Archive for the ‘Fe’ Category

Guirigay

27 marzo 2020

Creí que el enemigo a combatir era el Coronavirus, pero no: el mal que nos aqueja es el egoísmo y también la terquedad. La necedad, que se junta con ese obstinado quererlo todo sí y con el afán de destacar y ser estúpidamente querido o aceptado, se menea al compás de cualquier melodía. La estulticia edifica sinrazones a base de mentiras; las “guerras” que libramos a diario parten siempre de la mentira, de negar al otro su derecho a existir y, llegado el caso, a discrepar del pensamiento único que se impone en nuestra sociedad en todos sus estratos: en la familia, en la comunidad de vecinos, en el trabajo, en el colegio… La belleza que acompaña cualquier veracidad es maldecida y pisoteada; y cuando se maldice, el gusto se amarga y se pone mal cuerpo. El corazón, fiel a su esencia, siempre nos reprende puesto que no fuimos creados para la inmundicia, sino para arrellanarnos en esa vieja y coqueta butaquita en la que solíamos repantigarnos a contemplar la vida cuando había tiempo y sosiego, como en aquellas tardes de verano en las que hasta el bullir de las moscas sonaba a música celestial. Cuando las tropelías se perpetran en “masa” se justifican con un sinfín de disparates en tanto contribuimos a enmarañar más ese guirigay en el que, a falta de razones, vivimos por decisión propia.

Poderes

2 febrero 2020

Todos sobrellevamos frustraciones y corremos el riesgo de convertirnos en cascarrabias quejicas o incluso en seres malvados deseosos de pagar con el prójimo esos miedos que de rato en rato nos aquejan; es cuando somos incapaces de gestionar el torrente de emociones que nos genera el continuo dudar de la valía. No es, claro, matemático pero sí he comprobado que aquellos que más frecuentan el mal, hasta el punto de convertirlo en su “modus operandi”, son inseguros que, a falta de imponer sus criterios en el devenir de sus vidas, los aplican a la fuerza en destinos ajenos deformando existencias y provocando muchísimo sufrimiento. Los males que trae consigo el no saberse conducir con mesura son temibles, terribles y desconocen límites. Y aun sabiéndome yo muy imperfecta, no puedo evitar que la pertinacia en el mal socave mi percepción de la naturaleza humana. Y aunque me esfuerce por dirigir la mirada hacia las hermosuras del alma, tropiezo a diario con demasiada fealdad y apenas sé cómo digerirla. Y a veces, a la vista de las indignidades que a diario contemplo, desconfío en que nos aguarde un porvenir halagüeño. Como no soy propensa a desconfiar del todo, pese a que algunos exhíban sin recato su lado más perverso, recuerdo de nuevo que la vida es más justa de lo que a simple vista parece; sólo hay que esperar y confiar en que lo bello, bueno y verdadero acabe conquistando realidades y corazones. La paciencia y la espera son, sin duda, mis mejores artimañanas y también mis mayores poderes. Sin ellos, ni vivir ni avanzar podría.

Belén

23 diciembre 2019

Tras días ventosos, el ánimo se arrellana en la placidez de los buenos propósitos descansando ya de fatuas fatigas. Recobrados sosiego y sentido, los pensamientos se reordenan conforme a razones y preferencias. Tropiezo cuando me alejo de los verdaderos anhelos y me dejo engullir por la barahúnda que azota este mundo nuestro que a ratos, por esas zozobras, se antoja siniestro aun siendo muy bello. Ni he de justificarme ni permitir que otros me obliguen a hacerlo si las buenas intenciones guían mis acciones, si no persigo comprar voluntades para sacar provecho de segundos ni terceros. Entonces las intenciones primigenias, si partieron de un anhelo de bien, persistirán aunque tempestades asolen mis días y noches. Al fin y al cabo, camino hacia Belén, hacia un Niño que aun siendo Dios quiso encarnar la fragilidad de los hombres para hacernos dignos de un destino más ancho y esplendoroso; un destino del que, sin embargo, huimos por contenerse en la penumbra de un frío pesebre. Las sinrazones no son sino espejismos que, a falta de certezas, se persiguen con fervoroso tesón. Enseñorearme de una realidad que no es realidad, pues se resquebraja a cada rato, me aleja de Belén y de las entretelas del corazón. Continúo, pues, por el camino pedregoso y en medio de oscuridades que presagian una realidad imperecedera sin rupturas ni desvanecimientos; la Eternidad es firme y perenne. Feliz Eternidad. Feliz Navidad.

 

Ruegos

1 noviembre 2019

Estos días lluviosos de santos y difuntos infunden alientos pues se sabe que los que se fueron velan por los que aquí seguimos y prestan oídos a llantos y lamentos, a esos ruegos que nos anudan la garganta cuando lo humanamente posible ha dejado de ser humano y posible. Esos aliados celestiales confortan cuando las dudas asolan y nada se hace ni se piensa a derechas. La información desborda y uno ni sabe ni contesta puesto que emplea las horas en tratar de asimilar lo ininteligible o, al menos, lo que a algunos nos suena, por la extrañeza de sus componentes, a remotas galaxias envueltas en nebulosas que enturbian el pensar y el discurrir. Y, con tantas zozobras, el tiempo escasea pues ha de destinarse a combatir obstáculos y a arrostrar desánimos; el arrinconar la creación artística me sume en un caos informe en el que todo se magnifica hasta convertir la vida en un exceso que aturde y paraliza. Y en medio de este no saber, de este cansancio, pido a mis difuntos que alivien mis fatigas, que me aconsejen y me muestren una senda a seguir. Pido a mi padre y, sobre todo, a mi hermanito, al que se fue siendo un infante, que me proteja, que me instruya por estos caminos dudosos por los que deambulo y que me regale ese lugar que preciso, esos enseres que fueron míos y que un día se esfumaron dejándome huérfana de todo, hasta de lo más esencial. En este día de Todos los Santos te ruego que la vida me sea más benévola y que cese yo solo por un ratito de luchar. Te ruego que el día a día me conceda respiros y una existencia con también espacios que alberguen los recuerdos perdidos, los que hablan de mi identidad, de lo que soy, de lo que fui y de lo que algún día seré quizá.

Antipatías

6 julio 2019

A ratos la vida resulta antipática: te abofetea, te escupe y encima te exige disculpas de toda índole. Y uno, ya mermado por tanta disensión, acata toda suerte de estropicios, aun cuando las buenas intenciones dicten el obrar. Me hallo en un mundo lleno de gentes que detestan lo que son, lo que poseen, y que se lanzan a la yugular del prójimo tan pronto la ocasión les es propicia. Y yo, claro, me sobrecojo; a veces no queda otra que permitir calumnias y atropellos. Y en tanto esto sucede, miro al cielo con la esperanza de obtener un poco de conmiseración. Las altas temperaturas, además, magnifican todo y añaden más dolor a las circunstancias vitales ¿Qué placer halla uno en vituperar al otro, en convertir la vida ajena en un constante calvario? Ninguno, absolutamente ninguno. Esas zancadillas que hacen tropezar duelen en las espinillas y en el alma. Ante las sobredosis de injusticia, no queda otra opción que la resignación: aceptar cuanto acontece y verlo como la mejor de las soluciones posibles; detrás de tanto mal ha de esconderser una bonita explicación. Algún día entenderé lo que estoy pasando, algún día entenderé que este año no toque disfrutar del verano pues la estación ha decidido pasar de largo. He de aceptarlo y abrazar las antipatías para que no me minen la moral, para que no me conviertan en un espantajo de furia y dolor.

Incontables bellezas

6 febrero 2019

Fríos muy fríos alternan con soles que saben a gloria. Entre calamidad y calamidad, se cuelan rayitos de esperanza con melodías de luz y verdad. La esperanza es más certera que el desespero; se asienta sobre una base tan sólida como los cimientos que sustentan robustas moradas. En cierto modo, la esperanza es un lugar en donde habitar; es una estancia acogedora en la que la pulcritud se enseñorea de suelos, techos y ventanas. Donde hay orden, hay virtud, limpieza, discernimiento y también bondad. Donde hay desorden, hay impaciencia, aspereza, cerrazón y hostilidad; en el caos, las maldades hallan más acomodo por no dejarle espacio al raciocinio, al repensar las cosas para verlas, así, en su verdadera consistencia, y no en las texturas en las que las envolvemos. Sí, sí: hay males, muchos males, pero culpar al otro de los estropicios nada soluciona. Asumiendo responsabilidades, uno acaba tropezando con las verdades y las mentiras que también nos componen. Y, de este modo, se selecciona lo que nutre, lo que alienta ese alma, sedienta de bien y belleza, que tantas veces agoniza en el desconcierto. Esperar, por tanto; esperar contra todo pronóstico; esperar que lo sólido se deslea en una atmósfera gélida. La confianza es un ungüento que cura gangrenas; la esperanza resucita lo que matamos a diario por miedo a toparnos con nosotros mismos, con nuestras miserias y también con nuestras incontables bellezas.

“Entonces, alma, fíjate en tu propia belleza y entiende cuál es la belleza que debes amar”.

—San Agustín.

Mística

20 noviembre 2018

“La bondad del que da y la felicidad del que recibe van de tal modo unidas que no sólo se alaba al dador, sino al que recibe el don.”
—San Agustín.

Sin ese volcarse en el otro, no hay felicidad posible. Poco importan las consideraciones o recompensas: el pensar más allá de uno mismo reporta tantas ganancias que nada más se desea; la paz envuelve, el corazón salta de gozo en gozo y uno se siente morador del Paraíso. Se ha de padecer mucho para entender esto en su verdadera magnitud, para que el entendimiento penetre en lo recóndito, en donde andamos a tientas para evitar caer en pozos sin fondo, en esos fosos de los que salir puede llevarnos toda una vida porque, tristemente, preferimos las tinieblas. La luz desvela nuestras miserias, ciertamente, pero también ilumina semblantes y muestra la inagotable belleza que portamos. Somos tan hermosos que si pudiésemos vernos tal cual somos, nos llenaríamos de risas y cantares. Y a eso me refería cuando en el anterior post mencioné que el mejor barómetro para medir el acierto o desacierto de nuestras acciones y deseos era el escrutinio de la bondad, la verdad y la belleza ¿Deseamos el bien? ¿Buscamos que nuestros actos configuren un mundo más bello y, por tanto, más justo? ¿Creemos acaso que el alcanzar nuestras metas va a regalarnos una satisfacción duradera? El atiborrarnos a deseos que a nadie benefician, ni a nosotros mismos, provoca mala digestión, hartazgo de hastío y continua insatisfacción. Ahora que lo pienso puede que la clave resida en cambiar el gusto, en refinarlo, para que así los goces de la Eternidad— en ella ya vivimos pues el tiempo no existe— sean más sabrosos, para entrar de lleno en esa felicidad para la que hemos sido creados. Sí, también en esta vida. De la venidera, no me ocupo pues escapa por completo a mis sentidos. Eso se lo dejo a los místicos o, sin ir más lejos, a San Agustín en cuyas meditaciones me estoy deleitando.

Garabatear

9 octubre 2018

Es un placer garabatear una cuartilla teniendo o no teniendo nada relevante que desentrañar; escribo para vaciarme del exceso de vocablos que a ratos engulle mi entendimiento con nonadas de consonancias y disonancias. Es tanta la intensidad con la que convivo que a veces he de recurrir a descuidadas caligrafías para dar rienda suelta a las expresiones que mis emociones demandan. Nada especial ha acontecido; sólo un pálpito que llevo años en el corazón ha resucitado para colmarme el magín de sueños, de diálogos que imagino algún día ocurrirán en algún lugar de este mundo nuestro. No es más que un roce en la mejilla, una subjetividad poco razonada y razonable pero la siento de tal modo que parece real, muy real. Tal vez algún día confiese ese acontecimiento por el que mi corazón suspira de rato en rato; no lo desea de forma consciente, pero las lágrimas de dicha indican que esas corazonadas desvelan quizá pedacitos de realidad. Pudiera ser también que el buen juicio me haya abandonado a merced de estravagantes pálpitos. Poco importaría: mi cordura no es asunto que me preocupe en tanto viva yo una vida plena y coherente. Desde que amanecí me deleito en estos llantos “amorosos” que saben a dulce de membrillo y que brillan como esas hojas amarillecidas que esplenden en estos días soleados. Y lo hacen, y lo hacen saboreando sus últimos rayos sin discurrir si su comportamiento es respetable o razonable; así quiero yo “brillar” sin sesudos razonamientos, sin explicaciones que pongan en entredicho mi locura y ese aún inexistente amor que con tanta fuerza intuyo. Lloro porque sé que vendrá, me arrasará y me dolerá. Lloro porque siento y sentir es bueno.

Estrellas

20 septiembre 2018

Y no quería yo que se fuese agosto por no prescindir de la piscina, pero septiembre ya se ha asentado con noches deliciosas que saben a verano y mañanas que huelen a otoño. Y es un mes maravilloso en el que se paladea cada día pues ya se sabe que el verano toca a su fin y este año, pese a ser yo una entusiasta de los colores y fragancias otoñales, ansío un eterno verano; hasta fantaseo con la idea de mudarme a otras latitudes para que el baño en el mar o en la piscina formen parte del día a día. Luego, cuando los días empiecen a languidecer y los aromas a leña, hojas y humedad me estremezcan, sólo anhelaré lanas, calcetines y calditos. Sé que estos días rosados se irán, pero no pienso sino en disfrutarlos y en esos paseos bajo las estrellas que, cuando los fríos arrecien, serán una temeridad. El otro día deambulé a medianoche por una alameda contemplando embobada un firmamento salpicado de miríadas de estrellas; tanto me sumergí en aquellos cielos aterciopelados que llegué a olvidarme de todo: la belleza me abrazaba en medio de una noche silenciosa en la que las estrellas lanzaban guiños de complicidad. Comprobé que en el aquí y en el ahora, se pasee bajo las estrellas o se fregotee un suelo, es donde mejor se vive. El pensar en ese porvenir que puede o no llegar es una necedad, es sufrir por adelantado, es dejar que los miedos me apaleen y se apropien de mi manto de estrellas.

El sueño de una noche de verano

12 agosto 2018

Agosto transcurre con placidez. Nada extraordinario acontece pero lo ordinario cobra tal brío y belleza que pareciera una existir en el país de las maravillas; cada gesto, por añadidura, delata las entretelas que escondo desde hace ya demasiado tiempo. Y parece que esos lienzos pujan por salir de su escondrijo para exhibirse aun deshilachados y caer, llegado el caso, en el ridículo. Más vale lidiar con las burlas que siempre acompañan a las aventuras que lamentarse en el futuro de cobardías que nos privaron de aquellos sueños que nos rondaban en la niñez, cuando ni se andaba con melindres ni se desdeñaban extravagancias. Entonces nos apropiábamos, como ladrones de sueños, del instante sin cuidar las poses ni la respetabilidad. A la luz de las luciérnagas se atravesaban espejos y se adentraba en un mundo fascinante donde yo, personalmente, me repanchingaba a escuchar a los grillos, a contemplar las danzas de las polillas y a aspirar las fragancias que regalaba el estío cuando los días se iban ya plegando. Las horas discurrían entre un variado surtido de fantasías; se saltaba de rama en rama para vislumbrar la vida en todo su esplendor, pues todo se envolvía de gasas y dorados.

Estoy, como antaño, viviendo sin poses ni límites y admirándome del encanto de cada momento. No hago esfuerzos, sólo me deleito para que la magia se adueñe de todo; las maravillas, una vez que se les ha abierto la puerta, entran en tropel.