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La nada

3 noviembre 2018

Deseo esto y aquello, pero no siempre deseo bien, es por ello que procuro no arraiguen los anhelos para no aferrarme a empresas que ni sirven ni convienen y que, como la experiencia menciona, sólo reportan temores y angustias. En cualquier momento, la vida escoge otro itinerario y, ante nuestro asombro, todo, absolutamente todo perece: Nada permanece en este mundo nuestro, nada, ni los males ni los bienes; en un santiamén se derrumba ese edificio que construimos con mimo, en la creencia de que la obcecación nos salvará del estropicio. Observo, además, cómo aquellos que más poseen temen de forma constante perder sus posesiones; en vez de compartirlas —cuanto más se comparte más se disfruta— y de gozar de ellas de una forma sana, se apegan a ellas y sufren dolores de parto tan pronto unas migajas se desprenden de esas pertenencias que no son riquezas sino pobrezas, pues empobrecen el espíritu y lo esclavizan de tal manera que todo gira en torno a la hacienda. Cualquier improvisto hiere por el miedo a ser desposeído de lo que la avaricia amasa, de esas pequeñas fortunas que, lejos de alegrar, matan el alma. El hombre, por mucho que se empeñe, no decide su camino; cualquier revés puede desmoronar en un plis plas el más concienzudo engranaje sencillamente por desear la nada. He de recordarme a diario que la materia es nada porque no deseo vivir sin paz ni sin esperanza ¡Líbreme Dios de la nada!