Sencillez

Desde hace unos días pienso mucho en aquel caluroso mes de julio que pasé en Nueva York en 2004, el de la Copa del Mundo, el de la victoria de Italia y el verano en el que, tras muchos sudores e impotencia, escribí sin descanso aquel ensayo que habría de convertirse en mi primera obra y que, de momento, sólo existe en mi ordenador y en un par de manuscritos abandonados en un anaquel lleno de polvo. Fue un mes muy provechoso: descubrí, asimismo, el amor desinteresado, el de M., el italiano amante del fútbol, o el de S., aquella dicharachera mejicana con la que hablaba, cuando no podía dormir acosada por la soledad ( ya M. había partido) y por las dudas, a altas horas de la madrugada. Era una fuente  inagotable de aliento y su realidad no era, por aquel entonces, un jardín de rosas, sino que navegaba a contracorriente y luchaba por vencer a la enfermedad para alcanzar sus sueños. También hubo una familia mejicana, a la que me he referido varias veces en este espacio, que me robó el corazón. Apenas pude relacionarme con ellos porque durante mi estancia su hijo mayor, que acababa de recibir un trasplante de riñón, fue hospitalizado a causa de una infección. Los veía muy de vez en cuando, pero los sentía muy cerca y cuando  regresé a España esa presencia suya, tan hermosa, siguió acompañándome. El otro día, cuando hablé por teléfono con ellos, este chico, que ha visto muy de cerca a la muerte, me comentó que todas las mañanas, cuando rezan en familia antes de comenzar la jornada, piden por mí; llevan haciéndolo durante seis años y, me confesó, desconocen el  porqué. Un día en el coche de J., un ecuatoriano que mencionaré luego, de vuelta a casa, tras la misa dominical, con toda la  familia al completo vi tanta belleza en ellos que luché lo indecible por contener las lágrimas; me sentí, a su lado, pequeña e insignificante y noté cómo Dios los amaba; era algo más que una sensación: podía palparlo y su aurea brillaba más que cualquier rascacielo. Luego, cuando J., el día aciago de mi partida, me llevó en su «carro» al aeropuerto, apenas pude articular palabra. Pese a las pruebas sufridas en aquella ciudad ( soledad, angustia, enfermedad), no deseaba abandonar Nueva York, tal vez porque la amara, tal vez también porque temiera el reencuentro con mi familia y un abandono aún mayor, como así fue. Al pobre J. le hice pasar un mal rato en aquel trayecto hacia el JFK. Lloraba como una niña, con hipo, y, cuando trataba de explicarle lo que me sucedía, el llanto me anegaba y ya ni ver podía porque en vez de ojos tenía cortinas de lágrimas. Luego me enteré que J., que anhelaba una familia, se casó con una buena chica que al poco tiempo enfermó de gravedad. Murió al año de un cáncer de huesos. Me contaron que durante sus últimos días, en vez de lamentarse, cantaba y reía y, sobre todo,  daba gracias a Dios por esa vida que le había regalado.

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14 comentarios to “Sencillez”

  1. joaquinsarabia Says:

    En cualquier lugar hay personas buenas sólo hace falta verlas y ¿Porqué nos cuesta mas cuanto más cerca están?, no lo sabemos ¿o si?.
    Es un relato tremendamente triste. 😦 .

  2. winnie0 Says:

    Saber recibir a la muerte!!!! Eso es importante!!! Un beso

  3. María del Carmen Rodríguez de Arce Rubira Says:

    Cuando se recuerdan cosas tristes, siempre vienen a la mamoria esos seres especiales, que estuvieron a nuestro lado dando amor y consueloo,y son generalmente personas que tienían sufrimientos y dolores mayores que los nuestros. La vida nos pone en el camino esos ángeles materializado en personas muy especiales que nos dan consuelo y nos acercan mas a Dios.
    Tu recuerdo es humanamente triste, y al mismo tiempo iluminado por el cariño y apoyo que recibiste cuando te hacía tanta falta.
    Se valora a las personas, no por lo que son, sino por el amor que saben dar.
    1Qué Dios te bendiga1

  4. Lisset Says:

    Me parece increíble el valor que muestran algunos ante las despedidas, sean temporales o permanentes. Admito que esa es una lección que aún no he aprendido.

    Siempre he creído que hay más gente buena que mala en este mundo, simplemente lo malo tiene siempre más eco, más publicidad, pero a diario conozco gente maravillosa que me da razones para creer en el ser humano y en que muchas veces, están ahí para nosotros de forma desinteresada y simplemente hay que estirar la mano, para encontrarnos con otra igual de generosa.

    Hay que abrir los ojos de verdad. Están todos ahí, esperando que alguien les de un abrazo.

    Besos, escritora de la esperanza.

  5. Holle Frank Says:

    Esperamos que al menos un poco de aquella fuerza de la mujer joven nos ayude de volver nuestra vida a nuestro creador.

  6. María Rosa Says:

    Es bueno recordar que estamos de paso y la importancia de nuestras acciones,pues perduramos en la memoria por ellas.
    Cuando nuestras defensas (espirituales y puede que fisicas)bajan,nos
    invade la nostalgia,pero no te recrees mucho en ella pues acaba apoderandose de tu ser.Besos

  7. sunsi Says:

    Querida Zambullida. Gracias por el post. Rezuma ternura a pesar de la tristeza y de la añoranza de gente a la que quieres y tienes tan lejos.
    Pero el final… este final me ha hecho mucho bien. Estoy pendiente de un asunto que tiene que ver con lo que has explicado. Pero no es lugar para explicarlo.

    Gracias y un beso, escritora.

  8. zambullida Says:

    @ Winnie: ¡Qué alegría me das amiga! Son pocos los que piensan en la importancia de este trance. El amor y la muerte son las dos vivencias supremas que maduran al hombre.

    @ Mªdel Carmen: Dices bien: el valor de una persona reside en el amor que sea capaz de dar. Hemos sido creado para amar, ésa y no otra es nuestra misión. Hay ángeles pululando por todas partes y cuando uno menos se lo espera se cruzan en nuestro camino.

    @ Lisset: Escritora de la esperanza. Creo que es el mejor cumplido que nadie podría hacerme. Gracias, me has conmovido. Ese valor del que hablas sólo puede venir de Dios, de la certeza de una vida mejor, eterna y rebosante de esa dicha que aquí a veces se nos escapa.

    @ Holle: Tendrás esa fuerza, amiga. Me alegra, como siempre, tenerte aquí.

  9. zambullida Says:

    @ María Rosa: Sí, es bueno recordar que nos morimos, nos guste o no. Es mejor, por ello, que vayamos haciéndonos a la idea. Sin embargo, esta sociedad nuestra tiende a desterrar la muerte, a enmascararla. Te mando un achuchón.

    @ sunsi: ¡Cuánto me alegra que mis palabras hayan podido servirte de ayuda! Si quieres contármelo, en privado, ya sabes dónde encontrarme. Aquí estoy para lo que necesites, amiga.

  10. LAMBERTUS CEGATUS Says:

    COMO BIEN DICE LA SENCILLEZ PARA MI ES LA MADRE DE LA DULZURA, LA BELLEZA Y EL CARIÑO ENTRE PERSONAS BUENAS, LAS MALAS QUE CONOCEN LA SECILLEZ SIEMPRE ESTAN MAQUINANDO PARA HACER DESGRACIDAS A LAS BUENAS, UN ABRAZO ZAMBULLIDA

  11. ana Says:

    El azul lo impregna todo. Y siempre iremos a topar con él; con su inmensidad cuando habita en los ojos de las personas.

    Qué suerte que hayas conocido a esas personas de mirada azul!

    Enhorabuena Zambullida!

  12. zambullida Says:

    @ LAMBERTUS: SIN LA SENCILLEZ NO SE PUEDE APRECIAR LA BELLEZA DE LA VIDA Y LA FELICIDAD SE HACE POCO MENOS QUE IMPOSIBLE. UN ABRAZO JARAFUELINO.

    @ ana: Ya echaba de menos a la hilandera… Soy afortunada, dices bien; he conocido a gente verdaderamente extraordinaria y una belleza tan apabullante que uno, a su lado, no puede por menos que sentirse miserable.

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