Latitudes

Los días se alargan y brindan horas soleadas en las que se ausenta el miedo; los azules inflan el espíritu de belleza y de hermosos deseos. Atrás quedan las zozobras y ese sentirse un poco a merced de vientos ajenos que ondean al socaire de viejas disputas y de un buen fajo de frustraciones. Al final, yo orquesto mis emociones para que todo me acabe nutriendo. Y es por ello que no puedo evitar sino sentirme amada por esos firmamentos que surcan el mundo de azul, por esas tareas del día a día que me abruman con sosiego y por cuanto atesoro en mi pequeño cielo. Y, gracias a ello, aquellas incertidumbres que me daban miedo han cedido su asiento a esa certeza que me susurra que todo es bello, que cuanto acontece está provisto de significado y que esas significaciones irán desvelándome metas que aún ni conozco ni poseo. Todo está, por tanto, bien hecho. Nada obedece al buen tuntún, sino a esas razones poderosas en las que poco a poco voy zambulléndome. El saber que el azar no domina el existir es un descanso y también un regalo. El saberse apoyado por el raciocinio, aun cuando la realidad adquiera a ratos tintes surrealistas, es un consuelo y un acicate para seguir confiando. Esperar y confiar a un tiempo es reconfortante y bello. Y en estas latitudes son en las que ahora yo me hallo con sorpresa y también con agradecimiento ¡Feliz San Valentín!

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