Carta de Dios

Mi querida niña:

He leído con mucha atención tus propósitos para 2010. A estas alturas deberías saber que no sólo quiero tu bien sino que tus deseos son importantes para mí, ¿no ves que no busco sino complacerte? Lloro contigo y río contigo. Estoy siempre pegado a ti. Cuando te destapas por la noche, exhaló mi aliento sobre ti para calentarte, para que no cojas frío. Sé que te preocupa el dinero y que a veces, para ahorrar, bajas demasiado la calefacción. No pases frío, hija; no te preocupes por el tanque de gas propano, cuando se termine, yo me encargaré de rellenarlo. Estate tranquila. Te acompaño también durante tus noches en blanco, ¿cómo no has podido notar mi presencia, mis abrazos? Sé que tu vida no ha sido fácil, me la conozco al detalle, la he vivido junto a ti. De hecho, muy pocos hubieran podido salir airosos de una historia como la tuya, pero yo te he mantenido viva, cuerda y te he dado fortaleza ( si fueras consciente de tus fuerzas, te asustarías) para que pudieras sobrevivir, porque aunque sea Dios necesito de ti para llevar a cabo mi obra y, no puedo evitarlo, tengo sed de ti. No eres frágil, como piensas, sólo sensible y delicada. Sé que esa sensibilidad tuya te hace sufrir, pero sin ella no podrías captar el dolor de los demás ni compadecerte de sus debilidades ni atisbar esa belleza de lo humano (¡qué buen título escogiste!) que hoy  tan pocos pueden ver. Además, ¿cómo ibas a poder escribir sino? Llevo años haciéndote ver que tu misión no era otra que la escritura, pero tú no terminabas de creértelo. Te he elegido precisamente por tu sensibilidad y por esos dolores que han afligido tu existencia. Los permití, eran necesarios; permití que te maltrataran, que te arrebataran la dulzura, que te humillaran y ultrajaran. No fue agradable verte sufrir, créeme, pero si no hubieras bajado a los infiernos, no podrías acometer la tarea que te tengo asignada desde la Eternidad, antes siquiera de que fueras concebida, porque yo te amo desde siempre. Quiero que lleves esperanza a los hombres, que les hables de mí, que les reveles la verdad, por muy dolorosa que sea ( conoces por experiencia lo mal que se vive en la mentira),  que les hagas  paladear con tus palabras, aunque sólo sea por unos instantes, las mieles que les tengo reservadas pero que ellos se obcecan en rechazar ¿Qué le voy a hacer, hija? Os creé libres y nada hay más sagrado para mí que la libertad del hombre.  Contarás con mi inspiración, el resto te lo dejo a ti porque veo que disfrutas trabajando ¡Qué alegría me da verte contenta!  Tenías que haberte visto por un agujerito durante la elaboración de tu novela: satisfecha, risueña…, pero cuando más me gustaba era cuando llorabas con tus personajes, ¡qué lágrimas tan hermosas! No te preocupes de nada, olvídate del dinero; yo me ocuparé de todo por ti, déjalo en mis manos, no te inquietes, tú sólo escribe, nada más; el resto corre de mi cuenta, hija mía. Sé que a veces desconfías; te entiendo: los hombres te han decepcionado demasiado. Tenía que ser así, cariño ¿Cómo sino ibas a volverte hacia mí? Me buscaste con esa pasión que pones en todas tus empresas y yo, que estaba deseando abrazarte, salí dichoso a tu encuentro. Desde entonces, hemos recorrido juntos un largo trayecto. Sé que a veces te he llevado por terrenos escarpados y que te he colocado muchos obstáculos en el camino ¡Pobrecita mía, los golpetazos que te has llevado! Si te sirve de consuelo, sentí todos y cada uno de esos golpes, recuerda que yo también fui azotado. Ahora ya sabes que sólo yo te seré siempre fiel, aun cuando tú decidas abandonarme, y que nadie podrá amarte como yo te amo; hagas lo que hagas, digas lo que digas, siempre te amaré. Volvería a dar mi vida por ti, no lo dudes, sólo y únicamente por ti. Eres mi niña, ¿qué no haría yo por ti, cabezota? Te enfadaste conmigo cuando no conseguiste publicar “Carta a Hedda”. No podía permitirlo: no estabas preparada; antes  tenías que curar las heridas y desprenderte de las corazas, te quería libre y ese ensayo, de haber visto la luz, te hubiera aportado una seguridad engañosa y tarde o temprano hubieras acabado sucumbiendo. Sé que ahora lo entiendes, prueba de ello es que no has vuelto a reprochármelo. No te desazones por la novela: se publicará, te lo prometo y mi palabra no es cualquier cosa, pero será cuando yo quiera. No es que quiera imponer mi voluntad a toda costa, nada más lejos de la realidad, pequeña; sólo busco el momento perfecto para ti. No te preocupes por los cabellos que la angustia te robó: yo te los devolveré uno a uno y recuperararás tu espléndida cabellera.  A mí también me gusta verte guapa; de todos modos, aunque lucieras calva, para mí seguirías siendo bella ¿Conoces a algún padre que vea feos a sus hijos? Anda, cariño, vete a dormir que es ya muy tarde. Nada te turbe, nada te espante.

Tu padre que te ama.

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2 comentarios to “Carta de Dios”

  1. Isabel Says:

    Me has emocionado. Hay que ver cómo te las gastas. He saltado a tu blog con entusiasmo, pues hacía unos días que no había podido hacerlo y me he encontrado con esperanza y sueños y después esta carta de Nuestro Padre… Querida, gracias por compartir todo esta riqueza personal y espiritual.

  2. zambullida Says:

    Gracias, Isabel. Yo también me he emocionado y no puedo releerla sin llorar

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