Archive for the ‘Viajes’ Category

El forro de mis caprichos

20 junio 2016

smith_garden2Hoy he aprendido que soy capaz de abordar más de lo que imagino y que mis miedos e inseguridades se interponen con demasiada frecuencia entre yo y mis metas. Hace apenas una semana, adquirí un iPad; creía que me venía grande, que tendría que venderlo, regalarlo o esconderlo en el interior de un armario para evitar su presencia y recordar así mi ridículo y mi derrota. Me apunté a un taller para iniciarme en el manejo del aparatito y comprobé que, sin haber empleado apenas tiempo, sabía mucho más que mi compañera de pupitre. Si he acumulado 500 páginas en un idioma extranjero, ¿cómo no voy a poder con un miserable iPad? Lo usaré para escribir, tal y como yo anhelaba, sin hacer desembolsos ni inversiones, y para muchas cosas más. Fui desde niña una aventurera que anhelaba capturar esencias y descubrir paraísos, pero soñar requiere menos bríos que vivir y quiero yo vivirlo todo, hasta mis sueños más disparatados. Mi curiosidad crece día a día y siento a menudo una sensación de hambre. Se acabó: necesito una buena indigestión de cuanto postpuse por resultar, en apariencia, extravagante, por toparme con demasiadas críticas y este nuevo cacharrito va a ser mi compañero de correrías. Como diría un castizo, me paso las opiniones ajenas por el forro de mis caprichos.

Aguas que brincan

17 abril 2016

my_week_with_marilyn_monroe_471995705_961x1200Un día más cargado de nubes y de deseos de cambio. Hago lo imposible por propiciar otros decorados pero siempre choco contra el mismo muro; y ese encontronazo me deja malparada. Son, en apariencia, rasguños y arañazos pero provocan tal frustración que no siento sino deseos de arremeter contra las paredes; apenas descanso por ello. Lo bueno es que la vida viene también provista de regalos y ese proyecto que me sentía incapaz de emprender, es ya real. Doy gracias al Cielo por esos ayudantes que creyeron en mí y en esa quimera que yo defendía con uñas y dientes; sin ellos, sin su entusiasmo, sin sus ideas, habría sido imposible seguir adelante. En estos meses, hemos adquirido otras responsabilidades y hasta cambiado los papeles para colocar a cada uno en el lugar que anhelaba sin saberlo; día a día vamos fraguando nuestros sueños. Queda tanto por hacer que si pensara en ello, tiraría la toalla. Cuento con el afán del día a día que es el único que edifica buenos cimientos, con el bendito aquí y ahora, con el momento. Si me detuviera a valorar las carencias del proyecto, me fallaría el aliento; pienso, por el contrario, en lo que hemos sumado en este tiempo gracias a una pasión común y a un torrente de esperanza que nos arrastra, y esas aguas brincan de tan modo que arrasan con cualquier dificultad y, además, rejuvenecen. He vuelto a ser niña y es maravilloso.

Acción de Gracias

4 diciembre 2014

Sigo viviendo en una nube de irrealidad; suceden demasiadas cosas y a ratos resulta difícil entenderlas; he llegado a la conclusión de que la vida hay que vivirla y no comprenderla. Syosset 2Perdí mi casa, perdí también mi portátil y de pronto, sin buscarlo, me encontré en un avión rumbo a Nueva York. Regresé al que consideraba mi segundo hogar y, pese a todas las hermosuras que vi, supe por fin que mi lugar estaba aquí, en este extraño país lleno de odios y de irracionalidad al que, pese a los improperios que de vez en cuando vierto, amo. Descubrí el verdadero significado de familia, aun cuando se cuelen tensiones y discordias, y de refugio frente a las inclemencias del vivir. Me asombré ante la gratitud que derrochan los hombres en esa mágica cena de Acción de Gracias: el amor que me circundaba era tan abrumador que las lágrimas inundaban mis ojos; lo que allí viví marcará el resto de mis días, sin duda. Compré un «kettler» tan bello que adorna una de las estanterías de este diminuto apartamento cuyas dimensiones equivalen a lo que antaño fue mi estudio. Adquirí también unas zapatillas que asemejan a botas de après-ski y que envuelven mis pasos en un un ritmo tan cálido que resulta paradisíaco. La amistad y la bondad han suavizado la desgracia y el gran dolor que aún me afligen, la calidez del afecto diluye y endulza las gélidas penas. El mundo ha dejado de ser un lugar inhóspito lleno de amenazas y miedos y se ha tornado en una casita de madera blanca llena de luz y de dulzura en donde hasta las sábanas huelen a canela.

Insignificancia y felicidad

13 octubre 2013

Me encanta acercarme al huerto ecológico del pueblo, husmear entre pimientos, puerros o calabacines y charlar con C. de las cosas sencillas de la vida; hallo en ello gran sosiego. pearsonpianoo Marguerite PearsonHe vuelto a casa con una bolsa llena de colorido otoñal: calabaza, uvas de albillo, caquis, melón y unas pequeñas manzanas de aquel rojo que sedujo a la incauta Blancanieves; mordisqueo una en el coche, demasiado provocadora como para ignorar su hermosura y su sabrosa textura. Pongo perejil en uno de los recipientes que utilizo para rosas, un aderezo precioso para la cocina, y aspiro el aroma de la hierbabuena, cuyas hojas masco desde niña. Y seguimos en esta tierra de nadie en la que percibo más y más mi propia soledad, mis pobrezas, mi desvalimiento y ese saberse pequeño e insignificante; parece el único modo de hallar lo único que de cierto hay en mí. Este acercamiento, además, me hace contemplar a los otros con más afecto; las miradas se vacían de juicios y se llenan de ternura. Este no valer para nada me está proporcionando dicha; durante largos momentos la paz se adueña de mí y ya nada deseo. Me ocurre aderezando unos tomates, ordenando el frutero con esmero, como si de un centro floral se tratase, o paseando al atardecer cuando los dorados combinan con los rosáceos y la luz del crepúsculo ilumina el horizonte con la majestuosidad de la eternidad. Regreso a casa, mientras aspiro el  frescor del otoño y venzo la tentación de tumbarme sobre una tierra cubierta de enormes terrones de color café, con la sensación de haber recorrido un largo viaje; tal vez sea una viajera de la eternidad… A mayor insignificancia, mayor felicidad. 

Ristras

28 junio 2013

Al mediodía me derrumbé, nada ya podía. M. me llamó para interesarse por mí y la serenidad se asentó en esta disparatada mente mía. Hasta ese momento sólo había sentido deseos de dormir, de no vivir. Emil Nolde Flores blancasPreparé un gazpacho, recogí un poco y hablé con C., meses hacía que no sabía de ella. Su idea de pasar unos días de verano en Valladolid me pareció fantástica; le prometí que de seguir en esta casa, tendría rosas frescas en la mesilla. Nos conocimos años atrás en un supermercado de NYC, mientras ella se sobreponía a un desencanto y yo pergeñaba en un apartamento de Manhattan el que luego sería mi primer libro. Recuerdo aún ese almuerzo en Bryant Park, comida japonesa y té helado. Mentiría si dijera que nuestra relación ha sido idílica. Ha habido tensiones y desacuerdos; las dos expresábamos nuestras emociones sin tapujos, aunque ella me adelantara un buen trecho, de ahí que un día le enviara un correo tremebundo en el que afloró la ristra de reproches acumulados. Supo leer mi dolor en esas insensatas líneas y me mostró su rostro más amable. Tengo buenos amigos y me ha costado verlo. M. quiere comprarme unos cristales nuevos; según ella, es ridículo que una escritora abandone sus escritos por falta de visión y de dinero. Esperaré a un nuevo veredicto médico y a la vez ejercitaré los ojos, aunque resulte agotador. Estoy deseando estrenar el vestido añil que ella misma me regaló tras una comida con un amigo madrileño que corrió hacia el AVE sin café ni postre, con un «tupper» de arroz con langosta y un ejemplar dedicado de «Carta a Hedda y algunos cuentos». Es un atuendo sencillo, campestre y provenzal, casa bien con mis sombreros veraniegos y conmigo. Me ha dolido el brazo derecho a causa de los pinchazos del martes; me he mirado los diminutos hematomas con desconsuelo y he hecho cómo los niños, me he besado mí misma, a las marcas que dejaron las agujas, la impotencia, el desamparo, la soledad.., a esa mujer que ríe y llora a un tiempo y a la que todavía se le resisten el amor y la frustración.

Hogares y neurosis

19 junio 2013

Armand PointLlevo dos días con el pie cambiado y nada hago a derechas; las pocas horas de descanso sirven de poco y mis pobres ojos hacen grandes esfuerzos frente al portátil. He aumentado el tamaño de la letra, pero sigue costando. Ayer nada podía y me tragué casi tres películas seguidas con bolsa y media de palomitas. Mis deseos de abandonar España aumentan día a día, aunque no sé si se trata de una neurosis o de un anhelo genuino de abandonar un país que amo pese a no proporcionarme la vida que ansío. Como siempre, la vista se me va hacia el otro lado del Atlántico; no puedo remediarlo. A veces pienso en mis cuatro enseres y me apena dejarlos… No sé. Sólo viajo mentalmente así que no hay riesgo de cometer tonterías, aun cuando esos disparates me hayan reportado buenas experiencias y una pizca de sabiduría. Esta mañana en la panadería se montó una bonita tertulia acerca de esta santa crisis que nos asola. Al analizar con frialdad las diferencias entre Estados Unidos y España, la razón me hablaba en inglés y con acento americano. Sin embargo, no todo son bondades en América, no todo. Me he acordado de un texto que escribí en este espacio muy al comienzo, cuando ni sabía si el blog persistiría:

«Ayer cuando llegué a casa me encontré con que el corcho que tapiza mi ventana- me resguarda del frío y me obliga a habitar en la penumbra- se había desprendido. Vivo en una casa destartalada, llena de humedades y donde el frío se cuela por todas las rendijas. No voy a quejarme: es mi elección. Podría estar en la ciudad, en un piso compartido; sin embargo, esta pobre casa, que tanto me recuerda a mi desvencijada familia, es lo que más se aproxima a lo que yo considero un hogar. Sé que mi hogar estará allá donde yo vaya y no necesitará de alfombras, lámparas o cortinas; un hogar se construye con amor, con amor a uno mismo, y con la aceptación de lo que uno es.»

Ilusiones

6 mayo 2013

No logro, pese a  los varapalos, volverme más realista, sino más optimista. Y no es sólo por la presentación de « Carta a Hedda y algunos cuentos» en la Feria del Libro de Valladolid, que avivó las emociones de la autora y de cuantos se dejaron caer por aquel frío salón de actos. Fue asombroso: tras mis palabras, hubo aplausos, besos y fueron varios los que entonaron un cálido y hermoso gracias; aunque horas antes se atascaran y no hubiera modo de articularlas, se deslizaron con suavidad, como esas plumas que acarician y provocan cosquilleos. La realidad pinta los cielos de gris y todos los males parecen haberse concentrado en mis pobres lumbares. Estoy contenta, sin embargo, y hasta el dolor me parece una bendición porque el sentir las punzadas significa que ya no soy toda ya un tormento, que hay partes de mi cuerpo que ya no lloran; un maravilloso regalo, como esta canción de Joni Mitchel que llevo tarareando durante semanas y que me traslada a otros escenarios en los que las ilusiones se prenden con garra por temor a ser arrancadas. No hay modo de expulsarlas y aunque la vida me haya mostrado, como en la canción, ambas caras, siento que queda el mejor trecho; no hay frustraciones ni lamentos: todo es tal y como debió ser, aunque la enfermedad se haya apoderado de mí. Sueño con ir a París, con recorrerme sus cafés con una libreta, con pasear por sus parques y embeberme de primavera, con almorzar en una terraza de los Jardines de Luxemburgo, con visitar museos y exposiciones, con rebuscar en mercadillos de ropa y antigüedades, con encapricharme de alguna bagatela que a mí se me antoje un tesoro, con enamorarme, con comprar un ramillete de flores frescas, un sombrero y contemplar los escaparates de Rue du Faubourg Saint-Honoré. Cuando las penas me sumerjan en un lodazal de lamentos, quiero recordar que amo la vida y que ella también me ama, que nada ni nadie podrán arrumbar mis esperanzas si yo no lo consiento. Lucharé con fiereza pues no quiero acabar rodeada de esas desilusiones que veo a mi alrededor, de ese aceptar lo que se tiene a regañadientes, de ese desapego de uno mismo, de ese desafecto que a ratos parece acaparar al mundo. Larga vida a las ilusiones y a esas lilas blancas y violáceas que perfuman la casa desde ayer, nunca hasta ahora me atreví a mezclarlas.

P.D.: Dejo el enlace para los interesados en el artículo que el ABC de Castilla y León publicó sobre mí y mi obra. En la foto aparezco junta a una bolsa personalizada que me encargó una buena amiga.

Romance

10 octubre 2012

Hace dos días decidí darle una última oportunidad a esta curiosa aventura mía en la costa, en la que los males no dejan de aquejarme. Una vez vencido el miedo al mar, escogí una playa de aguas tranquilas y poco profundas. Me bañaba cuando la sombra cubría ya la arena; en un par de ocasiones, contemplé el ocaso entre algas y brazadas. El mar aligeraba mis piernas que recuperaban, tras el baño, su forma habitual; los dolores se esfumaban. Luego, envuelta con la toalla, me tomaba mi cerveza y contemplaba el azul. Anteayer, conforme nadaba, sentí un fuerte impacto en el ojo. Salí del agua muy asustada y una pareja, los únicos que a aquellas horas se encontraban en el barranco donde se halla la playa, me animó a acercarme a Urgencias. Allí llegué con todo el salitre a cuestas, con un derrame, con el párpado hinchado y enrojecido y una lenteja casi negra en la ojera cuyo tamaño ha ido creciendo; ahí debió de morderme el insidioso pez que osó interrumpir mi plácido baño. Todo el párpado anda muy coloreado y la mancha invade el lacrimal y el comienzo de la sien. Los baños, de momento, están prohibidos. Si no puedo caminar ni bañarme, ¿qué hacer entonces, aparte de escribir? Primero lloré, lloré mucho y luego me reí sin parar y sigo haciéndolo porque algo así no le ocurre a cualquiera. En vez de amargarme, he pasado un día estupendo: paseé un poquito con los vendajes y las muñequeras, hice un montón de fotos, eché un vistazo a las magníficas casas que se alzan sobre los acantilados…, y lucí una espléndida sonrisa. Nada impedirá que me pierda la emoción del vivir. Todo es demasiado hermoso como para permitir que un pez malhumorado, un ojo a la funerala y unos cuantos vendajes estropeen estos días en los que las escamas lustran el horizonte. Volveré al baño, aunque tiemble al pensarlo, y disfrutaré al máximo de este Mediterráneo que tantas jugarretas me está jugando. No voy a guardarle rencor por ello; volveré, volveré muy pronto y lo haré con fuerzas renovadas.

P.D.: El post fue escrito ayer. El ojo ha mejorado mucho.

Mimos y vendas

27 septiembre 2012

La casa sigue regalándome fragancias y yo no dejo de acumular vendajes; he pretendido abarcar demasiado en apenas una semana: un traslado, la promoción de mi primer libro, la edición de una novela y un viaje que me llevará fuera de Castilla durante la primera quincena de octubre. La escritura es la que más bríos me ha absorbido; es exigente y celosa. Estoy extenuada, pero ya más centrada en esos días en la costa, que hoy por fin vislumbro y saboreo; habrá trabajo, pero también descanso. Será como un suspiro de alivio tras las sombras de los últimos años, en los que ha habido calidez, pero también espanto a cuenta de una existencia que ya ni sabía cómo encarar, por tanto proyecto frustrado, por tanta adversidad. Ahora las cosas exhiben una tonalidad más amable y acogedora y se visten de brocados y sedas; ese librillo mío sigue dándome sorpresas y satisfacciones. Hablaba esta mañana con uno de mis libreros (a finales de octubre, habrá varios puntos de venta en Madrid) y era tal el entusiasmo que M. mostraba por «Carta a Hedda y algunos cuentos» que me he conmovido. No contenta con venderlo en su librería, anda buscándome distribuidor por su barrio; ni siquiera nos conocemos. Es increíble lo que este libro tan pequeño ha conseguido y no me refiero a cifras —modestas, aunque tampoco despreciables—, sino al cambio que se opera en aquellos que lo leen. Surge en ellos un entusiasmo que les hace desvivirse por él y por mí. Me siento, pese a las vendas y al cansancio, mimada por la vida. Esos fríos y esas asperezas de estos últimos seis años, los que dejaron en el cuerpo cicatrices que de vez en cuando gimotean para engatusarme con sus lamentos, parecen ya cosa de otro tiempo. Llegó, supongo, la etapa de las bendiciones.

Dolencias y tesoros

23 septiembre 2012

Mañana de otoño gris y ventosa. El aire agita el viejo mantel setentero de una de las mesas de la terraza, dejando sus vergüenzas al descubierto; su estampado, a base de coloridas frutas y de mariposas que revolotean por toda la tela, no casa con el cielo, con esa capota que ha ocultado los azules de días atrás. Pese a todo, sigue sin llover. Me he levantado, por primera vez en varios días, descansada. Los excesos de estos días pasados me han provocado distensiones musculares en ambas piernas; tengo un tobillo vendadito. Tras el enfado inicial, veo esta lesión mía como una bendición; será la única forma de que me conduzca con sensatez. Desde que me mudé, me he sentido como una hoja arrastrada por la corriente a causa de esos ruidos que me ofuscan, de esa hiperactividad que convierte mi mente en un calabozo del que sólo ansío salir. La casa parece de nuevo un hogar; logré expulsar los aromas de sus anteriores ocupantes para así acomodar los míos, que ahora se adornan con la embriaguez de los lirios y las delicadas fragancias de las rosas. Ya con más sosiego, me esfuerzo por no pensar en los proyectos que van día a día tomando cuerpo y por no contemplar sino el aquí y el ahora. De momento, mi prioridad es conservar la salud y terminar de revisar esa novela que, en teoría, estará en las librerías a finales de noviembre; me cuesta creerlo. A partir de mañana, me pondré con ese viaje que emprenderé en una semana; no me gustar dejar las maletas para el último día y preciso de un listado de lo imprescindible. En cuanto a esas posibles presentaciones de «Carta a Hedda y algunos cuentos» en otras ciudades, dejaré que sigan su curso pues el estrés que me provocan me privan del sueño y de la cordura. Ocurrirá pronto, pero no dejaré por ello de saborear el presente, éste que poseo durante apenas un instante, pues enseguida se va y deja de existir. Entretanto, seguiré construyendo mi destino, pero sin olvidar que es ahora cuando existo.

P.D.: Los lirios me los regaló el Príncipe de Los Lirios.