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Tiempo de Navidad

9 enero 2019

Y comenzó el nuevo año y vinieron los Reyes con ese halo de magia y esperanza que dejan en los corazones aun huérfanos de obsequios, y llegaron las rebajas, con esa locura compulsiva de bolsas y gangas, y las acogedoras lucecitas de las calles se apagaron. La Navidad concluye el próximo 13 de enero —tan moldeados estamos por la materia que olvidamos lo que en estos días celebramos. Antaño, cuando la vida se bebía a sorbitos, los belenes y espumillones engalanaban los hogares desde la Inmaculada hasta la Candelaria —el dos de febrero—, aunque el espíritu navideño es tan bello que cuesta plegarlo hasta bien entrado marzo. Es cierto también que estos días se sufren las ausencias y que las familias, en vez de remansos de paz, se han convertido en campos de batalla. A muchos alivia, pues, que se acallen los bullicios, que el silencio vuelva a apropiarse del día a día; el estruendo aturulla, por otra parte. Anoche, por cierto, descubrí que un desaprensivo había embestido mi coche sin dar señales de vida. Un ciudadano anónimo depositó en el parabrisas los datos del automóvil que dejó a mi pobre utilitario desnortado. Agradezco el gesto, aunque una llamada a la policía o un teléfono del bienintencionado testigo habrían facilitado el proceso. No obstante, mi aseguradora está ya reclamando desperfectos. Y he aprovechado esta circunstancia para llorar; necesitaba hacerlo por la gran tropelía de injusticias que llevo a las espaldas. Y seguiré llorando hasta que sienta que el corazón esté libre de cargas. Y confiaré en que este asunto se resuelva porque ha sucedido en Navidad y porque tiendo a confiar en vez de a recelar. He comprobado que uno alcanza logros en la medida en la que confía. Sin confianza, uno se llena de miedos y aprensiones. Saldrá bien. Estaré bien. Confío, pues.

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