Archive for 16 agosto 2020

Aseos y placeres

16 agosto 2020

Escribo para asear la mente; las ideas fluyen a demasiada velocidad y a ratos se contradicen y si los deseos entran en conflicto, me sumerjo en un mar de dudas; de ahí que precise ordenarme, para discernir qué o no procede. Los días transcurren con placidez; agosto ha recuperado su idiosincrasia y el frescor matutino y nocturno obliga a recurrir a prendas más amorosas. Y el mundo, de este modo, resulta más limpio; el calor ensucia y aturulla. El bañarse en la piscina exige arrestos que yo, de momento, conservo y buen caldito a la salida. Y, aunque esté vacacionando, escribo para estructurar los propósitos. Mis vacaciones transcurren en mi propio hogar: si cambio las rutinas y me regalo pequeños placeres, como el ducharme despacito y el embadurnarme con cremas y aceites, mis jornadas adquieren trazas más lúdicas. Añoro esos largos veranos en los que la galbana se adueñaba de cada instante; pero gracias a este “veranear” mío, cuerpo y mente están inmersos en un estío sin fin, en el que cada diminuto momento es precioso. Si cada instante es perfecto, ¿para qué valernos de certidumbres? La vida es una constante sucesión de eventos inciertos; fue siempre así, por otra parte. Conviene, pues, congraciarse con la realidad para, de esa manera, existir de forma más plena, disfrutar de cada brisa, de cada noche estrellada y de la magia que crea el sol al reflejarse en el agua. Los vaivenes del día a día se viven mejor con belleza y esperanza.

Coyunturas

3 agosto 2020

Ese frío en el rostro de agosto es hoy placenteramente veraz. Tecleo estas líneas con un foulard y una chaquetita; las corrientes nocturnas dejaron tremendo frescor en la vivienda. Y así se puede pensar y respirar y hasta pasear; me he propuesto un paseo campestre que, días atrás, se me hubiese antojado locura. Curiosamente, antes de recalar aquí estuve revisando una cascada de correos pasados plagados de insultos y de reprobaciones; me sorprendió la infelicidad del remitente —no había antes reparado en ella— y también mi insistencia en mantener una relación tan lesiva. Pensé que nunca hay que fiarse de quien hostiga, de quien se vale de sarcasmos e ironías tan pronto la realidad se opone a sus intereses. El caso es que con frecuencia nos enfangamos en relaciones dañinas en las que uno se ve obligado a defender su inocencia, aun no habiendo cometido más delito que el de ser uno mismo. Eso forma ya parte del ayer, pero conviene recordarlo para evitar caer en coyunturas del mismo calado. Entretanto, me debato entre mil proyectos y sé que uno, al menos, he de escoger. También sé que cuanto más me resisto a una tarea más necesidad tengo de hacerla y, por ello, la postpongo una y otra vez y me busco mil excusas para no acometerla. Y, como me veo aún dubitativa, me inclino por salir a pasear, porque en medio de los campos, en la presencia de esa belleza que sobrecoge cada célula de mi ser, no puedo mentirme a mí misma. Me sentaré en una piedra, me moleré las posaderas y dejaré que la intuición, que es la sabia de la casa, me recorra de pies a cabeza. Entonces, sabré con certeza qué sendero recorrer; me atiborraré de paz y certezas y llegaré a casa con el espíritu aseado y almidonado.