Archive for the ‘Lecturas’ Category

Suave es la noche

30 mayo 2015

La lectura de «Tender is the night» de Scott Fitzgerald me desbarata la mañana, pues la parte final de la novela me atrapa de tal modo que no puedo sino aferrrarme a ella y maravillarme por el modo en que este autor norteamericano ahonda en unos caracteres, en un principio superficiales y anodinos, que transitan por la Riviera francesa de los años 20, en aquel paraíso donde tantos norteamericanos, como él mismo o Hemingway, se instalaron para codearse con lo que se consideraba la alta sociedad del momento. Book-cover-Tender-is-the-NightPese a la elegancia de la prosa y de las descripciones, hay un cierto tedio en la primera parte de la novela, que refleja el hastío de esa vida opulenta y hedonista que este escritor retrata de forma magistral. Tras esa puesta en escena, se va descubriendo la naturaleza de unos personajes a los que, de tanto cuidar las formas y buscar el aplauso, se les ha olvidado vivir y sentir, para bien y para mal, pues los hombres siempre cargamos con contradicciones, con luces y con sombras.  Surgen, de ese modo, fragilidades y miedos, los mismas que a todos nos adornan. En este sentido, Fitzgerald no se arredra a la hora de mostrar la desnudez de los protagonistas, Dick y Nicole Diver, tal vez porque él mismo se hubiera mirado a sí mismo con honestidad y desasimiento para hallar la clave de su alcoholismo y de sus abultadas desdichas; las pinceladas autobiográficas son manifiestas. Hay quien califica, por ello, a esta novela como densa y sombría, aunque a mí me haya resultado muy conmovedora. La infatigable búsqueda del amor del que no se ama a sí mismo, para quien todo siempre será insuficiente, conduce a un trágico destino del que nada ni nadie podrán salvarlo. Siempre fue así y siempre lo será.

Al Este del Edén

1 mayo 2015

imagesYa hace unos días que terminé la lectura de «Al Este del Edén» y sigo aún bajo sus influjos. Soñaba anteayer con sus personajes; hombres y mujeres que anhelan, gimen y ríen y buscan con mayor o menor acierto su pedazo de cielo. La compasión que siente Steinbeck por el hombre estaba ya presente en «Las uvas de la ira», pero en esta novela, que él consideró su obra maestra, penetra el autor de tal modo en la condición humana que uno, al leerlo, cavila sin querer y aun se entiende a sí mismo y a aquellos que más dañan. Conforme se va desgranando la historia, dan ganas de abrazar a la humanidad entera, de desprenderse para siempre de juicios y de injustas condenas y de vestirse con la piel de los otros. No hay buenos ni malos, aunque a muchos interese esta simplista división para librarse así de la carga de mirarse a sí mismo para verse de veras. Está comprobado que cuando la vida golpea, tendemos más al mal. Es fácil ser bueno cuando se disfruta de una cierta salud, de una cuenta corriente que, sin ser abultada, satisfaga las necesidades esenciales y cuando nos rodea un entorno mullido en el que, pese a las rencillas, quepan también apoyo y consideración. Si todo se pierde, afloran entonces las debilidades y uno, de no ponerle remedio, se convierte en un feo y malvado diablillo que hasta cree hallar consuelo en el mal. Hay esperanza pues hay elección, independientemente de los derroteros; incluso en las circunstancias más terribles puede uno elegir la verdad y cobijarse bajo sus alas. El más preciado de los bienes es el libre albedrío y el hombre, en el ejercicio de su libertad, puede siempre escoger entre el bien y el mal. Siempre.

De nosotros depende

29 marzo 2015

w290-1Leo en este Domingo de Ramos a Jiménez Lozano, cuyas palabras son siempre un acto de amor, por el hombre y para el hombre. Hay belleza y hay esperanza, pese a que la humanidad ande cabizbaja y aturdida en medio de un mundo henchido de ruidos y tristezas, en el que se confunde el oriente con el occidente por ese navegar según las corrientes que frecuenta la mayoría, sin cuestionarse siquiera ni su destino ni su procedencia, por ese vivir a merced de los impulsos y de las apetencias, sin cuestionarse tampoco las contradicciones que surgen en el camino y que se acatan por obediencia al qué dirán. En medio de esta confusión, hay unos pocos que portan ramas de olivo, de laurel, de romero, palmas lisas o trenzadas que adornan las puertas de sus moradas para recordar la muerte, que siempre tiene sentido, y la resurrección que trae consigo la extinción de la vida, pues no somos meras piedras del camino. Y esos pocos sí saben hacia dónde van; se desconoce el itinerario, pero se conoce el paradero que acabará en un lugar que, de ser felices, ya estaríamos paladeando y al que no maldeciríamos de continuo. Es simplemente la eternidad que ya en esta vida tiene asiento y que, de hecho, hunde sus raíces en nuestra existencia. Todo depende de nosotros, de lo que hagamos, de lo que decidamos, de lo que nos propongamos ser, del amor que derramemos en el hacer y deshacer diarios. La infinitud es sencilla y se arrellana en una humilde sonrisa.

P.D.: Leo en estos momentos, cuando mis pobres ojos me lo permiten, «Abram y su gente» de José Jiménez Lozano.

Circunstancias

22 marzo 2015

La primavera ha traído consigo vientos que golpean las persianas y llenan la noche de terribles gemidos, pero también flores y verdina que alegran los árboles cuya desnudez hace no mucho estremecía. gucciB4501Aquí seguimos con la fatiga ocular, con un torreón de libros por leer y con insaciables escritos que todo lo ansían; con tal de cobrar vida y de revolotear, se apropian hasta de la sangre de la autora y viven sin remordimientos a costa mía. Nada novedoso, por otra parte. Y pensaba esta mañana, mientras faenaba en la casa, que los fracasos son mi principal acicate y que sin ellos, estaría yo perdida. Sé que algunos disentirán de mi parecer y hasta me tacharán de loca. Sé también que algunos seguirán achacando sus frustraciones a las circunstancias y creerán que, de haber sido otro su contexto, la vida los habría inundado de sabrosas dádivas.  Disiento; aun en las más penosas circunstancias puede uno cambiar de rumbo y frecuentar, si así lo desea, nuevos derroteros. Atrincherarse en los escenarios habituales con mil y una excusas es no producto de las circunstancias sino del miedo. Uno siempre puede ser lo que desea ser y no lo que supuestamente la vida decidió por él. El libre albedrío es una muy útil herramienta de la que no siempre echamos mano, pues hacerlo requiere coraje. Sin decisión, estamos abocados a una vida insulsa que nos resulta extraña y pesada. Sin decisión, estamos abocados a la frustración de forma irremediable. Dejemos, pues, a las circunstancias tranquilas.

Retorno de un cruzado

5 octubre 2014

Llevaba meses postponiendo la lectura de «Retorno de un cruzado» por esa manía mía de leer únicamente en inglés tan pronto se asienta el verano. descargaEl miércoles decidí hacer un paréntesis y saborear la última novela de José Jiménez Lozano. Conforme degustaba las páginas de este asombroso librillo, brotaban risas y lágrimas; su prosa y sus cosas conmovían, las nostalgias se removían y las sombras del porvenir a ratos oscurecían ese pasillo por el que las horas desfilan. He contemplado los retazos de un mundo que existió hace no demasiado y que se fue diluyendo en ese afán de cambiar las cosas porque sí, sin ninguna razón de peso y de consenso. He rememorado también las dulzuras de la niñez, las meriendas de chocolate y picatostes,  las hermosuras que se posaban en el alma por aquella limpieza que la vida alentaba en el hombre. Ocurrió, claro, antes de que la grisura se apropiara del colorido del mundo para pintarlo de gris y cubrirlo de tristes cenizas, antes de que robaran las esperanzas y las verdades para sembrar, en su lugar, miedos, mentiras y desazones. Claro que si uno piensa un poco, como lo hace este cruzado, caerá en la cuenta de que a nadie le arrebatan nada que no quiera entregar; de haberlo deseado, habríamos todos conservado la esencia aun a riesgo de desafiar a tirios y troyanos, aun a riesgo de pagar un precio por semejante singularidad. La paz del alma reside en la libertad y no en seguir ridículas modas que a nadie hacen feliz y que en vez de embellecer la vida, la afean hasta desfigurarla y hacerla insufrible. Aquellos tiempos veraces en los que la poesía se paseaba por todas las estancias, hasta por las más fúnebres, regresarían si lo deseáramos, si pusiéramos los medios para acogerlos de nuevo.

«Retorno de un cruzado» es un buen comienzo para adentrarse en el mundo de este fantástico y prolífico escritor. Está publicado por Ediciones Encuentro.

Agosto

13 agosto 2014

Y se asentó agosto con su frescura, con esas mañanas luminosas y lozanas en las que el frío azota el rostro de una manera delicada, dormitorio blanco bohemiocomo si quisiera anticiparnos el otoño sin robarnos aún el verano. Los días se acortan y uno se recoge antes; la vida resulta así más placentera y racional. Está siendo un verano muy curioso, en el que cabe un poco de todo. Pese a las circunstancias, siento gratitud por cuanto recibo, aunque a veces duela un poco; cada día es un regalo, un paquete cuidadosamente envuelto en el que se encuentran asombros y aun tesoros. Aunque también me enfurruñe, no dejo que los reveses me vistan de miedos y angustias. Vivo el día a día y dejo que la vida me sorprenda: todo posee significación, nada se abandona al buen tuntún; el azar carece de atributos en mis azarosos y, a un tiempo, tranquilos días. Las lecturas se suceden sin descanso; ya no me permito leer en español, sólo lo hago en inglés aun cuando algunos libros reclamen mi atención de forma poderosa, como «Retorno de un cruzado» de José Jiménez Lozano; guardo un ejemplar dedicado por el autor y de vez en cuando lo hojeo y acaricio. Proyecto planes ambiciosos y alocados que, pese a su audacia, cada vez me se me antojan más cercanos y verosímiles. Estoy dolorida y no puedo por ello nadar; no importa, no importa. En realidad, nada importa si se deja que la vida siga su curso y nos lleve al lugar que nos corresponde.

Fríos y nadas

10 julio 2014

Todos se quejan del frío, de estos vientos frescos que azotan árboles y arbustos y que por la noche gimen de tal modo que uno se estremece y hasta teme dormirse por miedo a ser arrollado por una pared. Samuel Melton FisherAcojo con júbilo esta cálida primavera, aunque los baños en la piscina sean más cortos y complicados; he de cambiarme el bañador tan pronto salgo del agua para no pescar una pulmonía. Mientras me tomo una cerveza en la terracita de la cocina, el rincón más recogido de la casa, el pelo se me va secando. He superado con éxito la neurosis que me aqueja siempre que un texto se me atraganta, cuando por mucho que lo mime, me sigue saliendo del revés. Tras un par de días de rabia y lamentaciones, he regresado a él. Podría dejarlo para más adelante, ahondar en otros escritos…; la testarudez tira de mí de tal modo que resulta difícil resistirse. La vida es sencilla, la casa está organizada, la lectura y la escritura me tienen absorbida y el tiempo de asueto lo destino a nadar y a ver películas. En cuanto a las arañas y a sus filigranas, he bajado un poco la guardia; me pasaba el día en las alturas, deshaciendo telarañas. Pese a algunas turbulencias, está siendo un verano plácido, lleno de esas tontas ocupaciones que tanto placer reportan, lleno de esas nadas que componen la vida.

P.D. 1: Os recomiendo un nuevo blog escrito por un psicoterapeuta, Pedro Martínez Cano, el mismo que prologó mi libro «Cuadernos Azules». Un verdadero lujo.

P.D. 2: Mi PC lleva todo el santo día actualizándose y siempre son ocho las actualizaciones; el rendimiento del mismo ha bajado considerablemente ¿Sabe alguien qué he de hacer para parar esta locura?

Meditaciones nocturnas

26 mayo 2014

Los campos ya se han dorado, aunque todavía algunas espigas conserven un verde desvaído; son como esas hojas que en otoño se niegan a amarillecer. Entre la cebada, surgen amapolas como acalorados centinelas, mientras en las cunetas se apiñan flores silvestres de variados colores y multitud de gramíneas salvajes que ahora cobran una tonalidad berenjena. E. VuillardAl subir la cuesta y con esa luz crepuscular que esplende justo antes de irse el día, un humilde campo de guisantes ha asemejado a un preciado y exótico cultivo. Son, por otra parte, días confusos en los que estornudo mucho y descanso poco. A eso de las tres y media, me despierto con el ardor propio del Séptimo de Caballería y a veces hasta pasadas las cinco, el ojo sigue abierto mientras mascullo barbaridades. Anoche recurrí a la meditación que hace años me recomendó un trapense; sólo me acuerdo de ella cuando la desesperación me hace presa. Ni siquiera me incorporé, seguí acurrucada entre las sábanas mientras me dejaba acariciar y arrullar. Me dormí muy tarde y cuando esta mañana me levanté, supe que iba a ser un mal día, que nada podría acometer por falta de energías. Sin embargo, la meditación hizo su efecto mientras la hacía, mientras dormía o mientras la hacía en tanto dormía. Pese apenas haber descansado, he revisado un relato y he concluido ese libro de Thomas Hardy que ya daba por imposible, por la dificultad que entraña leer a este caballero en su lengua materna, a causa de la riqueza de su prosa y de la profusión de métaforas, modismos decimonónicos, alusiones bíblicas y mitológicas. Había decidido hace unos días no regresar a él hasta pasado al menos un lustro. Esta tarde, sin embargo, animada por los bríos de la meditación nocturna he decidido comenzar «The Mayor of Casterbridge» al tiempo que releo los hermosos diarios de Thomas Merton. En un rato, me sumergiré en una nueva meditación nocturna.

Caprichos

7 mayo 2014

En primavera, las temperaturas danzan a capricho y si escalan alturas elevadas, me desplomo. En estos días me tengo prohibido salir de casa, pero esta mañana, ¡tonta de mí!, salí a cortar unas rosas, cuando el calor ya golpeaba, y desde entonces apenas me concentro en nada y a cada poco cierro los ojos para librarme de la desgana. AlexisEscucho entonces los rumores de la primavera que son bellos y cristalinos; los pájaros trinan con inusual viveza, las moscas buscan acomodo y a veces golpean los cristales con testarudez y las abejas emiten sus habituales zumbidos en una atmósfera en la que reina la quietud, aunque la efervescencia de la vida se acabe imponiendo aun en medio del silencio. Y pensaba esta mañana cómo podría disfrutar de estas lánguidas horas en un piso, en la ciudad; me vería obligada a acercarme a un parque y a agotarme aún más. En estos días de mayo, pese a la atonía propia de la primavera, es cuando más disfruto de esta casa, cuando menos me quejo de ella, cuando más agradezco al cielo el permitirme habitar entre sedosos campos de cebada que ahora se tersan y cobran otra tonalidad, más tenue y a un tiempo más fulgente; cuando la vista los contempla, dan ganas de alargar los brazos y de acariciar las espiguillas para sentir su cosquilleo y su aroma.

Sigo con mis escritos y con mis lecturas. Después de «Cranford», eché mano de uno de aquellos volúmenes que vinieron hace tiempo desde Córdoba en cajas de cartón y me topé con una bonita sorpresa, «A death in the family» de James Agee; me recordó algunas cosas que últimamente había olvidado y me estremeció con sus bellas palabras, con vocablos envueltos en exquisita poesía que he buscado una y otra vez en mi diccionario de inglés con la esperanza de retenerlos y de quizá recrearlos. Thomas Hardy es ahora el objeto de mis desvelos.

P.D.: El vídeo es de Jane Burden Morris.

Cranford

25 abril 2014

Esta mañana terminé una deliciosa novela, «Cranford» de Elizabeth Gaskell, con muy buen sabor de boca. 1920575_657600477639423_563970006_nAdoro esos ambientes provincianos y victorianos en los que priman el decoro y las buenas costumbres, en los que se aprecian los detalles y lo pequeño se engrandece hasta transformarse en acontecimiento. El día a día es ya una gran gesta, pues vivir cuesta. No se rehuyen, sin embargo, los sacrificios ni las responsabilidades, sino que se abrazan y se sobrellevan con dignidad y unos y otros, pese a las rencillas, se apiadan de la dificultad ajena; las decisiones las determina no tanto el interés personal como el general; no se satisfacen las apetencias de cualquier manera y muchas veces son ignoradas para no dañar a otro o para procurarle un bienestar que precisa o desea. Poco que ver con la sociedad actual en la que se persigue acumular cachivaches, buscar distracciones a toda costa, presumir de supuestos logros que ni se disfrutan y procurarse placeres cada vez más sofisticados y más huecos de contenido. Se llenan los espacios con de todo, excepto con lo que se debería; los semblantes lucen poco, pues los ojos apenas brillan: se desea cuanto no se atesora y una vez alcanzado el bien soñado, el vacío y la impotencia persisten.

Las lilas ya murieron y apenas quedan algunos ramilletes diseminados por el arbusto; ahora es tiempo de rosas y en esta estancia en la que trabajo he colocado dos jarroncitos: en uno, un par de racimos de lilas blancas escoltan a la rosada rosa; en otro, más grande, sólo una hermosa y fragante rosa amelocotonada; esto es cuanto ahora importa, aparte de la colada y de esa habitación que luego aspiraré y fregaré.

P.D.: El vídeo es de Jane Burden Morris.