Archive for the ‘Confianza’ Category

Incontables bellezas

6 febrero 2019

Fríos muy fríos alternan con soles que saben a gloria. Entre calamidad y calamidad, se cuelan rayitos de esperanza con melodías de luz y verdad. La esperanza es más certera que el desespero; se asienta sobre una base tan sólida como los cimientos que sustentan robustas moradas. En cierto modo, la esperanza es un lugar en donde habitar; es una estancia acogedora en la que la pulcritud se enseñorea de suelos, techos y ventanas. Donde hay orden, hay virtud, limpieza, discernimiento y también bondad. Donde hay desorden, hay impaciencia, aspereza, cerrazón y hostilidad; en el caos, las maldades hallan más acomodo por no dejarle espacio al raciocinio, al repensar las cosas para verlas, así, en su verdadera consistencia, y no en las texturas en las que las envolvemos. Sí, sí: hay males, muchos males, pero culpar al otro de los estropicios nada soluciona. Asumiendo responsabilidades, uno acaba tropezando con las verdades y las mentiras que también nos componen. Y, de este modo, se selecciona lo que nutre, lo que alienta ese alma, sedienta de bien y belleza, que tantas veces agoniza en el desconcierto. Esperar, por tanto; esperar contra todo pronóstico; esperar que lo sólido se deslea en una atmósfera gélida. La confianza es un ungüento que cura gangrenas; la esperanza resucita lo que matamos a diario por miedo a toparnos con nosotros mismos, con nuestras miserias y también con nuestras incontables bellezas.

“Entonces, alma, fíjate en tu propia belleza y entiende cuál es la belleza que debes amar”.

—San Agustín.

Tiempo de Navidad

9 enero 2019

Y comenzó el nuevo año y vinieron los Reyes con ese halo de magia y esperanza que dejan en los corazones aun huérfanos de obsequios, y llegaron las rebajas, con esa locura compulsiva de bolsas y gangas, y las acogedoras lucecitas de las calles se apagaron. La Navidad concluye el próximo 13 de enero —tan moldeados estamos por la materia que olvidamos lo que en estos días celebramos. Antaño, cuando la vida se bebía a sorbitos, los belenes y espumillones engalanaban los hogares desde la Inmaculada hasta la Candelaria —el dos de febrero—, aunque el espíritu navideño es tan bello que cuesta plegarlo hasta bien entrado marzo. Es cierto también que estos días se sufren las ausencias y que las familias, en vez de remansos de paz, se han convertido en campos de batalla. A muchos alivia, pues, que se acallen los bullicios, que el silencio vuelva a apropiarse del día a día; el estruendo aturulla, por otra parte. Anoche, por cierto, descubrí que un desaprensivo había embestido mi coche sin dar señales de vida. Un ciudadano anónimo depositó en el parabrisas los datos del automóvil que dejó a mi pobre utilitario desnortado. Agradezco el gesto, aunque una llamada a la policía o un teléfono del bienintencionado testigo habrían facilitado el proceso. No obstante, mi aseguradora está ya reclamando desperfectos. Y he aprovechado esta circunstancia para llorar; necesitaba hacerlo por la gran tropelía de injusticias que llevo a las espaldas. Y seguiré llorando hasta que sienta que el corazón esté libre de cargas. Y confiaré en que este asunto se resuelva porque ha sucedido en Navidad y porque tiendo a confiar en vez de a recelar. He comprobado que uno alcanza logros en la medida en la que confía. Sin confianza, uno se llena de miedos y aprensiones. Saldrá bien. Estaré bien. Confío, pues.

La nada

3 noviembre 2018

Deseo esto y aquello, pero no siempre deseo bien, es por ello que procuro no arraiguen los anhelos para no aferrarme a empresas que ni sirven ni convienen y que, como la experiencia menciona, sólo reportan temores y angustias. En cualquier momento, la vida escoge otro itinerario y, ante nuestro asombro, todo, absolutamente todo perece: Nada permanece en este mundo nuestro, nada, ni los males ni los bienes; en un santiamén se derrumba ese edificio que construimos con mimo, en la creencia de que la obcecación nos salvará del estropicio. Observo, además, cómo aquellos que más poseen temen de forma constante perder sus posesiones; en vez de compartirlas —cuanto más se comparte más se disfruta— y de gozar de ellas de una forma sana, se apegan a ellas y sufren dolores de parto tan pronto unas migajas se desprenden de esas pertenencias que no son riquezas sino pobrezas, pues empobrecen el espíritu y lo esclavizan de tal manera que todo gira en torno a la hacienda. Cualquier improvisto hiere por el miedo a ser desposeído de lo que la avaricia amasa, de esas pequeñas fortunas que, lejos de alegrar, matan el alma. El hombre, por mucho que se empeñe, no decide su camino; cualquier revés puede desmoronar en un plis plas el más concienzudo engranaje sencillamente por desear la nada. He de recordarme a diario que la materia es nada porque no deseo vivir sin paz ni sin esperanza ¡Líbreme Dios de la nada!

Garabatear

9 octubre 2018

Es un placer garabatear una cuartilla teniendo o no teniendo nada relevante que desentrañar; escribo para vaciarme del exceso de vocablos que a ratos engulle mi entendimiento con nonadas de consonancias y disonancias. Es tanta la intensidad con la que convivo que a veces he de recurrir a descuidadas caligrafías para dar rienda suelta a las expresiones que mis emociones demandan. Nada especial ha acontecido; sólo un pálpito que llevo años en el corazón ha resucitado para colmarme el magín de sueños, de diálogos que imagino algún día ocurrirán en algún lugar de este mundo nuestro. No es más que un roce en la mejilla, una subjetividad poco razonada y razonable pero la siento de tal modo que parece real, muy real. Tal vez algún día confiese ese acontecimiento por el que mi corazón suspira de rato en rato; no lo desea de forma consciente, pero las lágrimas de dicha indican que esas corazonadas desvelan quizá pedacitos de realidad. Pudiera ser también que el buen juicio me haya abandonado a merced de estravagantes pálpitos. Poco importaría: mi cordura no es asunto que me preocupe en tanto viva yo una vida plena y coherente. Desde que amanecí me deleito en estos llantos “amorosos” que saben a dulce de membrillo y que brillan como esas hojas amarillecidas que esplenden en estos días soleados. Y lo hacen, y lo hacen saboreando sus últimos rayos sin discurrir si su comportamiento es respetable o razonable; así quiero yo “brillar” sin sesudos razonamientos, sin explicaciones que pongan en entredicho mi locura y ese aún inexistente amor que con tanta fuerza intuyo. Lloro porque sé que vendrá, me arrasará y me dolerá. Lloro porque siento y sentir es bueno.

Estrellas

20 septiembre 2018

Y no quería yo que se fuese agosto por no prescindir de la piscina, pero septiembre ya se ha asentado con noches deliciosas que saben a verano y mañanas que huelen a otoño. Y es un mes maravilloso en el que se paladea cada día pues ya se sabe que el verano toca a su fin y este año, pese a ser yo una entusiasta de los colores y fragancias otoñales, ansío un eterno verano; hasta fantaseo con la idea de mudarme a otras latitudes para que el baño en el mar o en la piscina formen parte del día a día. Luego, cuando los días empiecen a languidecer y los aromas a leña, hojas y humedad me estremezcan, sólo anhelaré lanas, calcetines y calditos. Sé que estos días rosados se irán, pero no pienso sino en disfrutarlos y en esos paseos bajo las estrellas que, cuando los fríos arrecien, serán una temeridad. El otro día deambulé a medianoche por una alameda contemplando embobada un firmamento salpicado de miríadas de estrellas; tanto me sumergí en aquellos cielos aterciopelados que llegué a olvidarme de todo: la belleza me abrazaba en medio de una noche silenciosa en la que las estrellas lanzaban guiños de complicidad. Comprobé que en el aquí y en el ahora, se pasee bajo las estrellas o se fregotee un suelo, es donde mejor se vive. El pensar en ese porvenir que puede o no llegar es una necedad, es sufrir por adelantado, es dejar que los miedos me apaleen y se apropien de mi manto de estrellas.

El sueño de una noche de verano

12 agosto 2018

Agosto transcurre con placidez. Nada extraordinario acontece pero lo ordinario cobra tal brío y belleza que pareciera una existir en el país de las maravillas; cada gesto, por añadidura, delata las entretelas que escondo desde hace ya demasiado tiempo. Y parece que esos lienzos pujan por salir de su escondrijo para exhibirse aun deshilachados y caer, llegado el caso, en el ridículo. Más vale lidiar con las burlas que siempre acompañan a las aventuras que lamentarse en el futuro de cobardías que nos privaron de aquellos sueños que nos rondaban en la niñez, cuando ni se andaba con melindres ni se desdeñaban extravagancias. Entonces nos apropiábamos, como ladrones de sueños, del instante sin cuidar las poses ni la respetabilidad. A la luz de las luciérnagas se atravesaban espejos y se adentraba en un mundo fascinante donde yo, personalmente, me repanchingaba a escuchar a los grillos, a contemplar las danzas de las polillas y a aspirar las fragancias que regalaba el estío cuando los días se iban ya plegando. Las horas discurrían entre un variado surtido de fantasías; se saltaba de rama en rama para vislumbrar la vida en todo su esplendor, pues todo se envolvía de gasas y dorados.

Estoy, como antaño, viviendo sin poses ni límites y admirándome del encanto de cada momento. No hago esfuerzos, sólo me deleito para que la magia se adueñe de todo; las maravillas, una vez que se les ha abierto la puerta, entran en tropel.

El tiempo es eternidad

9 julio 2018

Llevo tiempo queriendo recalar aquí, pero los días siguen componiéndose de horas y no hay manera de estirarlas o, al menos, de organizarlas de forma más lúcida y valiosa. Y, sin embargo, añoro pasear por esta casa virtual que, pese a mis escasos desvelos, sigue en pie; no me inquieta el cuidarla o descuidarla, pues son muchas las cosas que me ocupan y preocupan. Pero viene bien un respiro, un tenderse a retozar en un prado a contemplar la belleza de la creación: sin ese recrearme en lo creado malviviría; me perdería lo que me nutre, lo que alimenta mis sueños y guía ese peregrinar diario que es la vida. El tumbarse a la bartola durante un tiempo prudencial cunde más que una buena tanda de esforzadas horas; el trabajo fluye luego sin esfuerzo y sus frutos son tan hermosos que embellecen el resto de las tareas. He de venir aquí, a este blog, a perder un poco el tiempo. Al fin y al cabo, en esta casa virtual he resuelto muchas cuestiones, y poseo aún interrogantes que a ratos eludo por temor a nuevas empresas. Día a día voy afrontando el existir con estupor, pues mis propias iniciativas no dejan de asombrarme; soy una caja de sorpresas hasta para mí misma, de ahí que en mi vida el aburrimiento no tenga cabida. Eso sí: he de recordar que el tiempo no es oro sino eternidad para así no constreñirme en exceso y dejar también que la galbana se apropie de las estancias en las que a diario laboro. Así siempre será más fácil vivir, así la cosecha será también más abundante.

Tendedero

11 junio 2018

La vida se ha convertido en un cuadro impresionista; alegres pinceladas recaman paredes, bóvedas y suelos; el verdor abruma  y resalta entre los grisáceos que se han apoderado de esos cielos que ahora siempre lucen plomizos. Eso sí: la colada se ha convertido en tarea complicada. Aprovechando uno de esos claros que brinda el día -esplendores en los que los pájaros cantan y brincan-, se tiende la ropa con la esperanza de verla alguna vez seca. Y se va oreando hasta que la lluvia irrumpe en forma de granizo. Entonces se descuelgan las prendas a gran velocidad y la ropa regresa con lamparones al tendedero interior. Y con tanto trajín, uno se agota; se sale también a pasear a deshoras, durante los escasos ratos en los que las aguas se ausentan. Y no me quejo: adoro el olor a lluvia y contemplo a diario cómo ese incesante lloro engalana los paisajes de tal modo que hasta las cunetas rezuman poesía. Por otro lado, prefiero la gratitud al malestar que provocan los continuos lamentos. Acepto cuanto viene aunque, a ratos, duela a rabiar; contemplo la adversidad como una fase de transición que me aupará a esos collados que anhelo. He de confiar y de ignorar las negruras que envuelven los acontecimientos; la vida cambia en un plis plas, tal y como lo hace la meteorología. A diario, además de pelearme con los tendederos, espero lo imposible. Una vez más.

Soledad sonora

17 mayo 2018

Trajino mucho últimamente: mis largas jornadas de lectura y escritura son cosa del pasado. Sigo disfrutando de días tranquilos en los que me envuelvo de una soledad salpicada de murmullos: el zumbido de una mosca, el triscar de unos pájaros, la algazara de los niños en un patio de recreo o los rumores de las ráfagas de viento y lluvia me sumen en una bendita modorra que me retrotrae a esas horas de la infancia en las que el no hacer nada estaba permitido y alentado. Entonces he de hacer esfuerzos por regresar a las tareas; aun así: a ratos me permito, por toda actividad, contemplar la creación, deleitarme en esta soledad sonora que tanto me llena. Otros días voy de acá para allá con la cámara a cuestas capturando miedos, esperanzas, zozobras, deseos o esos últimos clarores que hermosean los días con pinceladas que siempre subyugan y atolondran; es una belleza que inunda el alma de paz y ansias de bien. Pero es el holgazanear, el tumbarme veinte minutos a sestear, o al menos a intentarlo, lo que más réditos me otorga: hallo soluciones a todas las cuestiones que me inquietan y veo, de pronto, con claridad aquellas respuestas que mi tozuda mente esquivaba en su ceguera. En la galbana resuelvo yo el acontecer diario, limo sus aristas y me embebo a un tiempo de sosiego, de belleza y de sabiduría.

Desenfreno

29 marzo 2018

Pese a los caprichos de la veleidosa primavera, mantengo un tono animoso. Si caigo, me levanto y antes del descanso consigo enderezarme y aun sosegarme; si no lo hiciera, me pasaría las horas en vela oteando las sombras del porvenir o imaginándomelas. Confío en que las buenas nuevas me pillarán por sorpresa y me harán reír y llorar a un tiempo. Ponerse en lo peor sólo desgasta; a veces lo peor sucede o parece que sucede, porque los acontecimientos cambian en cuestión de horas: lo que parecía aterrador sobrecoge por su benevolencia, es cuando la magnanimidad engolfa el mundo y lo pone del revés. Quienes no presumimos sino de desatinos somos más dichosos que cuantos esgrimen poderosas razones y raciocinios que las más de las veces se desmoronan. Ser loco es maravilloso; las dificultades no se esfuman pero se viven de otra manera. Vivir apenas fatiga y las complejidades se deslíen en un saborear los minutos, en no dejarlos ir de vacío sin pasar antes por uno. Así la vida ni se escurre ni desparrama; se sufre, pero el dolor se sobrelleva con resignación y hasta a ratos se burla uno de él y se entrega a un desenfreno de carcajadas. Entiendo que esta actitud desconcierte, pero los chiflados somos así de audaces y también de mentecatos; este discurrir es, precisamente, el que nos salva aun en medio del desquicio y de esa maldad que gastamos los hombres.