Frío polar

Tal y como auguraban los meteorólogos (¡qué palabreja!), ha llegado la ola de frío polar que lleva días escarchando Europa. Ayer mi prima  me colocó de nuevo el corcho sobre mi ventana: lo cortó, lo encajó y lo bordeó de cinta aislante; va a ser difícil que vuelva a desprenderse. Vuelvo, por tanto, a  habitar en la penumbra. Tan pronto me he despertado, me he levantado ( otros días suelo remolonear entre las sábanas) y he ido derechita a la cocina, con el plumas puesto, a subir la calefacción. Luego, a la espera de que la casa cogiera calor, me he refugiado en la cama durante media hora.  Una vez levantada y vestida: tres pares de calcetines, dos jerséis, dos gruesas chaquetas de lanas, heredadas de mi prima, una bufanda y unas zapatillas de borreguillo abotinadas, como ésas que gastan algunas ancianas. Al pasar por el Belén (todavía no lo he quitado, al fin y al cabo la Navidad dura hasta el próximo  domingo), me he fijado en mi diminuto Niño Jesús. Lo he tocado y estaba heladito. He vuelto a mi dormitorio y he cogido un par de gruesos calcetines de lana y se los he puesto encima, a modo de manta, para que no se me resfríe.

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