Frunces

Desde que abandoné el hogar que me ha cobijado durante más de diez años, he experimentado un batiburrillo de emociones. La suciedad en este lugar es tan terrible que no hay modo de atajarla y sus inquilinos, ante mi asombro, conviven con la mugre con una facilidad asombrosa.Muebles vintage recuperados pintados Son generosos, pero desaseados; supongo que a mí también me adornan defectos aborrecibles, aunque no siempre los vea. Hay días buenos y otros muy malos. Hoy es uno de ellos: las arcadas me han acorralado varias veces, en la cocina y en el baño. Mantengo mis escasos enseres en bolsas de hipermercado y, para no perder la cordura, acicalo aquí y allá sin ningún resultado. Ayer mi anfitriona, la única que se ha apiadado de mí, me soltó una invectiva. Toda yo temblé y luego me encogí tanto que sigo todavía torcida; los dolores me impiden dormir, de ahí que esté tecleando estas líneas. La Cuaresma ha comenzado hace apenas unas horas; hablaba el sacerdote de penitencia y a mí me entraba la risa ¿qué más puede sucederme?, ¿qué más? Por otro lado, hay quienes se empeñan en propagar mis libros y he aceptado una propuesta que me ofrecieron hace días. Pese al miedo que me infunde, consentiré; los temores no tienen ya poder sobre mí: los sorteo aunque me falten las fuerzas. Es sólo por tozudez, pero esa terquedad me ayuda a olvidarme de la miseria, a soñar con otra vida, a tumbarme a contemplar cielos impolutos, cielos azules en los que hoy ha lucido una nubecilla ligera y veleidosa; me ha recordado al frunce de un vestido.

P.D.: Nueva crítica en Amazon de «Cuadernos azules». Es un privilegio contar con semejante lectores.


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