Archive for the ‘Otoño’ Category

Ruegos

1 noviembre 2019

Estos días lluviosos de santos y difuntos infunden alientos pues se sabe que los que se fueron velan por los que aquí seguimos y prestan oídos a llantos y lamentos, a esos ruegos que nos anudan la garganta cuando lo humanamente posible ha dejado de ser humano y posible. Esos aliados celestiales confortan cuando las dudas asolan y nada se hace ni se piensa a derechas. La información desborda y uno ni sabe ni contesta puesto que emplea las horas en tratar de asimilar lo ininteligible o, al menos, lo que a algunos nos suena, por la extrañeza de sus componentes, a remotas galaxias envueltas en nebulosas que enturbian el pensar y el discurrir. Y, con tantas zozobras, el tiempo escasea pues ha de destinarse a combatir obstáculos y a arrostrar desánimos; el arrinconar la creación artística me sume en un caos informe en el que todo se magnifica hasta convertir la vida en un exceso que aturde y paraliza. Y en medio de este no saber, de este cansancio, pido a mis difuntos que alivien mis fatigas, que me aconsejen y me muestren una senda a seguir. Pido a mi padre y, sobre todo, a mi hermanito, al que se fue siendo un infante, que me proteja, que me instruya por estos caminos dudosos por los que deambulo y que me regale ese lugar que preciso, esos enseres que fueron míos y que un día se esfumaron dejándome huérfana de todo, hasta de lo más esencial. En este día de Todos los Santos te ruego que la vida me sea más benévola y que cese yo solo por un ratito de luchar. Te ruego que el día a día me conceda respiros y una existencia con también espacios que alberguen los recuerdos perdidos, los que hablan de mi identidad, de lo que soy, de lo que fui y de lo que algún día seré quizá.

Brillos

18 septiembre 2019

Tardes anchas y doradas se ven a ratos interrumpidas por lluvias muy lluvias que traen aromas de membrillo y rosas. Se exhiben aún éstas con holgura saboreando, como yo, esas templazas de septiembre que llenan el ánimo de dulzuras y de sueños imposibles que saben a posible. Los árboles ya despojados de lustre van rindiéndose a esa muerte necesaria, la que precisamos para lucir nuestras mejores galas. Y ese ir extinguiéndose poco a poco no duele, sino que expande el alma hasta rozar el Infinito. Y dentro de la infinitud los dolores se apaciguan y hasta se despojan de espinas durante ratos amplios, aunque se siga anhelando lo que no se disfruta aun perteneciéndole a uno: las posesiones son algo más que materia, cumplen una misión inestimable para el cuerpo y para el alma. En medio de estas suavidades y de estos brillos que huelen a estío y a otoño a un tiempo se añoran las ausencias, pero también se espera y confía en la bondad de los hombres que quizá en estos días de ensueño ablanden los corazones para recubrirse también de destellos dorados. Septiembre siempre ha sido el mes de los brillos.

Mística

20 noviembre 2018

“La bondad del que da y la felicidad del que recibe van de tal modo unidas que no sólo se alaba al dador, sino al que recibe el don.”
—San Agustín.

Sin ese volcarse en el otro, no hay felicidad posible. Poco importan las consideraciones o recompensas: el pensar más allá de uno mismo reporta tantas ganancias que nada más se desea; la paz envuelve, el corazón salta de gozo en gozo y uno se siente morador del Paraíso. Se ha de padecer mucho para entender esto en su verdadera magnitud, para que el entendimiento penetre en lo recóndito, en donde andamos a tientas para evitar caer en pozos sin fondo, en esos fosos de los que salir puede llevarnos toda una vida porque, tristemente, preferimos las tinieblas. La luz desvela nuestras miserias, ciertamente, pero también ilumina semblantes y muestra la inagotable belleza que portamos. Somos tan hermosos que si pudiésemos vernos tal cual somos, nos llenaríamos de risas y cantares. Y a eso me refería cuando en el anterior post mencioné que el mejor barómetro para medir el acierto o desacierto de nuestras acciones y deseos era el escrutinio de la bondad, la verdad y la belleza ¿Deseamos el bien? ¿Buscamos que nuestros actos configuren un mundo más bello y, por tanto, más justo? ¿Creemos acaso que el alcanzar nuestras metas va a regalarnos una satisfacción duradera? El atiborrarnos a deseos que a nadie benefician, ni a nosotros mismos, provoca mala digestión, hartazgo de hastío y continua insatisfacción. Ahora que lo pienso puede que la clave resida en cambiar el gusto, en refinarlo, para que así los goces de la Eternidad— en ella ya vivimos pues el tiempo no existe— sean más sabrosos, para entrar de lleno en esa felicidad para la que hemos sido creados. Sí, también en esta vida. De la venidera, no me ocupo pues escapa por completo a mis sentidos. Eso se lo dejo a los místicos o, sin ir más lejos, a San Agustín en cuyas meditaciones me estoy deleitando.

La nada

3 noviembre 2018

Deseo esto y aquello, pero no siempre deseo bien, es por ello que procuro no arraiguen los anhelos para no aferrarme a empresas que ni sirven ni convienen y que, como la experiencia menciona, sólo reportan temores y angustias. En cualquier momento, la vida escoge otro itinerario y, ante nuestro asombro, todo, absolutamente todo perece: Nada permanece en este mundo nuestro, nada, ni los males ni los bienes; en un santiamén se derrumba ese edificio que construimos con mimo, en la creencia de que la obcecación nos salvará del estropicio. Observo, además, cómo aquellos que más poseen temen de forma constante perder sus posesiones; en vez de compartirlas —cuanto más se comparte más se disfruta— y de gozar de ellas de una forma sana, se apegan a ellas y sufren dolores de parto tan pronto unas migajas se desprenden de esas pertenencias que no son riquezas sino pobrezas, pues empobrecen el espíritu y lo esclavizan de tal manera que todo gira en torno a la hacienda. Cualquier improvisto hiere por el miedo a ser desposeído de lo que la avaricia amasa, de esas pequeñas fortunas que, lejos de alegrar, matan el alma. El hombre, por mucho que se empeñe, no decide su camino; cualquier revés puede desmoronar en un plis plas el más concienzudo engranaje sencillamente por desear la nada. He de recordarme a diario que la materia es nada porque no deseo vivir sin paz ni sin esperanza ¡Líbreme Dios de la nada!

Garabatear

9 octubre 2018

Es un placer garabatear una cuartilla teniendo o no teniendo nada relevante que desentrañar; escribo para vaciarme del exceso de vocablos que a ratos engulle mi entendimiento con nonadas de consonancias y disonancias. Es tanta la intensidad con la que convivo que a veces he de recurrir a descuidadas caligrafías para dar rienda suelta a las expresiones que mis emociones demandan. Nada especial ha acontecido; sólo un pálpito que llevo años en el corazón ha resucitado para colmarme el magín de sueños, de diálogos que imagino algún día ocurrirán en algún lugar de este mundo nuestro. No es más que un roce en la mejilla, una subjetividad poco razonada y razonable pero la siento de tal modo que parece real, muy real. Tal vez algún día confiese ese acontecimiento por el que mi corazón suspira de rato en rato; no lo desea de forma consciente, pero las lágrimas de dicha indican que esas corazonadas desvelan quizá pedacitos de realidad. Pudiera ser también que el buen juicio me haya abandonado a merced de estravagantes pálpitos. Poco importaría: mi cordura no es asunto que me preocupe en tanto viva yo una vida plena y coherente. Desde que amanecí me deleito en estos llantos “amorosos” que saben a dulce de membrillo y que brillan como esas hojas amarillecidas que esplenden en estos días soleados. Y lo hacen, y lo hacen saboreando sus últimos rayos sin discurrir si su comportamiento es respetable o razonable; así quiero yo “brillar” sin sesudos razonamientos, sin explicaciones que pongan en entredicho mi locura y ese aún inexistente amor que con tanta fuerza intuyo. Lloro porque sé que vendrá, me arrasará y me dolerá. Lloro porque siento y sentir es bueno.

Estrellas

20 septiembre 2018

Y no quería yo que se fuese agosto por no prescindir de la piscina, pero septiembre ya se ha asentado con noches deliciosas que saben a verano y mañanas que huelen a otoño. Y es un mes maravilloso en el que se paladea cada día pues ya se sabe que el verano toca a su fin y este año, pese a ser yo una entusiasta de los colores y fragancias otoñales, ansío un eterno verano; hasta fantaseo con la idea de mudarme a otras latitudes para que el baño en el mar o en la piscina formen parte del día a día. Luego, cuando los días empiecen a languidecer y los aromas a leña, hojas y humedad me estremezcan, sólo anhelaré lanas, calcetines y calditos. Sé que estos días rosados se irán, pero no pienso sino en disfrutarlos y en esos paseos bajo las estrellas que, cuando los fríos arrecien, serán una temeridad. El otro día deambulé a medianoche por una alameda contemplando embobada un firmamento salpicado de miríadas de estrellas; tanto me sumergí en aquellos cielos aterciopelados que llegué a olvidarme de todo: la belleza me abrazaba en medio de una noche silenciosa en la que las estrellas lanzaban guiños de complicidad. Comprobé que en el aquí y en el ahora, se pasee bajo las estrellas o se fregotee un suelo, es donde mejor se vive. El pensar en ese porvenir que puede o no llegar es una necedad, es sufrir por adelantado, es dejar que los miedos me apaleen y se apropien de mi manto de estrellas.

Agradecimientos

20 diciembre 2017

Fregoteo un poco el suelo; es mi forma de hacer ejercicio pues estoy condenada a un semireposo a cuenta de un esguince de tobillo que me precipitó desde las alturas, de una silla a un frío suelo de baldosa; se retorció el pie con tanto brío que luzco moratones y buena inflamación; todo por tratar de apresar el pimentón dulce para las lentejas. De camino al hospital, temí matarme de nuevo; eran tales los dolores que no podía superar los 60km por hora en la autovía: mantener la atención me exigía colosal esfuerzo. Tras la valoración inicial, me informaron de que me aguardaba una noche larga; les conté mi historia, mi miedo a estazarme con el coche y a conducir de noche. Ni tiempo me dio a acomodarme; mi nombre resonó a los pocos minutos por megafonía y, en silla de ruedas, recorrí pasillos y vi en una sala de espera un dolor que me traspasó el corazón, en tanto hacía ímprobos esfuerzos por contener las lágrimas que luego, de camino a casa, fluyeron a mansalva. Me sentí, pese a mi estropicio y a un montón de males que me aquejan, afortunada y no cesé de dar gracias a Dios por cuanto a diario me regala, incluido este esguince que me tiene recluida. He comprobado que la gratitud es milagrosa; cuanto uno agradece deja de pesar y se hermosea de tal modo que hasta una bendición pareciese. La gratitud, aun en los momentos más aciagos, ha sido el mejor descubrimiento de estos últimos y áridos meses. El poder del agradecimiento trasciende todos los límites y torna lo imposible en verosímil. Así sí se puede vivir.

Sospechas

10 diciembre 2017

WordPress me recuerda que hace ocho años me registré por vez primera en la blogosfera. Ni yo misma pensé que mantendría un blog a lo largo de tantos años. Rememoro los nervios, los sarpullidos, el insomnio y la vergüenza que me provocaba ese desgranar mis vivencias en Internet. Al mes, por ello, me propuse dejarlo; ninguna empresa merecía semejante precio. Perseveré, sin embargo, y tras un par de meses de ausencia durante un largo verano, regresé a esta casa celeste donde se volcaban penas, alegrías, miedos y esas inseguridades que aún me persiguen. Aquí descubrí algunos de mis talentos y este espacio me ayudó a airearlos y aun a acometer proyectos que ni en el mejor de mis sueños habría yo imaginado. Y desde entonces he recorrido un interminable camino de obstáculos; la vida me mostró su cara más amarga y la adversidad me golpeó con furia y sigue, en su perversidad y obcecación, haciéndolo con contumacia, aun cuando raras veces logre mellarme. He aprendido es que soy valiosa, pese a las muchas debilidades que acarreo, que mi existencia está dotada de sentido de comienzo a fin, que nada acontece porque sí, que el azar es un engaño y que la vida, en medio de las vicisitudes y a pesar de ellas, es arrebatadoramente bella y saludablemente interesante. Son tantos los descubrimientos que he hecho en estos años que no dispongo de tiempo ni de manos para escribir los libros y guiones cinematográficos que albergo en el magín. Necesitaría de unos cien años, más o menos, para poder plasmar mis anhelos, para expresar cuanto llevo dentro. Al menos tuve una vez el coraje de hacerlo y de ponerle música a esa melodía que me ronroneaba. Las sospechas de la infancia, gracias a este blog, fueron poco a poco corroborándose y cobrando cuerpo. Los sueños fueron reales, pese a todo.

Esperas

4 diciembre 2017

Los dramas de la vida me espolean cuando permito que me arrastren los malos augurios, que se apilan cuando dejo de crear. Sin creatividad, la vida se vuelve tan áspera que todo roza y daña. Si soy fiel a mis textos, a mis proyectos o a ese manuscrito que un día abandoné, nada temeré, aun cuando tornados arrasen la humanidad. Los miedos no se asientan en un corazón traspasado por la belleza, sobrecogido por la conmoción que provoca el saberse instrumento de Altas Instancias a fin de franquear otras almas y de llevar esperanza a un mundo alicaído que sólo se aparta de su apatía para consumir de forma desenfrenada pretextando, ahora, la cercanía de las Navidades, esas fiestas tan hermosas y coloridas que ya carecen de consistencia y significado. Y en medio de este falso jolgorio hace su presencia el Adviento con su estela de serena y jubilosa espera. Hay que suavizar los engranajes del alma, pulirla y aquilatarla para que en sus resquicios halle acomodo la verdadera paz que no abandona cuando la adversidad llama a la puerta. He de acicalarme para recibir los dones que preciso, que se derramarán si estoy atenta, si busco el bien y la justicia. Por este sendero, nada se me negará y los malos ratos se convertirán en anécdotas que engordarán mis ya suculentas memorias. Espera confiada, espera dichosa, espera que también aguarda con paciencia a que yo sea capaz de creer que sólo el bien acecha.

El don de la soledad

26 noviembre 2017

El don de la soledad es el don de la libertad, tal y como proclamaba Chesterton. No puede ser más cierta esta afirmación: Estar a solas con uno mismo permite saborear el silencio, el pasar de las horas y también desmenuzar los pensamientos que son desoídos en el bullicio que impera en el existir moderno. El vivir conmigo misma me acerca a la realidad, aun siendo a ratos puñetera y desleal. En esa materialidad cabe todo: el bullir de un guisote, una ráfaga que roba hojas a los árboles que decoran mi ventana o la conmoción que provoca una silla apoyada sobre una pared, junto a un viejo escobón. Sentir, vivir, percibir y paladear los detalles que, por tener contornos, son finitos pero que acercan a esa infinitud para la que hemos sido creados y para la que vivimos sin ser conscientes de ello. La Eternidad también se compone de garbanzos, de pelusas levantiscas que se niegan a adherirse a la mopa, de tazas de loza que brillan a la luz de un flexo, de azulejos que reflejan el contoneo de ramas otoñadas, de camas sin hacer, de pilas de cacharros que reclaman jabón y estropajo, de motas de polvo sobre las repisas, de sábanas que ondean en el tenderero. Vivir es sencillo, pero el no aceptar la sencillez complica el existir hasta el extremo de convertirlo en un tormento. Elijo sin duda la cotidianeidad, que se mezcla con la mística y la teología si se contempla con ojos de niño. Elijo también la libertad.