Archive for the ‘Confianza’ Category

Conflictos

26 abril 2020

El otro día, mientras hacía tareas con la ventana abierta, escuchaba el jazz del del Segundo, cantarinas infantiles y conversaciones entre vecinos. Sentí que formaba parte de una comunidad que, para variar, sí repara en necesidades ajenas. Una muchacha, a quien de nada conozco, excepto por la mascarilla que me proporcionó la semana pasada, me traerá mañana unos medicamentos que la Seguridad Social no sufraga. En medio de este confinamiento, suceden cosas muy hermosas. La cuarentena está sacando lo mejor y lo peor de nosotros mismos. Ayer, en el grupo de FB de mi municipio, un caballero soltaba pestes contra todos; su propia frustración, su incapacidad de lidiar con la incertidumbre y el miedo a perder el control hablaban por él con rudeza y muy mal gusto. En estas circunstancias, sale lo que somos; es muy difícil sufrir una pandemia y ocultar, a un tiempo, esas miserias que ya asomaban desde antes de la cuarentena y que ahora adquieren la categoría de brutalidad. Para mí, a pesar de las desgracias, el confinamiento es una buenísima ocasión para reflexionar y, llegado el caso, recapitular. Anteayer, una afamada fotógrafa, cuyo trabajo admiro, confesaba que este vivir pausado le estaba desvelando interesantes aspectos de sí misma hasta el punto de plantearse el dejar de dormir y vivir malamente para abrazar un futuro incierto pero también más higiénico. Me paro con frecuencia a pensar en la ristra de oportunidades que esta coyuntura me está regalando; procuro rememorarlas porque son legión. Y cuando miro a mi entorno, veo fardos de ganancias y también de soluciones a problemas que se habían quizá enquistado y que este encierro no hace sino evidenciar, a fin de que no quede más opción que arrostrar esa realidad que se amotina a cada poco, como un niño enrabietado que se siente arrinconado. Propongo, pues, prestar atención a los desafectos; en ese afecto hallaremos la solución a muchos de nuestros conflictos.

P.D.: La semana pasada publiqué un breve post en el blog del instituto en el que estoy cursando un Ciclo Superior y habla, precisamente, de la pandemia.

Poderes

2 febrero 2020

Todos sobrellevamos frustraciones y corremos el riesgo de convertirnos en cascarrabias quejicas o incluso en seres malvados deseosos de pagar con el prójimo esos miedos que de rato en rato nos aquejan; es cuando somos incapaces de gestionar el torrente de emociones que nos genera el continuo dudar de la valía. No es, claro, matemático pero sí he comprobado que aquellos que más frecuentan el mal, hasta el punto de convertirlo en su “modus operandi”, son inseguros que, a falta de imponer sus criterios en el devenir de sus vidas, los aplican a la fuerza en destinos ajenos deformando existencias y provocando muchísimo sufrimiento. Los males que trae consigo el no saberse conducir con mesura son temibles, terribles y desconocen límites. Y aun sabiéndome yo muy imperfecta, no puedo evitar que la pertinacia en el mal socave mi percepción de la naturaleza humana. Y aunque me esfuerce por dirigir la mirada hacia las hermosuras del alma, tropiezo a diario con demasiada fealdad y apenas sé cómo digerirla. Y a veces, a la vista de las indignidades que a diario contemplo, desconfío en que nos aguarde un porvenir halagüeño. Como no soy propensa a desconfiar del todo, pese a que algunos exhíban sin recato su lado más perverso, recuerdo de nuevo que la vida es más justa de lo que a simple vista parece; sólo hay que esperar y confiar en que lo bello, bueno y verdadero acabe conquistando realidades y corazones. La paciencia y la espera son, sin duda, mis mejores artimañanas y también mis mayores poderes. Sin ellos, ni vivir ni avanzar podría.

Ridiculeces

7 enero 2020

Y comienza un nuevo año con su correspondiente ristra de propósitos. Estos días navideños me han servido para descansar y constatar mis sospechas: he estado haciéndolo  todo muy mal, atiborrándome de obligaciones y ahuyentando de mi vida cualquier asomo de jolgorio. Me he ausentado de museos, exposiciones, cines, buenas lecturas y, en general, de cuanto la vida de bueno propone por obcecarme en una absurda ambición que me ha consumido en todos los sentidos, dejándome escuálida de peso y de ilusiones. Uno ha de alimentarse de viandas y de bonitas imágenes y, para ello, hacen falta distracciones, mucha galbana y existir un poco a cámara lenta. Sentarse a no hacer nada o tumbarse en la cama a contemplar techumbres cunde más que cualquier sesudo seminario o tarde de estudio; si bajo la guardia, la intuición se frota las manos pues sabe que ha llegado su momento de gloria. Y esos instintos son siempre sabios pues saben de anhelos y de lo que de veras sustenta vidas y alientos. Sin ese alimento, el alma fenece y se llena de miedos y oscuridades; todo entonces parece más tétrico y feo. La intuición envalentona los corazones y nos retrotrae a los deseos de la infancia, que son los verdaderos; los otros, los de los mayores, son bravuconadas que nos fabricamos para encajar en ese mundo de supuestos adultos en el que decidimos morar para darnos más importancia de la que poseemos. Para recuperar los bríos, opto en este Año Nuevo por la ridiculez, por esas fantasías que las mentes “maduras” desprecian para aferrarse con fiereza a ese inhóspito paisaje en el que ni caben ni dichas ni frescuras. La niña que soy será siempre más sabia y maga que la adulta a la que a ratos he pretendido emular, aunque haya casi siempre fracasado, por ser yo mala simuladora. Sé que me aguarda un año bisiesto repleto de ridiculeces y, al escribirlo, sonrío a raudales. Os deseo un feliz y muy ridículo 2020.

Brillos

18 septiembre 2019

Tardes anchas y doradas se ven a ratos interrumpidas por lluvias muy lluvias que traen aromas de membrillo y rosas. Se exhiben aún éstas con holgura saboreando, como yo, esas templazas de septiembre que llenan el ánimo de dulzuras y de sueños imposibles que saben a posible. Los árboles ya despojados de lustre van rindiéndose a esa muerte necesaria, la que precisamos para lucir nuestras mejores galas. Y ese ir extinguiéndose poco a poco no duele, sino que expande el alma hasta rozar el Infinito. Y dentro de la infinitud los dolores se apaciguan y hasta se despojan de espinas durante ratos amplios, aunque se siga anhelando lo que no se disfruta aun perteneciéndole a uno: las posesiones son algo más que materia, cumplen una misión inestimable para el cuerpo y para el alma. En medio de estas suavidades y de estos brillos que huelen a estío y a otoño a un tiempo se añoran las ausencias, pero también se espera y confía en la bondad de los hombres que quizá en estos días de ensueño ablanden los corazones para recubrirse también de destellos dorados. Septiembre siempre ha sido el mes de los brillos.

Se porte como se porte

23 mayo 2019

Y van transcurriendo los meses y la primavera es a ratos primaveral y a ratos veraniega. Tras los bochornos, llueve, las temperaturas se atemperan y regresa el respirar tranquilo. Y entre tanto altibajo meteorológico se sucede la vida, que es enrevesada, muy enrevesada, pero que sigue regalando hermosuras si uno mira a los acontecimientos con ternura. Si se reniega de ellos, se sufre a lo tonto; si se aceptan como parte del aprendizaje que precisamos para encarar el porvenir, los contratiempos son más ligeros. En medio del estupor y del dolor, se pueden vivir también horas bellas y almibaradas. Lo que cambia la realidad es la mirada: si uno cede terreno al desespero, se malogra y aunque dulces brisas lo mezan, se creerá morador de una tierra fea e inhóspita. La percepción que tenemos de nosotros mismos y de nuestra realidad es la que cuenta; si consideramos cuanto nos golpea como una oportunidad necesaria para alcanzar el destino, los reveses serán más amables. Perseverar en la esperanza es siempre la actitud más sabia y provechosa. Sin esas ilusiones que entreveramos con los lloros y penas, la vida sería insufrible. Mayo es el mes de la dicha por antonomasia; el mundo, ya florecido, nos muestra las primicias de lo que habrá de venir, de esas abundancias que ahora se escapan y que un día no muy lejano nos inundarán de aromas y sabores para sobrecargar los sentidos con una concatenación de bellezas. Mayo es siempre un buen mes, se porte como se porte.

Incontables bellezas

6 febrero 2019

Fríos muy fríos alternan con soles que saben a gloria. Entre calamidad y calamidad, se cuelan rayitos de esperanza con melodías de luz y verdad. La esperanza es más certera que el desespero; se asienta sobre una base tan sólida como los cimientos que sustentan robustas moradas. En cierto modo, la esperanza es un lugar en donde habitar; es una estancia acogedora en la que la pulcritud se enseñorea de suelos, techos y ventanas. Donde hay orden, hay virtud, limpieza, discernimiento y también bondad. Donde hay desorden, hay impaciencia, aspereza, cerrazón y hostilidad; en el caos, las maldades hallan más acomodo por no dejarle espacio al raciocinio, al repensar las cosas para verlas, así, en su verdadera consistencia, y no en las texturas en las que las envolvemos. Sí, sí: hay males, muchos males, pero culpar al otro de los estropicios nada soluciona. Asumiendo responsabilidades, uno acaba tropezando con las verdades y las mentiras que también nos componen. Y, de este modo, se selecciona lo que nutre, lo que alienta ese alma, sedienta de bien y belleza, que tantas veces agoniza en el desconcierto. Esperar, por tanto; esperar contra todo pronóstico; esperar que lo sólido se deslea en una atmósfera gélida. La confianza es un ungüento que cura gangrenas; la esperanza resucita lo que matamos a diario por miedo a toparnos con nosotros mismos, con nuestras miserias y también con nuestras incontables bellezas.

“Entonces, alma, fíjate en tu propia belleza y entiende cuál es la belleza que debes amar”.

—San Agustín.

Tiempo de Navidad

9 enero 2019

Y comenzó el nuevo año y vinieron los Reyes con ese halo de magia y esperanza que dejan en los corazones aun huérfanos de obsequios, y llegaron las rebajas, con esa locura compulsiva de bolsas y gangas, y las acogedoras lucecitas de las calles se apagaron. La Navidad concluye el próximo 13 de enero —tan moldeados estamos por la materia que olvidamos lo que en estos días celebramos. Antaño, cuando la vida se bebía a sorbitos, los belenes y espumillones engalanaban los hogares desde la Inmaculada hasta la Candelaria —el dos de febrero—, aunque el espíritu navideño es tan bello que cuesta plegarlo hasta bien entrado marzo. Es cierto también que estos días se sufren las ausencias y que las familias, en vez de remansos de paz, se han convertido en campos de batalla. A muchos alivia, pues, que se acallen los bullicios, que el silencio vuelva a apropiarse del día a día; el estruendo aturulla, por otra parte. Anoche, por cierto, descubrí que un desaprensivo había embestido mi coche sin dar señales de vida. Un ciudadano anónimo depositó en el parabrisas los datos del automóvil que dejó a mi pobre utilitario desnortado. Agradezco el gesto, aunque una llamada a la policía o un teléfono del bienintencionado testigo habrían facilitado el proceso. No obstante, mi aseguradora está ya reclamando desperfectos. Y he aprovechado esta circunstancia para llorar; necesitaba hacerlo por la gran tropelía de injusticias que llevo a las espaldas. Y seguiré llorando hasta que sienta que el corazón esté libre de cargas. Y confiaré en que este asunto se resuelva porque ha sucedido en Navidad y porque tiendo a confiar en vez de a recelar. He comprobado que uno alcanza logros en la medida en la que confía. Sin confianza, uno se llena de miedos y aprensiones. Saldrá bien. Estaré bien. Confío, pues.

La nada

3 noviembre 2018

Deseo esto y aquello, pero no siempre deseo bien, es por ello que procuro no arraiguen los anhelos para no aferrarme a empresas que ni sirven ni convienen y que, como la experiencia menciona, sólo reportan temores y angustias. En cualquier momento, la vida escoge otro itinerario y, ante nuestro asombro, todo, absolutamente todo perece: Nada permanece en este mundo nuestro, nada, ni los males ni los bienes; en un santiamén se derrumba ese edificio que construimos con mimo, en la creencia de que la obcecación nos salvará del estropicio. Observo, además, cómo aquellos que más poseen temen de forma constante perder sus posesiones; en vez de compartirlas —cuanto más se comparte más se disfruta— y de gozar de ellas de una forma sana, se apegan a ellas y sufren dolores de parto tan pronto unas migajas se desprenden de esas pertenencias que no son riquezas sino pobrezas, pues empobrecen el espíritu y lo esclavizan de tal manera que todo gira en torno a la hacienda. Cualquier improvisto hiere por el miedo a ser desposeído de lo que la avaricia amasa, de esas pequeñas fortunas que, lejos de alegrar, matan el alma. El hombre, por mucho que se empeñe, no decide su camino; cualquier revés puede desmoronar en un plis plas el más concienzudo engranaje sencillamente por desear la nada. He de recordarme a diario que la materia es nada porque no deseo vivir sin paz ni sin esperanza ¡Líbreme Dios de la nada!

Garabatear

9 octubre 2018

Es un placer garabatear una cuartilla teniendo o no teniendo nada relevante que desentrañar; escribo para vaciarme del exceso de vocablos que a ratos engulle mi entendimiento con nonadas de consonancias y disonancias. Es tanta la intensidad con la que convivo que a veces he de recurrir a descuidadas caligrafías para dar rienda suelta a las expresiones que mis emociones demandan. Nada especial ha acontecido; sólo un pálpito que llevo años en el corazón ha resucitado para colmarme el magín de sueños, de diálogos que imagino algún día ocurrirán en algún lugar de este mundo nuestro. No es más que un roce en la mejilla, una subjetividad poco razonada y razonable pero la siento de tal modo que parece real, muy real. Tal vez algún día confiese ese acontecimiento por el que mi corazón suspira de rato en rato; no lo desea de forma consciente, pero las lágrimas de dicha indican que esas corazonadas desvelan quizá pedacitos de realidad. Pudiera ser también que el buen juicio me haya abandonado a merced de estravagantes pálpitos. Poco importaría: mi cordura no es asunto que me preocupe en tanto viva yo una vida plena y coherente. Desde que amanecí me deleito en estos llantos “amorosos” que saben a dulce de membrillo y que brillan como esas hojas amarillecidas que esplenden en estos días soleados. Y lo hacen, y lo hacen saboreando sus últimos rayos sin discurrir si su comportamiento es respetable o razonable; así quiero yo “brillar” sin sesudos razonamientos, sin explicaciones que pongan en entredicho mi locura y ese aún inexistente amor que con tanta fuerza intuyo. Lloro porque sé que vendrá, me arrasará y me dolerá. Lloro porque siento y sentir es bueno.

Estrellas

20 septiembre 2018

Y no quería yo que se fuese agosto por no prescindir de la piscina, pero septiembre ya se ha asentado con noches deliciosas que saben a verano y mañanas que huelen a otoño. Y es un mes maravilloso en el que se paladea cada día pues ya se sabe que el verano toca a su fin y este año, pese a ser yo una entusiasta de los colores y fragancias otoñales, ansío un eterno verano; hasta fantaseo con la idea de mudarme a otras latitudes para que el baño en el mar o en la piscina formen parte del día a día. Luego, cuando los días empiecen a languidecer y los aromas a leña, hojas y humedad me estremezcan, sólo anhelaré lanas, calcetines y calditos. Sé que estos días rosados se irán, pero no pienso sino en disfrutarlos y en esos paseos bajo las estrellas que, cuando los fríos arrecien, serán una temeridad. El otro día deambulé a medianoche por una alameda contemplando embobada un firmamento salpicado de miríadas de estrellas; tanto me sumergí en aquellos cielos aterciopelados que llegué a olvidarme de todo: la belleza me abrazaba en medio de una noche silenciosa en la que las estrellas lanzaban guiños de complicidad. Comprobé que en el aquí y en el ahora, se pasee bajo las estrellas o se fregotee un suelo, es donde mejor se vive. El pensar en ese porvenir que puede o no llegar es una necedad, es sufrir por adelantado, es dejar que los miedos me apaleen y se apropien de mi manto de estrellas.