Archive for the ‘Familia’ Category

Silencios

28 septiembre 2010

Esta mañana mis actividades se han visto interrumpidas por una llamada de teléfono. Un familiar mío, muy cercano, se había puesto malito y no había forma de localizarlo. Mientras hablaba con mi cuñada —ella fue la encargada de avisarme— en vez de manifestar mi preocupación y mi angustia, que era lo que, sin saberlo, estaba sintiendo, comencé a desgranar una serie de argumentos que ni venían a cuento ni reflejaban mi verdadero estado de ánimo; parecía como si la noticia apenas me hubiera afectado. Cuando colgué, empecé a temblar y durante unos minutos llegué a bloquearme.

Una vez más he escondido mis emociones,  para tal vez ignorarlas y seguir con mis cosas como si nada hubiese ocurrido. Así es como he venido actuando a lo largo de mi vida. Me he acordado, por ejemplo, de la muerte de mi abuela. Fingí no sentir su ausencia y sé que mi frialdad sorprendió a muchos; sólo mi madre pudo vislumbrar mi dolor. Me comporté  como si  no fuera a afligirme, pero lo hizo.  Moraleja: de ahora en adelante, si algo me duele, procuraré manifestarlo. Es cierto que he hecho muchos progresos al respecto, pero parece que todavía algunos comportamientos se resisten a abandonarme.

P.D.: Afortunadamente, todo ha quedado en un susto.

Pandemónium

15 septiembre 2010
Parece que el verano toca a su fin y yo, en vez de alargarlo, sólo pretendo adelantar su defunción para que deje de golpearme con esa saña que sólo gasta la desesperación. No ha habido playa, tampoco piscina, sólo hospitales, infecciones y angustia, mucha angustia. No he podido elegir, como otros hacen, compañero  de piso y este año, en vez de pasar el estío sola, lo he compartido con alguien que sufre, que sufre a causa del abandono y de sus propias adicciones. Hemos estado desintoxicándonos, aunque a mí no me correspondiera hacerlo porque, de momento, no estoy enganchada a ninguna sustancia o actividad nociva para la salud, sin embargo, me ha tocado vivirlo a la fuerza, sin quererlo, sin siquiera decidirlo. He conocido el chantaje emocional, el abandono de los amigos( ¿quién va a sustituir los amorosos brazos de un libro y la piscina por las cuitas de una amiga?) y el de los allegados: Al no cumplir con sus expectativas, lo que les hubiera permitido liberarse de su parte en esta historia, me han ninguneado y ello pese a saber que yo era la más débil, la que más posibilidades tenía de romperse. Y me he roto, y me he roto, y me he roto ¿Cómo es posible que algunos puedan seguir adelante con sus vidas, sin inmutarse, cuando alguien muy cercano a ellos se está haciendo añicos? Me sorprende a cada rato la belleza de la vida, la bondad que encuentro en los lugares más insospechados, los pequeños gestos que me reconcilian con la existencia cuando ésta se torna imposible. Me sorprende también, aun estando acostumbrada a él, el egoísmo; me refiero al acendrado, aquel que insensibiliza hacia el dolor ajeno de suerte que todos pueden verlo excepto el que lo padece. Si a esto se añaden unas gotitas de odio, ignorancia y envidia, tenemos el «cocktail» perfecto. Un brebaje, sin duda, amargo que cada día algunos ingieren para evitarse complicaciones y, de paso, infligir dolor a los que le rodean, aunque éstos no hayan hecho sino amarlos y protegerlos. Gracias a Dios, estoy libre de esas pócimas, lo que no quita que tenga que apechar con sus consecuencias. Sin embargo, como siempre digo, la verdad, aquella que algunos se afanan en ocultar para no ser descubiertos, no sea que al asomarse su secreto dejen de ser queridos, acaba invariable inundándolo todo y aun iluminando los rincones más oscuros. Además, sé por experiencia que la justicia acabará paseándose por estos lares, sólo es una cuestión de tiempo, y despojando de su máscara a quienes fingen ser quien no son y proyectan sus miserias sobre los demás. Tengo, no obstante, que aprender a vivir con los juicios ajenos. No quiero que la opinión que los otros tengan sobre mí, por muy equivocada que sea y por muy allegados que éstos sean, ejerza ya poder sobre mi persona. Emitieron su dictamen hace tiempo, sin dejar que los matices con los que el amor hermosea las cosas se posaran sobre mí, sin dejar que la luz me iluminara, pues ésta hubiera podido delatarlos. De ahí que vivan en las tinieblas,  en la mentira; de ahí que, pese a que la vida los trate con benevolencia, luzcan tristeza en la mirada y, sobre todo, un vacío pavoroso en el que uno teme asomarse so riesgo de precipitarse al abismo ¡Bendita verdad!, ¡dulce y dorada claridad!

El verano que viene será muy diferente a éste; tengo firmes propósitos al respecto.  A ellos me referiré otro día. Prefiero, de momento, centrarme en el aquí y el ahora, puesto que sólo en este lugar se vive bien. Voy a tratar que las descalificaciones, las amenazas, los desprecios y los juicios dejen de minarme ¿Cómo hacerlo? Aceptándolos, pese al dolor que me provocan, y dejando de pelearme con ellos porque mi organismo hace meses que dijo basta. Ni me aceptan ni me aceptarán; debo asumirlo, me guste o no. Pretendo, asimismo, que mis acciones no estén determinadas por los miedos que a veces se me meten en el cuerpo y por los deseos de los otros, sino por los míos propios y por lo que mi conciencia, siempre alerta, me dicta. Puede que no haga muchos amigos, puede que hasta alguno se quede en el camino, puede que me odien más de lo que ya lo hacen y me temo que sus ataques serán más y más furibundos. Estoy preparada para el combate. Tengo el ánimo y la salud quebrantados; cuento, sin embargo, con un gran aliado, poderoso y obstinado: LA VERDAD que viene a ser lo mismo que la belleza. Sigamos siendo bellos, o al menos intentándolo, pese a que nos vapuleen sin descanso. La luz siempre siempre se impone a las tinieblas. Siempre.

Pese a la extensión de este «post», no me resisto a terminar con unos bellos versos de J. Keats:

Lo hermoso es alegría para siempre:
su encanto se acrecienta y nunca vuelve
a la nada, nos guarda un silencioso
refugio inexpugnable y un reposo
lleno de alientos, sueños, apetitos.
Por eso cada día nos ceñimos
guirnaldas que nos unan a la tierra,
pese a nuestro desánimo y la ausencia
de almas nobles, al día oscurecido,
a todos los impávidos caminos
que recorremos; cierto, pese a esto,
alguna forma hermosa quita el velo
de nuestro temple oscuro…



Consejos gratuitos

4 julio 2010

Durante estos días he aprendido varias cosas. Una, la  más dolorosa, que estoy sola: aun cuando estuviera agonizando en una cama, ningún miembro de mi familia vendría a verme. Ellos son así y, según parece, no tienen visos de cambiar. Ese abandono acentúa aún más mi  soledad, mi precariedad, con las que convivo desde hace lustros y a las que, de momento, no puedo esquivar. Dos: hablar de mí lo menos posible, especialmente con aquellos que, poco acostumbrados a adentrarse en el otro, dan consejos gratuitos y juzgan con la misma dureza con la que se enjuician a sí mismos. De eso sé yo un rato y no me gustaría volver a las andadas. Soy quien soy, y no quien los demás quisieron  que fuera. Guardaos vuestras frustraciones; a mí no me hacen falta. Por fin, puedo hablar de ello, porque el dolor se ha ido disipando, pero durante días  he ignorado el dichoso correo para no alimentar mi congoja.

P.D.: Pese a todo, S. me ha llamado varias veces. Si no hubiera tenido boda, habría estado aquí conmigo. Por cierto, acaba de irse y me ha dejado un hermoso ramo de margaritas en un recipiente azul.

Tengo a la muerte en casa

30 junio 2010

Ayer mi padre decidió venirse a vivir conmigo, al menos durante el mes de julio. Pasé una tarde muy angustiosa. La convivencia es siempre difícil, sobre todo si uno lleva lustros viviendo solo, como es mi caso; pero las dificultades crecen si ese nuevo inquilino aparte de habitar, se destruye delante de tus narices, día tras día. Hace tiempo que dejé de juzgarlo porque si yo estuviera en su lugar, haría lo mismo que él; razones no le faltan. Hay días en los que, para sobrevivir, necesitaría drogarme o beber hasta perder la consciencia. No lo hago porque ahogo mis penas nadando y rezando. Es Dios quien me sostiene, el que permite que, pese a todo lo vivido, siga viva. Sé que hay muchos que no creen en Él; yo, en cambio, no puedo dejar de hacerlo porque Él me salvó de la muerte y me sacó del infierno en el yo vivía.

Ayer la muerte estuvo en mi casa, quiso llevarme con ella, pero no pudo.  Aquí estoy estremecida y llena de contracturas, pero viva; no las tengo todas conmigo, empero. Ayer también supe que una amiga se iba este verano a NY. Sentí envidia, porque yo, en vez de visitar museos, contemplo cómo mis seres más queridos se fustigan y se arrancan cada día un pedacito más de carne.  Sólo les quedan los huesos y la mayoría están quebrantados, porque se los han ido también rompiendo uno a uno de suerte que van arrastrándose. Este verano, en vez de viajar, lucharé con rosas marchitas y hojas de ciruelo para que la muerte no me lleve con ella, porque no me toca todavía, aunque no sé si podré hacerle frente porque mi cuerpo, de tanto combatir, está también maltrecho y necesita descanso.   También ayer descubrí que el mes de agosto tendré, me guste o no, que abandonar esta casa. Vivamos el aquí y el ahora. Tal vez antes de que concluya el mes, todo se solucione y no tenga que trasladarme, después de todo.Tal vez una vez más se obre el milagro. No tengo adonde ir.  Una amiga me decía que todo cuanto me ocurría se debía a que mi vida estaba fluyendo y yo me alegro por ello, pero preferiría que por un tiempo se estancara. Sólo un poquito.

Nevada

29 abril 2010

Son más de las 5 de la madrugada. Llevo varias horas tratando de conciliar el sueño. El día ha venido tan cargado de emociones que resulta difícil asimilarlas. Estoy contenta, tengo un año más y, tras muchas aventuras, he acabado topándome  con esa dicha que parecía empeñada en rehuirme. El día empezó mal, muy mal. Conforme la mañana  fue transcurriendo, empeoró. Al mediodía, sin embargo, cobró otro tono y hubo hasta risas. Tras la comida, volvieron las lágrimas, aunque esta vez pude contenerlas. Decidí ir a ver a mis sobrinos y el ánimo mejoró. Hice unos recados y muerta de cansancio, por las fatigas y el calor, cogí el coche para regresar a casa. Paré en el supermercado. Allí recibí una llamada de felicitación que, por no esperada, me llenó de gozo: era de una amiga que acababa de dar a luz a su primer retoño. Esta semana, en cuanto se asiente un poco y se acomode a esa hija que, de seguro, le cambiará la vida, me pasaré a conocer a ese hermoso bebé (3,800 y 55 cm), del que me da la impresión voy a disfrutar mucho.  Ya en casa, y con las bolsas de la compra dispersas por el vestíbulo, recibí otra llamada: era de mi prima, no a la que me he referido en diversas ocasiones en este blog, sino su hermana. Me invitó a cenar a su casa y luego nos acercamos al bar de la esquina, a reunirnos con su marido y unos amigos. Nos pedimos dos gin tonics, charlamos y tan pronto nos emocionábamos como reíamos. Nos pidieron una segunda ronda, pero menos cargadita. Tenía que conducir y no llegué a terminármelo. Según salíamos del bar, a eso de la una de la madrugada, mi prima se fijó en el halo de la Luna. Alcé la vista y me di cuenta de que no sólo refulgía sino que nos miraba, nos envolvía, de modo que nosotras también resplandecíamos, y nos arrojaba pétalos de rosas, como los de Santa Casilda.  Hemos llegado a casa con las cabezas  y los hombros nevados;  me he guardado algunos pétalos en los bolsillos.

P.D.: Finalmente, no pude comer con mi padre. El pobre se puso malito, pero ya está mejor. Sólo tiene que cuidarse y dejar de hilvanar cigarrillos.

Mi papá me ama

26 abril 2010

Hoy no se me ha quemado la comida. Tengo una olla destartalada que todo me lo desbarata. A veces tarda tanto en subir el pitorro que, cuando quiero moderar el fuego, ya el interior huele a chamusquina. Ese olor se empeña en perseguirme y aun en aprisionarme, pero no lo va a conseguir; o, más bien, no lo van a conseguir porque la justicia, aunque a veces se haga esperar, siempre acaba asomando.   Son almas ásperas; ni una palabra de aliento, ni un gesto de interés por lo que soy, por lo que hago, sólo desaliento, desánimo y apretura. No entienden de sueños y aun desprecian la Belleza ¡ Qué pena no amar pudiendo hacerlo! Sin embargo, hay quien a fuerza de mirarse el ombligo, tal vez por ser a su vez víctima del desprecio, olvidó la existencia del otro y, a no ser que éste, le proporcione algún bien, ¿para qué ocuparse de él?

Tal vez por ello me empeñe tanto en llenar la casa de primavera porque, pese a que los termómetros hayan subido, mi corazón está todavía entumecido por el frío, por el dolor y por el silencio.  Nada he de temer, nada, aun cuando parezca tener todo en contra, porque  Dios me ama y una vez me dijo, entre halagos, que no me aguardaban sino bendiciones. Y yo me lo creí a pies juntillas, porque un padre como Él nunca incumple sus promesas. Soy su niña, la niña de Sus ojos.

«Con gozo me gozaré en Yahvé,

exulta mi alma en mi Dios,

porque me ha revestido de ropas de salvación,

en manto de justicia me ha envuelto…

Porque como una tierra hace germinar plantas

y como un huerto produce su simiente,

así el Señor Yahvé hace germinar la justicia…»

 Isaías 61- 10-11

 

Y, aparte de hacer  justicia, engalana, para que aquella, de la que todos se burlaron, brille para asombro de todos:

Serás corona de adorno en la mano de Yahvé,

y tiara real en la palma de tu Dios.

No se dirá de ti jamás «Abandonada»,

ni de tu tierra se dirá jamás «Desolada»…

Isaías 62, 3-4

 

P.D.: Mientras escribía los versículos de Isaías, me ha llamado mi padre. Me ha propuesto comer juntos el miércoles; no estaré sola, como temía, el día de mi cumpleaños. Este hombre bueno y justo, que a todos respeta, es el mejor padre que nadie pudiera tener. El mejor.

Día rojo

24 febrero 2010

Aunque me he levantado con el pie izquierdo, he ido enderezando la mañana hasta que una llamada de teléfono ha irrumpido en mi trabajo. Normalmente tengo el teléfono desconectado y el móvil ( lo que en América llamáis celular) encendido, pero no siempre lo cojo porque si pierdo el hilo luego no siempre logro recuperarlo. La llamada era de Madrid: pensé que podría tratarse de alguna editorial, así que he contestado. Era una conocida que me llamaba para recabar información sobre un asunto concreto. Hacía mucho que no sabía de ella, así que nos hemos extendido y hemos charlado durante un rato. De pronto, me ha invadido una gran angustia. No era porque esta chica hubiera interrumpido mis quehaceres. No. La causa ha sido otra bien distinta.  Me ha preguntado por la familia, especialmente por alguien que me es muy querido y al hablar de él y de su situación me he descompuesto por completo hasta el punto de verme  obligada, con el pretexto de la vuelta al trabajo, a cortar la conversación. El caso es que hay días en las que puedo hablar sobre ello con naturalidad, sin alterarme, sin perder el ánimo, pero hoy parece que estoy más débil; no sólo no me acepto a mí misma, sino que tampoco acepto el dolor de los que me rodean, ese terrible sufrimiento frente al que yo, como hace tiempo aprendí,  nada puedo hacer.

En apenas unos minutos me he contracturado de arriba a abajo; me he visto obligada a tomarme, tras una tila doble, un tranquilizante.  Sé, no obstante, que el día acabará bien. Mis “días rojos” ( acordaos de Holly en Desayuno con diamantes) suelen tener un final feliz. La vida, pese a todo, es bella.

Corazón roto

12 febrero 2010

Ayer me levanté contenta, llamé a varias editoriales, escribí cartas de presentación y mandé el manuscrito a dos de ellas. Fue al llegar la tarde, al terminar el trabajo, cuando me llené de zozobra. La compañía de mis semejantes, a veces huidiza, me era vital. Llamé a varias personas ( a muchos no podría calificarlos de amigos, pero de algún modo tenía que librarme de la inquietud) envié mensajes, pero no sirvió de nada.  Mi prima, mi gran consuelo en estos casos, estaba de viaje. No podía soportar el desasosiego y, sin avisar, me presenté en casa de mi hermano a eso de las 9 y media de la noche. Sabía que no iba a recibirme con los brazos abiertos, pues mi presencia, lejos de alegrarle, le incomoda. Conforme me dirigía al portal, pensé que tal vez esa noche se produciría el milagro y que, aunque llegara sin avisar, a la hora de los baños y de las cenas, me acogería con el mismo cariño con el que mi prima me recibe en su casa cuando está ajetreada en mil y una tareas. Estos días de frío, en los que no apetece ni coger el coche, los he pasado en su casa: allí ceno ( a veces me llevo mi propia cena, a veces comparto la suya) sin tiritonas, hago mis estiramientos en su cálida alfombra y, si se tercia, me veo una película con su marido. En esa casa, en la siempre hay montañas de ropa por doblar y de calcetines desparejados, hay tanto amor  que uno se siente reconfortado y muy, muy a gusto. Todos los que allí habitan son entrañables: mi prima, su marido, sus tres hijos y hasta el pequeño, que se quejaba de mis visitas, se ha acostumbrado a mi presencia.  En esa acogedora casa, dentro de ese desorden que a mí me parece bello, existen también horarios; pero,   por encima de los horarios, están las personas. Recuerdo una vez, pasada la medianoche, a mi prima ayudándome a achicar agua del cuarto de la lavadora. Recuerdo también que una noche la llamé al móvil a las cuatro de la mañana.  Ella supo que algo grave me ocurría para atreverme a interrumpir su descanso: charló conmigo, me invitó a  irme a dormir a su casa, pero sus dulces palabras bastaron para sacarme de la angustia en la que me hallaba sumida aquella terrrible madrugada. Fue colgar e invadirme una gran paz que me llevó a dormir con una placidez que ya ni recordaba.

Servicio

11 enero 2010

… Huí a la presencia de Dios y eludí servir a la vida; he sido un inútil, porque sólo nutría mi vida, sin servir a los demás. Y ahora deseo volver a servir.

Estas líneas las he sacado de “Los ojos del hermano eterno” de Stefan Zweig. Me lo leí de una tacada la mañana del día de Nochebuena, cuando ya había decidido celebrarla en soledad. Alguien, que supo que las razones que yo esgrimía para justificar esa noche en solitario no eran más que una excusa para camuflar mis miedos, me lo recomendó el día antes.  Concluida su lectura, empecé a darle vueltas y vueltas hasta que caí en la cuenta de que no era sino el miedo el que me impedía estar con mi familia. Ya lo conté  en este blog, pero quería recordarlo por si a alguien  le sirviese, como a mí, la lectura de este librito. No sé si la Madre Teresa lo leyó, pero seguro que le hubiese gustado.