Incontables bellezas

Fríos muy fríos alternan con soles que saben a gloria. Entre calamidad y calamidad, se cuelan rayitos de esperanza con melodías de luz y verdad. La esperanza es más certera que el desespero; se asienta sobre una base tan sólida como los cimientos que sustentan robustas moradas. En cierto modo, la esperanza es un lugar en donde habitar; es una estancia acogedora en la que la pulcritud se enseñorea de suelos, techos y ventanas. Donde hay orden, hay virtud, limpieza, discernimiento y también bondad. Donde hay desorden, hay impaciencia, aspereza, cerrazón y hostilidad; en el caos, las maldades hallan más acomodo por no dejarle espacio al raciocinio, al repensar las cosas para verlas, así, en su verdadera consistencia, y no en las texturas en las que las envolvemos. Sí, sí: hay males, muchos males, pero culpar al otro de los estropicios nada soluciona. Asumiendo responsabilidades, uno acaba tropezando con las verdades y las mentiras que también nos componen. Y, de este modo, se selecciona lo que nutre, lo que alienta ese alma, sedienta de bien y belleza, que tantas veces agoniza en el desconcierto. Esperar, por tanto; esperar contra todo pronóstico; esperar que lo sólido se deslea en una atmósfera gélida. La confianza es un ungüento que cura gangrenas; la esperanza resucita lo que matamos a diario por miedo a toparnos con nosotros mismos, con nuestras miserias y también con nuestras incontables bellezas.

“Entonces, alma, fíjate en tu propia belleza y entiende cuál es la belleza que debes amar”.

—San Agustín.

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