminar resulta doloroso. Está siendo un verano atípico y no sólo por la meteorología, sino porque cuanto, para mí, implica verano ha sido engullido por una sucesión de cambalaches que ha dejado a su paso un reguero de amarguras. Para dulcificar mis días recurro a enormes rajas de sandía que devoro a diario para refrescarme y aliviar las zozobras que asestan los asesinos calores. Estoy atrapada en un laberinto de desatinos y desacuerdos del que no puedo escapar; hay que adaptarse a las asperezas para no sucumbir, para contemplar la realidad desde otra perspectiva más benévola. Tiendo a ver el vaso medio lleno, pero en estas peripecias en las que habito cuesta adherirse a las hermosuras que obsequia la vida; aquí, por la fealdad que me circunda, resulta una proeza convertir tanta desfachatez en belleza. Algunos días lo consigo, pero otros sucumbo, especialmente cuando el calor ataca. Entonces de nada sirven ni argumentos ni esperanzas ni esfuerzos. Me sumo en una suerte de estrés vital en el que todo, hasta lo más diminuto, se me antoja inalcanzable. Agosto está apenas recién empezado, así que confío en que las fieras se irán amansando y regalando días más lúcidos y también más frescos; la lucidez y la frescura, me temo, van ahora de la mano.

Antipatías

6 julio 2019

A ratos la vida resulta antipática: te abofetea, te escupe y encima te exige disculpas de toda índole. Y uno, ya mermado por tanta disensión, acata toda suerte de estropicios, aun cuando las buenas intenciones dicten el obrar. Me hallo en un mundo lleno de gentes que detestan lo que son, lo que poseen, y que se lanzan a la yugular del prójimo tan pronto la ocasión les es propicia. Y yo, claro, me sobrecojo; a veces no queda otra que permitir calumnias y atropellos. Y en tanto esto sucede, miro al cielo con la esperanza de obtener un poco de conmiseración. Las altas temperaturas, además, magnifican todo y añaden más dolor a las circunstancias vitales ¿Qué placer halla uno en vituperar al otro, en convertir la vida ajena en un constante calvario? Ninguno, absolutamente ninguno. Esas zancadillas que hacen tropezar duelen en las espinillas y en el alma. Ante las sobredosis de injusticia, no queda otra opción que la resignación: aceptar cuanto acontece y verlo como la mejor de las soluciones posibles; detrás de tanto mal ha de esconderser una bonita explicación. Algún día entenderé lo que estoy pasando, algún día entenderé que este año no toque disfrutar del verano pues la estación ha decidido pasar de largo. He de aceptarlo y abrazar las antipatías para que no me minen la moral, para que no me conviertan en un espantajo de furia y dolor.

Se porte como se porte

23 mayo 2019

Y van transcurriendo los meses y la primavera es a ratos primaveral y a ratos veraniega. Tras los bochornos, llueve, las temperaturas se atemperan y regresa el respirar tranquilo. Y entre tanto altibajo meteorológico se sucede la vida, que es enrevesada, muy enrevesada, pero que sigue regalando hermosuras si uno mira a los acontecimientos con ternura. Si se reniega de ellos, se sufre a lo tonto; si se aceptan como parte del aprendizaje que precisamos para encarar el porvenir, los contratiempos son más ligeros. En medio del estupor y del dolor, se pueden vivir también horas bellas y almibaradas. Lo que cambia la realidad es la mirada: si uno cede terreno al desespero, se malogra y aunque dulces brisas lo mezan, se creerá morador de una tierra fea e inhóspita. La percepción que tenemos de nosotros mismos y de nuestra realidad es la que cuenta; si consideramos cuanto nos golpea como una oportunidad necesaria para alcanzar el destino, los reveses serán más amables. Perseverar en la esperanza es siempre la actitud más sabia y provechosa. Sin esas ilusiones que entreveramos con los lloros y penas, la vida sería insufrible. Mayo es el mes de la dicha por antonomasia; el mundo, ya florecido, nos muestra las primicias de lo que habrá de venir, de esas abundancias que ahora se escapan y que un día no muy lejano nos inundarán de aromas y sabores para sobrecargar los sentidos con una concatenación de bellezas. Mayo es siempre un buen mes, se porte como se porte.

Mentira, mentira sin tregua

22 marzo 2019

Sin humildad, no hay amor posible. El ser consciente de las limitaciones ayuda a mirar aun al más ruin de los hombres con benevolencia. Odiar no reporta réditos, sino sufrimientos sin fin y una conciencia enfangada en tales lodos que uno, incapaz de soportarse a sí mismo, escupe vituperios a diestro y siniestro y se recubre de tremendas inmundicias. Odiar es vivir en la mentira y habitar también en el infierno, pues de ese aborrecimiento sólo salen males que afectan especialmente a quien, incapaz de asumir su error, se obstina en un yo ficticio del que nada sustancioso procede: Ese yo falso vive de espaldas a la verdad y a la belleza, anda en oscuridades y ve enemigos en todas partes; todo le aterra y en todo, hasta en lo más menudo, encuentra agravios. Vivimos en el infierno por decisión propia y, al rechazar al personaje real que somos, el que podría mostrarnos las vergüenzas pero también salvarnos de ese sinvivir en el que se atrincheran todas las zozobras, escogemos la mentira y ese padecer sin tino ni destino. El detestarse a uno mismo es, sin duda, una costumbre muy extendida. A veces me sobrecoge el contemplar cómo conocidos y allegados se lanzan al precipicio con el único objetivo de triturarse; la autodestrucción proporciona un algo de efímero placer. Vivimos en un mundo que odia sin tregua por amor propio y por amor a la mentira.

Incontables bellezas

6 febrero 2019

Fríos muy fríos alternan con soles que saben a gloria. Entre calamidad y calamidad, se cuelan rayitos de esperanza con melodías de luz y verdad. La esperanza es más certera que el desespero; se asienta sobre una base tan sólida como los cimientos que sustentan robustas moradas. En cierto modo, la esperanza es un lugar en donde habitar; es una estancia acogedora en la que la pulcritud se enseñorea de suelos, techos y ventanas. Donde hay orden, hay virtud, limpieza, discernimiento y también bondad. Donde hay desorden, hay impaciencia, aspereza, cerrazón y hostilidad; en el caos, las maldades hallan más acomodo por no dejarle espacio al raciocinio, al repensar las cosas para verlas, así, en su verdadera consistencia, y no en las texturas en las que las envolvemos. Sí, sí: hay males, muchos males, pero culpar al otro de los estropicios nada soluciona. Asumiendo responsabilidades, uno acaba tropezando con las verdades y las mentiras que también nos componen. Y, de este modo, se selecciona lo que nutre, lo que alienta ese alma, sedienta de bien y belleza, que tantas veces agoniza en el desconcierto. Esperar, por tanto; esperar contra todo pronóstico; esperar que lo sólido se deslea en una atmósfera gélida. La confianza es un ungüento que cura gangrenas; la esperanza resucita lo que matamos a diario por miedo a toparnos con nosotros mismos, con nuestras miserias y también con nuestras incontables bellezas.

“Entonces, alma, fíjate en tu propia belleza y entiende cuál es la belleza que debes amar”.

—San Agustín.

Tiempo de Navidad

9 enero 2019

Y comenzó el nuevo año y vinieron los Reyes con ese halo de magia y esperanza que dejan en los corazones aun huérfanos de obsequios, y llegaron las rebajas, con esa locura compulsiva de bolsas y gangas, y las acogedoras lucecitas de las calles se apagaron. La Navidad concluye el próximo 13 de enero —tan moldeados estamos por la materia que olvidamos lo que en estos días celebramos. Antaño, cuando la vida se bebía a sorbitos, los belenes y espumillones engalanaban los hogares desde la Inmaculada hasta la Candelaria —el dos de febrero—, aunque el espíritu navideño es tan bello que cuesta plegarlo hasta bien entrado marzo. Es cierto también que estos días se sufren las ausencias y que las familias, en vez de remansos de paz, se han convertido en campos de batalla. A muchos alivia, pues, que se acallen los bullicios, que el silencio vuelva a apropiarse del día a día; el estruendo aturulla, por otra parte. Anoche, por cierto, descubrí que un desaprensivo había embestido mi coche sin dar señales de vida. Un ciudadano anónimo depositó en el parabrisas los datos del automóvil que dejó a mi pobre utilitario desnortado. Agradezco el gesto, aunque una llamada a la policía o un teléfono del bienintencionado testigo habrían facilitado el proceso. No obstante, mi aseguradora está ya reclamando desperfectos. Y he aprovechado esta circunstancia para llorar; necesitaba hacerlo por la gran tropelía de injusticias que llevo a las espaldas. Y seguiré llorando hasta que sienta que el corazón esté libre de cargas. Y confiaré en que este asunto se resuelva porque ha sucedido en Navidad y porque tiendo a confiar en vez de a recelar. He comprobado que uno alcanza logros en la medida en la que confía. Sin confianza, uno se llena de miedos y aprensiones. Saldrá bien. Estaré bien. Confío, pues.

A palos

27 diciembre 2018

Llegaron las nieblas y los fríos que este otoño nos ha escatimado hasta el punto de simular una templanza distinta a la rudeza propia de las altitudes mesetarias. Y esa tibieza me ha ayudado a vivir en esta ausencia de certezas en la que me hallo; la certidumbre me ha abandonado en una tierra de mezquindades desprovista de dulzuras: sólo hay asperezas que hielan el alma y que proceden del mal obrar de los hombres. Todos, con nuestros hechos y palabros, cambiamos la vida del otro y, de hecho, en ausencia de nosotros, esos males y bienes que modelan también existencias ajenas se esfumarían. Por tanto, nada es ajeno: todo y todos somos nosotros; eso sí: corren malos tiempos para la solidaridad y, sobre todo, para la responsabilidad. Lo que al prójimo acontece “no es mi problema” porque el que sí lo sea implicaría asumir responsabilidades que en este mundo resultan extrañamente odiosas e indecorosas. El admitir que de mis acciones derivan consecuencias que no siempre contribuyen al bien común supone mirar a la realidad de frente, aceptar los equívocos y reconocer que yerro si el amor propio, el desear verme siempre victorioso aun a costa de infligirme a mí y a los otros males, guía mis acciones y decisiones. Es de sobra conocido que ese supuesto triunfo jamás satisface pues arranca de esa mentira que nos contamos a diario para no afrontar nuestros desaciertos. Curiosamente, preferimos el vacío y la amargura a la sana y sensata veracidad. Y a resultas de este conducirse sin pensar, la pobre y magullada verdad no hace sino recibir escobazos. Así vivimos, a palos, sea o no Navidad.

Por si no quedara claro: Adoro la Navidad, la verdadera Navidad, la que se vive en silencio y en las entretelas del corazón ¡Felices Pascuas!

Mística

20 noviembre 2018

“La bondad del que da y la felicidad del que recibe van de tal modo unidas que no sólo se alaba al dador, sino al que recibe el don.”
—San Agustín.

Sin ese volcarse en el otro, no hay felicidad posible. Poco importan las consideraciones o recompensas: el pensar más allá de uno mismo reporta tantas ganancias que nada más se desea; la paz envuelve, el corazón salta de gozo en gozo y uno se siente morador del Paraíso. Se ha de padecer mucho para entender esto en su verdadera magnitud, para que el entendimiento penetre en lo recóndito, en donde andamos a tientas para evitar caer en pozos sin fondo, en esos fosos de los que salir puede llevarnos toda una vida porque, tristemente, preferimos las tinieblas. La luz desvela nuestras miserias, ciertamente, pero también ilumina semblantes y muestra la inagotable belleza que portamos. Somos tan hermosos que si pudiésemos vernos tal cual somos, nos llenaríamos de risas y cantares. Y a eso me refería cuando en el anterior post mencioné que el mejor barómetro para medir el acierto o desacierto de nuestras acciones y deseos era el escrutinio de la bondad, la verdad y la belleza ¿Deseamos el bien? ¿Buscamos que nuestros actos configuren un mundo más bello y, por tanto, más justo? ¿Creemos acaso que el alcanzar nuestras metas va a regalarnos una satisfacción duradera? El atiborrarnos a deseos que a nadie benefician, ni a nosotros mismos, provoca mala digestión, hartazgo de hastío y continua insatisfacción. Ahora que lo pienso puede que la clave resida en cambiar el gusto, en refinarlo, para que así los goces de la Eternidad— en ella ya vivimos pues el tiempo no existe— sean más sabrosos, para entrar de lleno en esa felicidad para la que hemos sido creados. Sí, también en esta vida. De la venidera, no me ocupo pues escapa por completo a mis sentidos. Eso se lo dejo a los místicos o, sin ir más lejos, a San Agustín en cuyas meditaciones me estoy deleitando.

La nada

3 noviembre 2018

Deseo esto y aquello, pero no siempre deseo bien, es por ello que procuro no arraiguen los anhelos para no aferrarme a empresas que ni sirven ni convienen y que, como la experiencia menciona, sólo reportan temores y angustias. En cualquier momento, la vida escoge otro itinerario y, ante nuestro asombro, todo, absolutamente todo perece: Nada permanece en este mundo nuestro, nada, ni los males ni los bienes; en un santiamén se derrumba ese edificio que construimos con mimo, en la creencia de que la obcecación nos salvará del estropicio. Observo, además, cómo aquellos que más poseen temen de forma constante perder sus posesiones; en vez de compartirlas —cuanto más se comparte más se disfruta— y de gozar de ellas de una forma sana, se apegan a ellas y sufren dolores de parto tan pronto unas migajas se desprenden de esas pertenencias que no son riquezas sino pobrezas, pues empobrecen el espíritu y lo esclavizan de tal manera que todo gira en torno a la hacienda. Cualquier improvisto hiere por el miedo a ser desposeído de lo que la avaricia amasa, de esas pequeñas fortunas que, lejos de alegrar, matan el alma. El hombre, por mucho que se empeñe, no decide su camino; cualquier revés puede desmoronar en un plis plas el más concienzudo engranaje sencillamente por desear la nada. He de recordarme a diario que la materia es nada porque no deseo vivir sin paz ni sin esperanza ¡Líbreme Dios de la nada!

Garabatear

9 octubre 2018

Es un placer garabatear una cuartilla teniendo o no teniendo nada relevante que desentrañar; escribo para vaciarme del exceso de vocablos que a ratos engulle mi entendimiento con nonadas de consonancias y disonancias. Es tanta la intensidad con la que convivo que a veces he de recurrir a descuidadas caligrafías para dar rienda suelta a las expresiones que mis emociones demandan. Nada especial ha acontecido; sólo un pálpito que llevo años en el corazón ha resucitado para colmarme el magín de sueños, de diálogos que imagino algún día ocurrirán en algún lugar de este mundo nuestro. No es más que un roce en la mejilla, una subjetividad poco razonada y razonable pero la siento de tal modo que parece real, muy real. Tal vez algún día confiese ese acontecimiento por el que mi corazón suspira de rato en rato; no lo desea de forma consciente, pero las lágrimas de dicha indican que esas corazonadas desvelan quizá pedacitos de realidad. Pudiera ser también que el buen juicio me haya abandonado a merced de estravagantes pálpitos. Poco importaría: mi cordura no es asunto que me preocupe en tanto viva yo una vida plena y coherente. Desde que amanecí me deleito en estos llantos “amorosos” que saben a dulce de membrillo y que brillan como esas hojas amarillecidas que esplenden en estos días soleados. Y lo hacen, y lo hacen saboreando sus últimos rayos sin discurrir si su comportamiento es respetable o razonable; así quiero yo “brillar” sin sesudos razonamientos, sin explicaciones que pongan en entredicho mi locura y ese aún inexistente amor que con tanta fuerza intuyo. Lloro porque sé que vendrá, me arrasará y me dolerá. Lloro porque siento y sentir es bueno.