Mentira, mentira sin tregua

Sin humildad, no hay amor posible. El ser consciente de las limitaciones ayuda a mirar aun al más ruin de los hombres con benevolencia. Odiar no reporta réditos, sino sufrimientos sin fin y una conciencia enfangada en tales lodos que uno, incapaz de soportarse a sí mismo, escupe vituperios a diestro y siniestro y se recubre de tremendas inmundicias. Odiar es vivir en la mentira y habitar también en el infierno, pues de ese aborrecimiento sólo salen males que afectan especialmente a quien, incapaz de asumir su error, se obstina en un yo ficticio del que nada sustancioso procede: Ese yo falso vive de espaldas a la verdad y a la belleza, anda en oscuridades y ve enemigos en todas partes; todo le aterra y en todo, hasta en lo más menudo, encuentra agravios. Vivimos en el infierno por decisión propia y, al rechazar al personaje real que somos, el que podría mostrarnos las vergüenzas pero también salvarnos de ese sinvivir en el que se atrincheran todas las zozobras, escogemos la mentira y ese padecer sin tino ni destino. El detestarse a uno mismo es, sin duda, una costumbre muy extendida. A veces me sobrecoge el contemplar cómo conocidos y allegados se lanzan al precipicio con el único objetivo de triturarse; la autodestrucción proporciona un algo de efímero placer. Vivimos en un mundo que odia sin tregua por amor propio y por amor a la mentira.

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