Archive for the ‘Invierno’ Category

Poderes

2 febrero 2020

Todos sobrellevamos frustraciones y corremos el riesgo de convertirnos en cascarrabias quejicas o incluso en seres malvados deseosos de pagar con el prójimo esos miedos que de rato en rato nos aquejan; es cuando somos incapaces de gestionar el torrente de emociones que nos genera el continuo dudar de la valía. No es, claro, matemático pero sí he comprobado que aquellos que más frecuentan el mal, hasta el punto de convertirlo en su “modus operandi”, son inseguros que, a falta de imponer sus criterios en el devenir de sus vidas, los aplican a la fuerza en destinos ajenos deformando existencias y provocando muchísimo sufrimiento. Los males que trae consigo el no saberse conducir con mesura son temibles, terribles y desconocen límites. Y aun sabiéndome yo muy imperfecta, no puedo evitar que la pertinacia en el mal socave mi percepción de la naturaleza humana. Y aunque me esfuerce por dirigir la mirada hacia las hermosuras del alma, tropiezo a diario con demasiada fealdad y apenas sé cómo digerirla. Y a veces, a la vista de las indignidades que a diario contemplo, desconfío en que nos aguarde un porvenir halagüeño. Como no soy propensa a desconfiar del todo, pese a que algunos exhíban sin recato su lado más perverso, recuerdo de nuevo que la vida es más justa de lo que a simple vista parece; sólo hay que esperar y confiar en que lo bello, bueno y verdadero acabe conquistando realidades y corazones. La paciencia y la espera son, sin duda, mis mejores artimañanas y también mis mayores poderes. Sin ellos, ni vivir ni avanzar podría.

Ridiculeces

7 enero 2020

Y comienza un nuevo año con su correspondiente ristra de propósitos. Estos días navideños me han servido para descansar y constatar mis sospechas: he estado haciéndolo  todo muy mal, atiborrándome de obligaciones y ahuyentando de mi vida cualquier asomo de jolgorio. Me he ausentado de museos, exposiciones, cines, buenas lecturas y, en general, de cuanto la vida de bueno propone por obcecarme en una absurda ambición que me ha consumido en todos los sentidos, dejándome escuálida de peso y de ilusiones. Uno ha de alimentarse de viandas y de bonitas imágenes y, para ello, hacen falta distracciones, mucha galbana y existir un poco a cámara lenta. Sentarse a no hacer nada o tumbarse en la cama a contemplar techumbres cunde más que cualquier sesudo seminario o tarde de estudio; si bajo la guardia, la intuición se frota las manos pues sabe que ha llegado su momento de gloria. Y esos instintos son siempre sabios pues saben de anhelos y de lo que de veras sustenta vidas y alientos. Sin ese alimento, el alma fenece y se llena de miedos y oscuridades; todo entonces parece más tétrico y feo. La intuición envalentona los corazones y nos retrotrae a los deseos de la infancia, que son los verdaderos; los otros, los de los mayores, son bravuconadas que nos fabricamos para encajar en ese mundo de supuestos adultos en el que decidimos morar para darnos más importancia de la que poseemos. Para recuperar los bríos, opto en este Año Nuevo por la ridiculez, por esas fantasías que las mentes “maduras” desprecian para aferrarse con fiereza a ese inhóspito paisaje en el que ni caben ni dichas ni frescuras. La niña que soy será siempre más sabia y maga que la adulta a la que a ratos he pretendido emular, aunque haya casi siempre fracasado, por ser yo mala simuladora. Sé que me aguarda un año bisiesto repleto de ridiculeces y, al escribirlo, sonrío a raudales. Os deseo un feliz y muy ridículo 2020.

Incontables bellezas

6 febrero 2019

Fríos muy fríos alternan con soles que saben a gloria. Entre calamidad y calamidad, se cuelan rayitos de esperanza con melodías de luz y verdad. La esperanza es más certera que el desespero; se asienta sobre una base tan sólida como los cimientos que sustentan robustas moradas. En cierto modo, la esperanza es un lugar en donde habitar; es una estancia acogedora en la que la pulcritud se enseñorea de suelos, techos y ventanas. Donde hay orden, hay virtud, limpieza, discernimiento y también bondad. Donde hay desorden, hay impaciencia, aspereza, cerrazón y hostilidad; en el caos, las maldades hallan más acomodo por no dejarle espacio al raciocinio, al repensar las cosas para verlas, así, en su verdadera consistencia, y no en las texturas en las que las envolvemos. Sí, sí: hay males, muchos males, pero culpar al otro de los estropicios nada soluciona. Asumiendo responsabilidades, uno acaba tropezando con las verdades y las mentiras que también nos componen. Y, de este modo, se selecciona lo que nutre, lo que alienta ese alma, sedienta de bien y belleza, que tantas veces agoniza en el desconcierto. Esperar, por tanto; esperar contra todo pronóstico; esperar que lo sólido se deslea en una atmósfera gélida. La confianza es un ungüento que cura gangrenas; la esperanza resucita lo que matamos a diario por miedo a toparnos con nosotros mismos, con nuestras miserias y también con nuestras incontables bellezas.

“Entonces, alma, fíjate en tu propia belleza y entiende cuál es la belleza que debes amar”.

—San Agustín.